| SNAKE EYES (OJOS DE SERPIENTE) (Snake Eyes, 1998) |
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McGuffin, mon amourAunque no se trata, ni mucho menos, de mi cineasta predilecto, tengo que reconocer que el cine de Brian De Palma que he visto hasta la fecha siempre me ha parecido simpático, aun cuando se tratase de obras en las que se limitó, poco más o menos, a aplicar su profesionalidad, a rodar un par de secuencias marca de la casa, y a cobrar un jugoso cheque (caso de los blockbusters Misión imposible/Mission: Impossible, 1996 –al servicio de un chulesco Tom Cruise– y, sobre todo, Misión a Marte/Mission to Mars, 2000 –con un final que aún me provoca pesadillas–). Empero, y reconociendo que el cine de De Palma (en general, insisto) me interesa y divierte, el caso es que me veo en grandes apuros cuando alguien me pregunta cómo es posible que me guste, ya que, habitualmente, no resisto las películas que viven de la copia, del pastiche, de la imitación de formas o géneros. Realmente es difícil de explicar el hecho de que muchos elementos que normalmente me molestan en la mayor parte de filmes, en los de De Palma los anhelo y los agradezco, hasta el punto de disfrutar cada vez que retuerce o fusila trozos de la carrera de Hitchcock (es imposible intentar escribir algo sobre De Palma y no nombrar al director de Frenesí/Frenzy, 1972; prueben en casa y verán: imposible), Eisenstein, Welles, o cualquiera de sus referentes cinematográficos habituales. La filmografía de este director podría ordenarse desde distintos puntos de vista. Por ejemplo, distinguiendo entre los films en los que firma el guión y aquellos en los que no lo hace. O entre los que están producidos por él y los que no lo están. O entre los de temática fantástica y los thrillers. O entre los que constituyen un trasunto hitchcockiano y los que están tratados con menos referencias cinéfilas directas ... Después de darle muchas vueltas a todas estas claves, he llegado a la conclusión de que no parece que haya demasiada diferencia entre unos y otros films de su carrera, ya que en todos ellos parece que el director intenta llevar a término un vigoroso montaje de imágenes, ligero y vistoso, divertidamente superficial. No es el suyo un cine gravoso, desde luego, y quizás esa sea una de las claves que le distingue de otros manieristas, más solemnes. Un sentido del humor negro y malévolo que se aprecia en sus films, y que los hace especialmente digeribles, pese a todos los excesos que puedan albergar. Sin duda, En nombre de Caín (Raising Cain, 1992) sería una de las películas más excesivas de De Palma –con un protagonista como John Lithgow no podía ser de otra manera–. Aún no opinando que sea su mejor película, creo que es uno de sus films más personales, de los que mejor reflejan la manera de concebir el cine que tiene este director. Efectismos audio-visuales exagerados hasta la parodia, adopción de cámara subjetiva para crear inquietud de la nada (lográndolo), interminables planos secuencia, indefinible mezcla de humor y suspense... jugueteos en los que se nota que el director está completamente en su salsa. Poco importa la trama (de hecho, escribo estas líneas casi sin acordarme de ella). Todo, cualquier historia, es en De Palma un enorme McGuffin, un pretexto para crear imágenes brillantes, para jugar, de modo rigurosamente travieso, con el scope, con los raccords, con el montaje en paralelo, con la pantalla dividida, con los ralentíes, con las grúas... En casi todas sus películas suele haber, además, momentos de transición en los que la puesta en escena llama la atención sobre sí misma enviando a un segundo término lo que los personajes están diciendo. Éste parece ser el modo en el que el realizador intenta dotar de interés hasta las explicaciones más tediosas, hasta los momentos menos animados. Snake Eyes (1) es un film producido por De Palma, y eso se nota. Realizado entre medias de los dos patinazos comentados al principio, se trata de un trabajo mucho más modesto, y que el director controla más y mejor. Además, el propio De Palma firma el argumento junto a David Koepp (un guionista de carrera curiosa, también como director). La acción transcurre durante una velada de boxeo. El recinto donde se celebra constituye básicamente el escenario para la acción. Un policía interpretado por Nicolas Cage tratará de resolver el asesinato que se produce durante el transcurso de dicho combate, y la investigación le enfrentará con su mejor amigo, un militar al que da vida el antipático (pero no mal actor) Gary Sinise, entre unos cuantos personajes secundarios que dan variedad a la trama (2), el más importante de los cuales es sin duda el de la chica encarnada por Carla Gugino (muy guapa actriz: otro asunto importante en el que vuelvo a secundar las apreciaciones de José David Cáceres, y van...). A través de ella De Palma aprovecha para introducir, además de una estimulante carga erótica (compartida con el personaje de la chica pelirroja –interpretado por Tamara Tunie, si no me fallan los datos–), también esa dualidad entre rubia/morena que, no cabe duda, es de su gusto (y del mío, para qué lo voy a negar). Rodada quizás con una leve carencia de humor (aunque hay fragmentos que lo aportan, como el plano picado que atraviesa estancias ajenas a la trama), y de modo algo rutinario en el desenlace (es curioso, pero parece que sus películas a veces flojean por ese flanco), Snake Eyes contiene suficientes muestras del talento y buen gusto de De Palma, que maneja el ritmo con tino y armonía en muchas secuencias. Por ejemplo en el arranque, con ese plano enorme (trucado de modo similar que en La Soga/Rope, 1948. Alfred Hitchcock), que sirve para dar al film un impulso importante desde sus primeros compases. O la estupenda secuencia de huida de la chica, perseguida por ambos hombres. También hay algún flashback atractivo en el que se recurre a la cámara subjetiva, y en el que se narran hechos ya aparecidos, pero desde un nuevo punto de vista... Por supuesto, el desenlace incluye intercambio de frasecita lapidaria entre los rivales (aunque, gracias al cielo, no hay insufribles tiroteos eternos: De Palma no tiene nada que ver, pese a quien pese y para su suerte, con las temibles películas americanas de John Woo), y un epílogo de la pareja recién creada, aunque hay que decir que ni por asomo aparecen rastros de sentimentalismo o dulzonería. En vez de eso, ambos se separan momentáneamente, y se nos dan unos cuantos datos que no dejan en muy buen lugar al personaje de Nicolas Cage. Y ya que le he nombrado, voy concluyendo con la constatación de que este trabajo en Snake Eyes me parece uno de los más solventes de Cage –bastante mejor que el que le dio el Oscar por aquella feísta Leaving Las Vegas (íd, 1995. Mike Figgis)–, actor del cual no soy muy partidario, aunque he de reconocer que ha trabajado con algunos de los directores más importantes de los últimos lustros (Joel Coen, Lynch, Scorsese, Coppola –obviamente–, o incluso el aún prometedor Spike Jonze –todo queda en casa–, además del propio De Palma), si bien no se trata de las mejores películas de esos directores. Tampoco es el caso de Snake Eyes, un film bueno, pero peor que otros de su director. Eso sí, la película es un genuino De Palma, si es que cabe aplicar semejante adjetivo a un film realizado por el responsable de Doble cuerpo (Body Double, 1984). (1) El título hace referencia al juego de los dados,
concretamente al hecho de obtener un par de unos en la misma jugada, suceso
con el que, según parece, siempre gana la banca. |