Miradas de Cine TRES REYES
(Three Kings, 1999. David O. Russel)
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Sumario
Por José David Cáceres
Cartel de la película
EEUU, 1999. Director : David O. Russell. Productores: Paul Junger Witt, Edward McDonnell y Charles Roven. Guión: David O. Russell, según un argumento de John Ridley. Fotografía: Newton Thomas Sigel, en Technicolor. Música: Carter Burwell. Montaje: Robert K. Lambert . Dirección artística: Jann Engel. Duración: 114 min. Intérpretes: George Clooney (Mayor Archie Gates), Mark Wahlberg (Sfc. Troy Barlow), Ice Cube (SSgt. Chief Elgin), Spike Jonze (Pfc. Conrad Vig), Cliff Curtis (Amir Abdullah), Nora Dunn (Adriana Cruz), Jamie Kennedy (Walter Wogaman), Saïd Taghmaoui (Cap. Said), Mykelti Williamson (Coronel Horn), Holt McCallany (Cap. Van Meter), Judy Greer (Cathy Daitch).
 
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Los otros horrores de la guerra (y del ser humano)

La elección de Tres reyes en este particular dossier, emprendido por MdC en contestación a la guerra iniciada por los Estados Unidos y respaldada de un modo u otro por países europeos y orientales contra Sadam Hussein e Irak, resulta ineludible, por un lado dado que la historia que narra se enmarca dentro de la guerra del Golfo Pérsico de 1991 –la cual estalló debido a la invasión por parte de Irak de territorio de Kuwait, la nación con la que limita por el sur y poseedora de una importante industria petrolífera–, y por otra parte debido a la ubicación temporal de la historia, que tiene lugar una vez ha concluido el conflicto, que permite elaborar, mediante un interesante planteamiento cinematográfico, una descripción ácida y nada complaciente sobre aspectos tan poco debatidos en el cine americano –sorprende más aún en un film de estas características (instaurado dentro del establishment de Hollywood, con actores-estrellas como protagonistas y entendido como una producción de marcado corte comercial)– como el concepto de patriotismo, las auténticas razones que llevaron a Estados Unidos y sus aliados a repeler la invasión de Kuwait, la cercanía/lejanía de diferentes culturas y pueblos o la realidad del final de la (de cualquier) guerra, que nunca es tan meridiana como pudiera parecer. Precisamente en estos mismo momentos, mientras estoy escribiendo estas líneas, parece que este nuevo enfrentamiento bélico está llegando a su fin y una imagen está dando la vuelta al mundo: una estatua de Sadam Hussein en Bagdad es derribada por ciudadanos iraquíes y soldados americanos, una representación bastante forzada de la caida del dictador (sinceramente en estos tiempos de desconfianza y mentiras, trato de no hacer excesivo caso a los medios de comunicación: no dudo que esa parte de la población y otra mucha esté alegre porque ahora se sienten liberados, si bien la información que muestran siempre es sesgada, tangencial y el peligro que aprecio en estas ultimas noticias como en otras, es el de la manipulación: la guerra iniciada por Bush no puede, no debe ser vista ahora como "necesaria" o "positiva", pues hay otros muchos aspectos que aclarar, que debatir, además, esa imagen no debería quedar como la única representativa).

