| LA FURIA (The Fury, 1978) |
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Flagrante despropósitoEl cine de Brian De Palma, excesivo y fascinante a un tiempo, irregular y sorprendente, repleto de referencias cinéfilas, es un cine de momentos, de instantes, algunos memorables, otros no tanto. A De Palma casi nunca le ha interesado contar una historia –cuando se ha centrado en narrar historias, los resultados obtenidos siempre han estado por debajo de lo esperado, salvo, probablmente, en Atrapado por su pasado (Carlito's Way, 1993)–, siendo ésta un gran McGuffin al servicio de su virtuosismo técnico y su barroco sentido de la puesta en escena como desvela la excelente Ojos de serpiente (Sanke Eyes, 1998), uno de los films más conseguidos de su realizador y uno de los más personales, en el que el relato es una mera excusa (de hecho no está exento de todas las convenciones posibles y de ciertos clichés), siendo desde el comienzo toda una declaración de principios (el magníficio y famoso plano-secuencia ¡de unos doce minutos de duración!) y mucho más inteligente de lo que pudiera parecer (el epílogo muestra a un De Palma además de muy divertido, consciente de la falsedad e inconsistencia de su cine, del fuego de artificio que pone en juego, mediante uno de los detalles más sutiles y hábiles de todo su cine -1-). De Palma no obstante siempre es catalogado como un simple recolector (saqueador incluso según algunos) de formas ajenas o, en una visión más moderada, pero igualmente desacertada en mi opinión, como un hábil técnico que otorga de cierto empaque visual a sus films, óptimos en la medida en que lo son sus guiones, siendo el objetivo de cierta crítica poco dada al análisis riguroso y anclada en posturas preestablecidas (2) o en tópicos incomprensiblemente admitidos como verdades absolutas. De este modo sus films más reconocidos suelen ser Los intocables de Elliot Ness (The Untouchables, 1987) y el mencionado Atrapado por su pasado, el primero un encargo resuelto con cierta habilidad pero que no escapa de la mediocridad del guión escrito por David Mamet, del temible formato comercial del producto y del peso de su antipático protagonista, mientras que el segundo aun siendo uno de los mejores trabajos del cineasta no se encuentra, a mi modo de ver, entre sus propuestas más personales y arriesgadas como si lo son la mencionada Ojos de serpiente, la fabulosa El fantasma del paraiso (Phantom of the Paradise, 1974) o algunas de sus variaciones de los temas de Alfred Hitchcock –su referencia más repetida y pronunciada– que suelen ser denostadas rápidamente a pesar de que algunas de ellas son tremendamente divertidas e inteligentes (cfr. Doble cuerpo/Body Double, 1984 -3-). Desafortunadamente me ha tocado comentar La furia y no es tarea agradable, pues resulta una de las peores películas de Brian De Palma, circunstancia en cierto modo desconcertante: por lo pronto se hace difícil acertar a encontrar qué aspectos encontró De Palma interesantes –por mucho que halla detalles más o menos cercanos o anteriormente trabajados como la telequinesis– en el guión del film para aceptar el encargo –la única razón tal vez sea el hecho de utilizar la historia como ese aluddio McGuffin para experimentar con la puesta en escena–; la siguiente impresión negativa que se desprende del visionado de esta película es comprobar cómo está resuelta en términos globales por el director: sin sentido del ritmo en las secuencias de acción –algo inaudito en el director newyorquino–, con nulo sentido del humor –semejante argumento lo requería–, sin progresión dramática y narrativa –algo habitual en el realizador, que más bien le importa muy poco lo que cuenta–. En definitiva una decepción doble, ya que aun admitiendo que el film cuenta con un guión mediocrísimo, De Palma, en un terreno que le era propicio como el thriller, ¿se adapta? a una forma de rodar monótona, plana, intrascendente, y apenas saca partido a los elementos que tiene en juego como si lo hiciera tiempo después en Misión imposible (Mission: impossible, 1996) o incluso en la mediocre Misión a Marte (Mission to Mars, 2000), films cuyo interés se encuentra en el tratamiento que De Palma les confiere elevándolos por encima de su concepción de aparatosas producciones, en principio alejadas, sobre todo la segunda, de sus intereses... La furia, film realizado después del doble éxito comercial y critico que supusieron Fascinación (Obsession) y Carrie, ambas de 1976 y antes que la bastante interesante Vestida para matar (Dressed to Kill, 1980), es una zarrapastrosa muestra de thriller, película de acción y horror movie en la que apenas se puede rastrear el sello del realizador más allá de un par de escenas medianamente atractivas... El despropósito parte del confuso guión, que hacía el final deviene en una soberana estupidez sin gracia alguna, y que estructurado en cinco partes cuenta lo siguiente: en un prólogo desarrollado en un país árabe (4), Childress (John Cassavetes), jefe de una misteriosa agencia secreta del gobierno americano planea con éxtio una escaramuza con el fin de secuestrar a Robin Sandza (Andrew Stevens), un adolescente con poderes telequinéticos, hijo de su amigo Peter Sandza (Kirk Douglas) al que de paso intenta eliminar en este caso sin conseguirlo; meses después, Peter regresa a los Estados Unidos para recuperar a su hijo, mientras que Childress le espera con intención de matarle, de tal forma que el relato adquiere por unos momentos el formato de "malos persiguiendo al héroe, que huye no sin cierta dificultad"; sin embargo Peter requiere de la ayuda de alguien con poderes de adivinación para encontrar a su hijo, por lo que se pone en contacto con alguien que también parece poseer esos