ATRAPADO POR SU PASADO (Carlito's Way, 1993)  
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Sumario
Por Jorge-Mauro de Pedro
Cartel del film
Miradas de Cine © 2002-2003

Hasta que llegó su hora

TONY. —¿Sabes lo que es el capitalismo? Una jodienda.
ELVIRA. —¿Y qué eres tú sino un capitalista?

[El precio del poder (Scarface, 1983)]

Una década después de ver como el Tony Montana de El precio del poder utilizaba los barandales de su escalera como trampolín hacia la eternidad, de Palma volvió al lugar del crimen para contarnos lo mismo pero mucho mejor. Hasta el punto de que, hasta la fecha, Atrapado por su pasado sea el mejor film del director: sentida y melancólica, por una vez equilibrada, bien interpretada y mejor contada.

Carlito Brigante es un tipo con una mala suerte crónica. Al contrario que Montana, no tendrá ni tan solo sus 15 minutos de gloria: traficante de poca monta que ha pasado entre rejas los mejores años de su vida –en cumplimiento de un pacto de silencio que le asegura el respeto de vecinos y conocidos, fieles practicantes de códigos de honor siempre dictados por los más fuertes–, vuelve a su barrio en pos de los despojos de un antiguo amor y con una firme voluntad de reinserción, utilizando la jerigonza penitenciaria.

También es cierto que vuelve tocado, cansado, harto de esa violencia circense que en El precio del poder actuaba como obligada catarsis, como ritual animista de continua autoafirmación: la reivindicación del ser a través de la aniquilación de nuestro enemigo, la total eliminación de unas amenazas que son, por su propia naturaleza, imposibles de contrarrestar.

Carlito Brigante, como si en él sí hubiese hecho efecto el tratamiento Ludovico de La naranja mecánica (A Clockwork Orange, 1971. Stanley Kubrick), quiere realmente huir de ese círculo vicioso, de esa delincuencia de poca monta por la que sacrificó el futuro y también, como no tardará en comprender, gran parte del presente. Como los ladrones de bancos del western o del cine negro tiene un plan infalible: dar un último “golpe”, una última machada que le reporte el suficiente beneficio como para empezar una nueva vida alejado de las calles donde se ganó una reputación, donde se hizo un nombre.

Este chanchullo final tiene la particularidad de tratarse, de hecho, de una actividad perfectamente lícita: regir un club nocturno, una discoteca de moda bautizada como “El paraíso”. Aguantar una temporada hasta que la caja esté llena y desaparecer del mapa con lo suyo –y sólo lo suyo–, sin armar mucho ruido.

Pero desde el principio su aventura está condenada al fracaso. Para empezar, ha logrado la ansiada libertad gracias a un abogado mefistofélico, un tipo ambiguo y autodestructivo que comienza a tontear con las mafias carcelarias, convencido de ser la oveja más lista del redil. Un cambiadísimo Sean Penn borda al leguleyo ofuscado por el dinero, primer eslabón de esa cadena que ata a Carlito bien en corto a su pasado.

Porque a pesar de contar con la gratitud de algún que otro personaje poderoso, Carlito tiene la desgracia de que todos estén convencidos de que se reincorporará a su vida delictiva sin grandes ceremonias, de que su actual laxitud e inactividad no es que mas que una pose, de que “algo se traerá entre manos este pollo”.

Como otros exiliados que volvieron a sus dominios tras una temporada en los infiernos (el Frank Sinatra de El hombre del brazo de oro (The Man with the Golden Arm, 1955. Otto Preminger), el Mickey Rourke de La ley de la calle (Rumble Fish, 1983. Francis Ford Coppola) o el Edward Norton de American History X (id., 1998. Tony Kaye), descubrirá que nada sigue igual pero que a él se le exige, se le supone continuidad, reincidencia: persistencia inquebrantable en sus vicios, en sus debilidades. Hace tiempo que ha sido juzgado y condenado por el tribunal popular de la intransigencia, por esa mano nada inocente que parece mover los hilos de estas comunidades cerradas y endogámicas. «Si has vuelto será para seguir siendo lo que eras».