Tres reyes tiene un punto de partida bastante parecido al de la entretenida e intrascendente Los violentos de Kelly (Kelly's Heroes, Brian G. Hutton, 1969): un grupo de soldados americanos descubre la existencia de un cargamento de oro robado a Kuwait y deciden internarse en territorio iraqui para apoderarse de él. No obstante, el film va más allá de este argumento central y anecdótico, y propone tanto en detalles de guión como sobre todo en su particular y atrevida puesta en escena, un relato bastante irónico y descreído en torno a la institución militar y a los medios de comunicación, y un tanto amargo en lo que a la naturaleza humana se refiere. El comienzo del film es notablemente significativo al respecto: un sargento americano, Troy Barlow (Mark Whalberg), encañona en la lejanía a un soldado iraquí, que desde una duna, hace evidentes signos no beligerantes (de hecho lleva una bandera blanca); tras no saber qué hacer y comprobar exclusivamente que aquél está armado, Barlow le dispara causando su muerte. Esta escena es escalofriante por la impresión que causa al espectador y la respuesta de Barlow y sus compañeros ante la situación: por primera vez (es el único enfrentamiento real con el bando contrario que han tenido a lo largo de la guerra, que ya está llegando a su fin) ven el rostro del enemigo, invadiéndoles cierta euforia, un ineludible asombro y una alarmante indeferencia por la vida humana (los execrables comentarios de alguno de ellos así lo prueban). Poco después un grupo de soldados americanos liderados (en el sentido de los grupos de niñatos que pueblan los high school y los colegios universitarios americanos) por Barlow, montan una fiesta para celebrar la finalización del conflicto y su "victoria" emborrachándose, jugando –más o menos– a fútbol americano, bailando al son de una música estridente y rindiendo el pertinente homenaje a la bandera de Estados Unidos. Ambas escenas, la del comienzo y la de la fiesta, muestran, asociadas, una mirada tan irónica como devastadora (por auténtica) sobre el ser humano.

Detengámonos, ahora, en un aspecto no suficientemente estudiado, originado por lo que se podría denominar, teleguerra. Esa primera guerra en el Golfo Pérsico, como la actual, se caracterizó por el enfrentamiento en la distancia: se bombarde(ab)an las ciudades desde el cielo, se lanza(ba)n esos llamados misiles inteligentes... En esa situación, y recurriendo a lo que advierte el etólogo británico Desmond Morris (1), el hombre, ese mono desnudo, va en contra de su propia naturaleza animal al destruir indiscriminadamente a sus semejantes y no buscar su sometimiento (sus signos no son apreciables al atacarse a grandes distancias), que sería la verdadera finalidad de la agresión a nivel biológico. Según Morris –cuyas opiniones y teorías tal vez no sean totalmente acertadas, pero sus planteamientos y estudiadas argumentaciones contienen un indudable interés, eminentemente biológico eso sí y quizá donde radique la limitación de su estudio– la cooperación y la distancia impiden las señales de apaciguamiento necesarias para evitar la muerte del enemigo y conseguir su rendición, advirtiendo que este proceso podrá ser la ruina de nuestra especie. Morris no ve clara la solución (su estudio data de 1967 y entonces abogaba en todo caso por el control de la superpoblación mediante medidas como el aborto o medios anticonceptivos, algo que tampoco se consigue y que en el fondo no es el verdadero problema: mientras el principal motor del mundo sea exclusivamente económico, no ya como reflejo hipertrofiado de los recursos necesarios para la supervivencia y la comodidad, si no como objetivo mismo de la existencia, el ser humano está destinado a ser su propio verdugo) y actualmente la situación es cada vez más oscura e inquietante.

Regresando al film, la muerte del soldado iraquí nunca hubiera sucedido en un contexto como el expuesto líneas arriba, puesto que Barlow hubiera reconocido esas señales de sometimiento. En este punto, un soldado actual, debido al ataque a distancia, parece indefenso ante situaciones como ésta, en la que prevalece su instinto de supervivencia y no su supuestas intenciones de agresión (de tenerlas, o de saber cuáles son, tal vez si se detendría una vez el enemigo ha claudicado, o identificaría esta claudicación; nótese que esta situación, si en vez de ser unidireccional fuera bidireccional sería aún más peliaguda). ¿Sería por lo tanto una solución enviar a soldados a luchar en campo abierto, en vistas a recuperar ese instinto animal? Por supuesto que no. He aquí el problema. La guerra, tan antigua como la civilización, es una proceso de involución, por lo visto imparable, en el progreso del hombre. Y este progreso, que en buena lógica debería traer consigo una mayor capacidad intelectual y un sentido ético más ecuánime, no parece capaz de proporcionar la visión adecuada para controlarla o corregirla, todo lo contrario: está multiplicando sus horrores. Tal vez radique ahí la paradoja del ser humano y su inteligencia sea al mismo tiempo la que le ha situado como la especie predominante y al final la causante de su definitiva extinción. Barlow y sus compañeros representan esa involución a nivel particular, donde sus valores y sentimientos (que sí tienen, como la posterior captura de Barlow revelará) parecen atrofiados y mermados, siendo en el fondo consecuencias (terribles) de un sistema político y militar injusto y absurdo.

