| EL PRECIO DEL PODER (Scarface, 1983) |
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Érase una vez en América«Puede que un director se guste a sí mismo, pero puede que nadie quiera ver su película. Dentro del sistema americano eso es muy difícil de superar, porque vivimos en un mundo en el que hay que triunfar... Yo creo que hay que hacer las cosas verdaderamente en función del número de espectadores que se quiere tener». Brian de Palma (1). El precio del poder fue un encargo que De Palma supo solventar con oficio –no diré que “lo hizo suyo”, pues faltaría a la verdad– y que le ayudó a sobreponerse del fracaso de su ambicioso Impacto (Blow out, 1981) (2). No sé porqué, pero persiste el manido tópico de que cuando un director afronta un encargo lo hace con desgana, forzado, casi deseando que salga mal (como si arquitectos, programadores, pintores o articulistas no desarrollasen sus dignísimas profesiones a base de “encargos”). Sea como fuere, El precio del poder es una película que se sigue con cierto interés –lo cuál no es poco– a lo largo de sus casi tres horas de duración. Vamos, que no es como para lanzar cohetes, aunque funciona a las mil maravillas como divertimento comercial rodado con garbo y donaire, aprovechando de Palma para regalarnos con alguno que otro de esos excesos que tan ¿merecida? fama le han dado. Más tópicos. Se asegura que de Palma es un copión patológico: una enciclopedia de referencias cruzadas que casi siempre desembocan en Hitchcock o alrededores. Otros son más crueles y lo definen sarcásticamente como «el cineasta por excelencia del remake» (3). Siempre he sostenido que puestos a copiar de alguien, mejor hacerlo del alumno más aventajado de la clase. Así pues, que un director actual demuestre una y otra vez la huella que dejó en su persona el bueno de Alfredo debería de constituir un motivo de regocijo cinéfilo. ¿Lo es? A Brian de Palma le ocurre una cosa curiosa en la mayoría de sus films: llega un momento en el que deja a un lado la intriga o las necesidades estrictamente argumentales de la historia y... se le va la olla. Sin más. Es este un director amigo de súbitos repuntes, de arabescos barrocos y algo gratuitos, de subrayados que te dejan entre sorprendido, sonriente y enfadado. Aviso de antemano que este es el de Palma que más me tiene intrigado, el que me apasiona / repugna por igual: el alocado, el descentrado, el excesivo. Porque la firma de de Palma es el arrebato, la virguería técnica imposible de casar con el devenir de la trama, ese momento en el que se le cruzan los cables y rueda maravillosamente escenas que no vienen a cuento. El resto de su trabajo lo realiza con corrección; un artesano a la vieja usanza, puestos ya a completar el trío de tópicos. * * * * * Vamos ya con este Tony Montana, versión adolescente e inmadura de ese Carlito Brigante de Atrapado por su pasado (Carlito’s Way, 1993). A nadie pasa desapercibido el que ambas películas conforman un interesante díptico, con más nexos de unión entre sí que el conocido concurso de Al Pacino. Un actor que en esta primera está decididamente excesivo, histriónico: muy Pacino, vamos. Me refiero a “ese” Pacino de Esencia de mujer (Scent of a Woman, 1992), El abogado del diablo (The Devil’s Advocate, 1997. Taylor Hackford) o S1m0ne (id., 2002. Andrew Niccol), la cara lúdica de un buen intérprete que parece hacer distinciones entre papeles alimenticios del tipo “se-que-esto-que-ruedo-es-indigno-pero-más-triste-es-tener-que-pedir” y alguna que otra cosilla verdaderamente interesante, destellos de aquel gran actor setentero (Glengarry Glen Ross (id., 1992) o Donnie Brasco (id., 1997. Mike Newell)). El precio del poder –dedicada a Howard Hawks y Ben Hecht, director y guionista del Scarface original– es la historia de un trepa, de un superviviente que se aferra con uñas y dientes al sueño americano. Un cubano, un extraño en el paraíso que aterriza en el Miami de principios de los ochenta. Un rápido apunte histórico nos sitúa en mayo del 80: salida por Puerto Mariel de 125.000 cubanos propiciada por Fidel Castro (4), quien se deshizo así de unos 25.000 delincuentes comunes –mientras la administración Carter afirmaba que los “marielitos” eran en su totalidad perseguidos políticos del régimen castrista–. Se recuerda, incluso, su famosa frase: «los que no quieren adaptarse al esfuerzo, al heroísmo de la revolución, no los queremos, no los necesitamos» (desde luego que no los necesitas, Fidel, ¡con lo fácil que es fusilarlos!) Auge y caída, pues, de un paleto, de un advenedizo, de un desclasado con complejo de inferioridad capaz de casi todo –a lo largo de la película conoceremos los límites a ese “todo”– por conquistar un Imperio y perderlo... eso