poderes pero que por lo visto no sirve (!), y es en este momento cuando entra en escena Gillian (Amy Irving), una muchacha adolescente que recuerda bastante a Carrie, y que dado su potencial telequinético y precognitivo ingresará en una institución, el Insituto Paragon, dirigida por el doctor Jim McKeever (Charles Durning), que mira por donde es dónde el malvado Childress llevó al hijo de Peter... en fin, luego aparece Hester (Carrie Snodgress) que precisamente trabaja en ese instituto, se lleva muy bien con Kirk Douglas, y, naturalmente, le ayudará a sacar a la chica de allí... mientras tanto, se explica el drama que vive el pobre hijo de Peter (recuerden de nombre Robin), al que están conviertiendo en el asesino total (o espía definitivo), y que tiene una tortuosa relación con su psiquiatra, otra mujer, la doctora Susan Charles (Fiona Lewis), que sigue órdenes del malvado Childress; el comienzo del último tramo de película se inicia con la huida de Gillian que guiará entonces a Peter hasta su hijo, trasladando la acción a la mansión donde entrenan a éste último y donde se concluye la historia con la muerte del hijo, tras asesinar a la psiquiatra en un brote psicótico-telequinético que le hará volar (sic) cual vampiro por una de las habitaciones, y el suicidio de Peter...; queda para el final ese epílogo que de tan exagerado y absurdo termina por resultar gracioso: el malvado Childress intenta convencer y atraer a Gillian a su lado, pero ella empleando sus poderes le hace estallar (sic) en pedazos (uno de ellos, la cabeza entera...). La trama urdida por el guionista John Farris, que adapta su propia novela, resulta un cóctel desequilibrado y confuso, carente de cualquier profundidad humana y densidad dramática, repleto de personajes secundarios intrascendentes, pesimamente desarrollado, lleno de los peores tics de cualquier producto comercial del momento (escenas de acción estridentes e innecesarias como la del prólogo, la manida persecución automovilistica, presentación de la joven protagonista en bikini, encuentro sexual entre el héroe y una mujer, clímax final con sorpresa incluida...), cuya mirada de lo sobrenatural es plana y conservadora, y contiene aspectos reaccionarios tan denunciables como el dibujo que se hace de la mujer (la posición de Hester frente a Peter excesivamente sumisa; el trabajo de la doctora Charles consistente en follarse al hijo de Pete como supuesta terapia; la fugaz doctora Lindstrom, interpretada por la hija de Robert Rossen, Carol Rossen, se insinúa al doctor McKeever, aunque éste le rechaza; e incluso se advierte cierto deseo de Gillian por Robin. La mujer como objeto de interés sexual únicamente y sobre el que el varón puede reclamar su propiedad: cfr. el horrible instante en el que Robin enfurece al ver a la psiquiatra flirteando –¡cómo no!– con unos hombres en un bar.). El concurso de los actores es en general discreto (Amy Irving, Kirk Douglas), en ocasiones muy pobre (Fiona Lewis y Andrew Stevens) o decididamente grotesco (un rídiculo John Cassavetes, que demostraba una vez más que necesitaba ser guiado por buenos directores de actores, y De Palma nunca se ha preocupado de este aspecto), siendo la excepción el siempre excelente Charles Durning. La mediocre música sorprendentemente es de John Williams que ya había compuesto alguna de sus más celebradas y notables bandas sonoras (las mejores aun estaban por llegar) y que se unía al pobre bagaje artístico y técnico del conjunto. Queda el trabajo del director, muy discreto, muy por debajo de lo que se podría esperar de él. El prólogo, una vulgar secuencia de acción similar a alguna de los Bond Films de la década, tiroteos y lanchas motoras incluidos, pero aún peor, no parece rodado por él y bien podría haberse encargado una hipotética segunda unidad. La escena de la huida de Peter del hostal donde se hospeda está resulta de forma demasiado convencional y la demora en uno de los apartamentos deviene en un freno que resta interés y que De Palma no sabe como solventar, mucho peor, no obstante, resulta la posterior huida en un coche de policía, que bien podría pertenecer a cualquier serie de tv de la época. Continuamente da la sensación que el director de Los intocables rueda sin brío y sin interés las escenas que marca el guión. Sólo así se puede entender el desenlace del film, por un lado con la escena pretendidamente terrorífica del asesinato de la doctora Charles, que podría recordar parcialmente a Carrie, resuelta de manera precepitada, deleitándose en exceso en los trucajes, y en especial, la resolcuión de las muertes de padre e hijo, una pequeña chapuza, que no tiene ningún sentido espacial (por ejemplo no queda nada claro cuánta distancia hay desde la ventana en la que se encuentran ambos al suelo). Con todo hay un par de momentos atractivos, como ese plano general del parking aéreo donde Pete se oculta con Hester en la camioneta de ésta, que mediante la aceleración trucada de la duración real de la imagen simula el paso del tiempo (noche - dia), la secuencia de la huida de Gillian del Insitituo Paragon en slow motion y con ausencia de sonido, si bien algo estropeada al final, o la panorámica que visualiza la visión de Gillian de la supuesta muerte de Robin en la clínica... Muy poco en definitiva. (1) Este epílogo cierra el film de forma circular
introduciendo un noticiario televisivo que resume la vida del protagonista
tras los sucesos en el casino, concluyendo con el reencuentro entre aquél
y la chica, que en aparentemente resulta tremendamente convencional, pero
resuelto de forma muy atractiva y esclarecedora: tras ellos, en segundo
término varios técnicos están recogiendo el decorado,
como si se tratara de la propia tramoya de la función. |