Y aquí reside otro de los aspectos más interesantes de Tres reyes: el retrato el ejército como una institución llena de una profunda contradicción (es necesario para mantener la paz), basada en ideas nada consistentes (cf. el patriotismo, una de las mayores falacias de la sociedad contemporánea: no existe tal sentimiento en un sentido humanista, ni siquiera en un sentido comunitario, puesto que las naciones no son más que divisiones territoriales y/o espaciales, no-reales, que surgen de la unidad de un grupo de personas, no al revés, y éste es el quid: las personas van primero, fueron primero) y caracterizada por una absoluta falta de respeto hacia el ser humano (la propia jerarquia militar y su malentendida disciplina anula el razonamiento y por tanto a las personas convirtiéndolas en autómatas, en máquinas: ya lo ha expuesto el cine en diversas ocasiones: cf. la extraordinaria primera parte de la fallida La chaqueta metálica / Full Metal Jacket, 1987 de Stanley Kubrick). Así por ejemplo se encuentran apuntes como la presentación del mayor Archie Gates (George Clooney) follándose a una reportera y mostrándose como alguien descreído que está en Irak porque no le queda más remedio y cuyo futuro parece encontrarse fuera del ejército; los insertos, a modo de fugas mentales, que informan sobre la vida de Barlow, Elgin (Ice Cube) y Conrad (Spike Jonze) antes de entrar en el ejército, y revelan que su enrolamiento se debió más a la necesidad, que a un verdadero sentido por servir a su país; la descripción de Conrad, como un chico ingenuo, de pocas luces y muy dúctil, pone de manifiesto el peligro (y la contradicción) de preparar a personas antes para matar que para integrarse en la sociedad y aprender algo de provecho para su propia prosperidad (los problemas sociales, en Estados Unidos y en gobiernos tan conservadores y enfermos de capitalismo como el que tenemos en España, son tratados desde posturas negligentes: las directrices parecen ser prohibir, restringir, ignorar, ocultar...); la escena en la que los soldados americanos detienen a tropas iraquíes y les explican mediante señas y catálogos con dibujos (sic) –para armas y tecnología punta no se repara en gastos– las instrucciones que deben seguir; ese momento en el que Barlow esposado solicita a un soldado que le libere para poder girar la válvula que regula su respiracion tras haber sido alcanzado por una bala, coloca a dicho soldado en una situación límite: obedecer las órdenes y dejar a su suerte al detenido, o ayudarle haciendo caso omiso al mando; el pueblo iraquí esta totalmente desasistido y abandonado tanto por el ejército americano como por la guardia de Sadam, tras la firma del alto el fuego (¿dónde está entonces ese supuesto objetivo humanitario consistente en liberar a un pueblo oprimido? ¿y qué será, por lo tanto, en la actualidad, de esos mismos ciudadanos de Irak tras el término de esta nueva guerra?)...