sí, “con dos cojones”. Porque este es un personaje testicular, que define sus escasas pertenencias al más puro estilo Torrente («todo lo que tengo en esta vida son mis cojones y mi palabra») y que presume en tono bravucón de saber cómo ligar en los EEUU («en este país primero tienes el dinero, cuando tienes el dinero tienes el poder y cuando tienes el poder tienes las mujeres»). Ya en la frontera le vemos confesar sin resquemor que ha aprendido el inglés viendo películas de James Cagney y Humphrey Bogart (5), dos actores acostumbrados a interpretar a gansters carismáticos y megalómanos. Con pocos redaños morales –que resultan la clave del éxito en la sociedad norteamericana, como se encarga de subrayar con sorna el malévolo guionista, un tal Oliver Stone– la carrera de Tony será meteórica: se ganará la confianza del jefe, se convertirá en su hombre fuerte y hará gala de la ambición justa y necesaria para acabar quedándose con su chica, su coca y su dinero. Aunque eso de que se queda con la chica es... matizable. Ella –Elvira–, es sin duda alguna la quintaesencia del deseo masculino: una espectacular y casi novata Michelle Pfeiffer –inolvidable su presentación bajando la escalinata: ¡había nacido una estrella!– lo suficientemente distante, etérea e inalcanzable como para que Tony fije en ella sus golosos ojos. Porque a Tony le van los retos, las dificultades que para los demás se antojan insalvables. No aspira a enamorarla, ¡desde luego que no! Simplemente sabe que viene incluida en el lote, que “el derecho de conquista” conlleva el poder acostarse con la rubia de mirada triste y porte soberbio. Ocupa su preciso y precioso lugar en el palacete; al
igual que la piscina, la grifería de oro o esa enorme esfera terrestre
que recuerda a la que presidía el diario dirigido por Charles Foster
Kane –otro megalómano–, con el lema “the world
is yours”. Poco importa que con el tiempo su pareja se revele como
una yonqui equipada de un tabique nasal insaciable. Es SU momento y va
a saber aprovecharlo. Para bien o para mal, Tony no puede dejar de ser lo que es. Así lo demuestra en la mórbida relación que mantiene con su hermana –víctima, a la postre, de este rey Midas del narcotráfico que tiene la desgracia de malbaratar vidas ajenas–; ansia de reconocimiento que le lleva a obsequiar a su madre con ese dinero sucio que el considera perfectamente legítimo por el innegable hecho de que sigue siendo, a pesar de todo... ¡dinero, qué caray! Lo único importante, ¿no? Como masculla, borracho y colocado, a los atribulados clientes de un restaurante caro donde trata de dilapidar su inagotable fortuna: «necesitáis personas como yo para poder señalarlas con el dedo y decir: éste es el malo». Las cosas se complican. Montana es atrapado por la Brigada
Antivicio y acusado de evasión de impuestos (un clásico
del ocaso mafioso, Al Capone mediante). Esto le lleva a firmar un pacto
de conveniencia con los bolivianos para matar a un importante denunciador
del narcotráfico a cambio de que los suramericanos muevan sus hilos
de influencia para anular el proceso. Pero nuestro canalla demuestra tener
corazoncito: incumple su parte al comprobar que para llevar a cabo su
cometido tiene que cepillarse también al resto de la familia (mujer
e hijos) de su legalista enemigo. Bueno, nadie podrá decir que no se veía venir. La moraleja no es un prodigio de sutileza, pero la película tampoco es que pretenda cambiarle la vida a nadie. De hecho, no olvidemos que para un director más ético que estético como Bertrand Tavernier el film representa a la perfección esa manera tan atractiva que tienen de envolver la violencia –y de mostrárnosla– las producciones yanquis. Por eso, los alienados adolescentes de La carnaza (L’appât, 1995) no se cansaban de ver una y otra vez las andanzas del Scarface depalmiano, un diablo cojuelo extrañamente atractivo que les reforzaba en su terrible decisión de obtener cuánto uno ansíe... por elevado que sea el precio a pagar. ¿Quién nos habrá inculcado la perversa idea de que hay que acabar poseyendo todo aquello que nos gusta, que el consumir y el gastar –incluso el dinero que no tenemos– constituye una forma más de realización personal y / o social? No le echen la culpa a de Palma, ¡por Dios! El tan sólo se divierte jugando con la cámara y... y de vez en cuando no está mal que alguien se declare satisfecho y contento de desarrollar un determinado oficio. «¡Afrontémoslo! Nunca voy a conseguir un premio por el conjunto de mi carrera. De todas formas, nunca he compartido esos valores. De aquí a diez años, ellos... no sé. El tiempo me encontrará un lugar.» Brian de Palma. (1) “Brian de Palma”, de Ramón Margareto. Imagfic
XII. Festival internacional de cine de Madrid. |