Atrapado por su pasado no es la película de gansters que El precio del poder quería ser o, cuanto menos, el género al que ambicionaba servir de homenaje. Entre otras razones, porque cuenta con una historia de amor contada con gran sensibilidad, con inusitado tacto y buen gusto, máxime viniendo como viene de un director aficionado a esos excesos pseudo-eróticos que tan buen resultado dan en taquilla.

Gail (una hermosísima Penélope Ann Miller) hace el papel de sufriente novia extraviada, de un amor, de ese tipo de amor, no sé si me explico; del único amor de verdad y al que el presidiario en ciernes decidió dejar abandonado, desterrar de su memoria para que sus solitarias noches no contasen con la tortura añadida de unos suspiros interminables y una agónica espera.

En una de esas decisiones supuestamente sublimes pero profundamente egoístas que tanto nos gusta tomar a los hombres, Carlito echó de su vida a la persona que más quería en este cochino mundo sin entrar a valorar las consecuencias de su decisión; los desvelos y la crisis de autoestima que provocan en el otro las renuncias unilaterales disfrazadas de aparente rechazo, distancia o indiferencia. La falta de diálogo o el mutismo que algunos malinterpretan como sinónimo de “principios” o integridad.

¿Existe mejor metáfora de algo perdido, de una ilusión truncada, que el que su chica quiera triunfar en Broadway y siga asistiendo a clases de danza mientras se tiene que ganar su sueldo bailando en top less en un garito?

Lentamente, con alguna que otra torpeza por su parte, Carlito se las arregla para reavivar los rescoldos de aquella antigua pasión, dignificando definitivamente las razones de su misión: escapar, cambiar, sí, pero sabiendo que ya no emprenderá un éxodo solitario, que la esperanza compartida entre dos parece más cercana, menos voluble.

Porque para Brigante la tierra prometida ya no es EEUU, como sí lo era –y lo fue hasta el mismísimo final– para Montana. Brigante es lo que hubiese sido de Montana si la justicia se hubiese interpuesto en su camino a su debido tiempo, mucho antes de llegar a lo alto, mucho antes de que la sangre y las pistolas se convirtiesen en Dios y Patria de aquel Maquiavelo autodidacta. Brigante sabe que a base de “cojones” sólo consiguió joderse la vida. Es hora de utilizar, por una vez, la cabeza.

Poco a poco se ve metido en un cisco de los buenos: su “querido” abogado defensor se convertirá en su peor fiscal, arrastrándole a compartir enemigos y cuentas por saldar. La tragedia se acerca a su clímax.

Y aquí es donde de Palma podría haber derribado de un manotazo todo lo bueno que llevaba edificado. Porque entramos en el último tercio de película, “la hora de los excesos” en el ideario de Brian. Pero ocurre que la escena cumbre de Atrapado por su pasado esta a la altura del mejor Aldrich, del Peckimpah más seco, del Kitano más expeditivo. Unas escaleras mecánicas en una gran estación. Unos matones que lo acechan. Un enfrentamiento inminente. Un desenlace imposible.

La gran ironía del destino de Brigante –destino que conocemos desde que comienza la historia– está en que la mano ejecutora no pertenecerá a su angustioso pasado, ni tan siquiera a ese presente que ha moldeado a sus espaldas su neurótico abogado. La gran ironía, la inmensa broma que le hace expirar con una sonrisa en los labios, radica en que alguien de SU presente, alguien a quien perdonó la vida en aras de un futuro que él imaginaba alejado del rencor y de la venganza, vuelve para mandarlo al otro barrio por estrictos motivos personales.

El espectador espera sinceramente que en ese nuevo barrio, entre ese vecindario anónimo que no cuenta con los insondables prejuicios de un pasado archiconocido, Carlito encuentre su lugar bajo el sol, aunque ese sol no caliente tanto como el de aquél paraíso de valla publicitaria y weekend hortera que había ideado para aquella a la que más quería.

Porque a pesar de lo que opine Hollywood, los finales tristes continúan siendo la mejor forma de acabar las historias hermosas.