Hay, dos personajes secundarios en el film de David O. Russell (2) que complementan el dibujo propuesto en torno a la guerra. Por un lado está Said (Said Taghmaoui), un capitán del ejército iraquí, que mientras tortura a Barlow mantiene una conversación con él bastante esclarecedora, en donde le expone el sufrimiento personal que han causado los bombardeos de los aliados (su hijo y su mujer fallecieron: esto es visualizado con un inserto –un plano fijo–, para algunos efectista, en mi opinión muy eficaz y totalmente coherente con el resto del film, de la cuna destrozada por el impacto de una bomba) y le espeta a qué imagine cómo se sentiría él si su mujer y su hijo fueran asesinados de igual forma (nuevo inserto de la familia de Barlow explotando literalmente, aún más virulento que el anterior, y que junto con éste, comunica excelentemente el dolor que Barlow siente por ambas visiones –mayor en la ultima al tratarse de su porpia familia: por eso resulta más insoportable–); así mismo le enumera las formas de actuar de su país (su instrucción militar le fue proporcionada por americanos -3-) y le pregunta retóricamente qué país está verdaderamente enfermo, mientras continua infringiéndole dolor (nótese que la descripción del oficial iraquí es más o menos complejo, sin caer en la facilidad de mostrarle como un sádico o como un vulgar sermoneador: su forma de actuar la marca el dolor y asco que siente). El otro personajes es el de la reportera Adriana Cruz (Nora Dunn), que representa –de manera demasiado superficial ciertamente– el peso específico que los medios de comunicación tienen en la opinión pública y cómo ésos convierten la guerra en un show mediático con intereses puramente comerciales (por mor de ese capitalismo feroz que ha ahogado casi totalmente cualquier atisbo de humanidad entre los conciudadanos que lo sufren, ¿sufrimos?), en el que si una cadena lo que busca es los máximos picos de audiencia, en buena (y triste) lógica sus reporteros persiguen el reportaje que les reporte fama y beneficio, independientemente de su veracidad, ética e interés como documento; es por ello que Adriana Cruz procurará acceder a noticias de impacto, y empleará artimañas como su falso brote de histeria al ver una ave muerta a causa del petróleo vertido (incluso comenta que esa historia ya está pasada de moda): un personaje en definitiva tan repelente como auténtico, que como colofón conseguirá el gran reportaje que anhelaba y la absolución de los "ladrones". Un desenlace hiriente e inteligente, para un film de visión obligada en estos días en que la felicidad del hombre se encuentra en un estadio más inalcanzable, enterrada por esos (otros) horrores del ser humano que la guerra magnifica y envilece (4).

(1) Su obra, "El mono desnudo", es un estudio sobre los orígenes y las pautas de comportamiento del hombre, en la que el autor analiza la evolución biológica del mismo en diferentes áreas como la exploración, la lucha, la alimentación o el sexo.
(2) Su anterior film, Flirteando con el desastre (Flitering with the Disaster, 1994), ya exponía, en clave de comedia de carretera, con idénticos estilemas (irónia, acidez y cierta amargura), la falsedad del american way of life y de ciertos iconos de la cultura americana.
(3) La historia contemporánea debe contarse con claridad aún que todavía podemos (no vaya a ser que nos pase como en la imprescindible novela de Orwell, "1984", donde la historia se rescribía literalmente cada día para casarla con los intereses del presente) y debe llegar el momento en que Estados Unidos (o los responsables) dé explicaciones de sus fechorias y atentados contra la Humanidad que ha cometido en los últimos treinta-cuarenta años. A propósito, no se pierdan el documental de Michael Moore, Bowling for Columbine (íd., 2002), algo tendencioso, pero totalmente NECESARIO, que se plantea infinidad de preguntas sobre la cultura del miedo existente en Estados Unidos (y que como me decía un buen amigo al salir de la proyeccion del film de Moore están empezando a instaurarla en nuestro desdichado país: no hay más que ver los hórridos programas de sucesos de la televisión, los informativos, o los discursos de nuestros gobernantes) y su obsesión por las armas y la seguridad.
(4) Se podría seguir tratando más a fondo otros temas como el final de la guerra, sus consecuencias (el comienzo de la reconstrucción del territorio, las secuelas fisicas y sobre todo mentales que deja en todos los afectados y partícipes...), la función del ejército como "ayuda humanitaria" (otra contradicción más), la diferencia entre los ancestrales ejércitos formados por convicción y/o necesidad y la situación actual (aunque ligeramente mejor respecto a cuando existia el servicio militar obligatorio, una, otra más, de las numerosas aberraciones de la sociedad moderna), la importancia de conocer a ese supuesto enemigo a fondo y comprobar que son personas muy parecidos a nosotros, con los mismos miedos, deseos, obsesiones... Tres reyes no habla de todo eso, aunque enuncia algun detalle al respecto, pero conviene en muchas ocasiones moverse a la reflexión, yendo más allá si es posible de las imágenes del film en cuestión.