| Estudio. Hawks silente. |
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El silencio de un hombreAntes que nada, reconocer públicamente mi atrevimiento. De las ocho películas que componen la etapa muda de este director indiscutible, sólo he visto Una novia en cada puerto (A Girl in Every Port, 1928), por lo que pueden hacerse una idea aproximada del grado de conocimiento con el que hablo. Pero ya saben que la incultura es muy osada: trataré de resumir los argumentos de estas películas –las cuales entenderemos, bien pronto, hasta qué punto son difíciles de visionar-, echando mano de un libro que supongo verán también múltiplemente citado en los artículos de mis compañeros; sí, me refiero al Howard Hawks. La comedia de la vida de Quim Casas. (No tenemos muchos más asideros: se trató del primer acercamiento medianamente serio a Hawks escrito en castellano). En definitiva, que no haré sino resumirles el cuarto capítulo (Del ocaso del cine mudo al amanecer del sonoro) de la obra de este prolífico crítico catalán. Disculpen las molestias y disfruten de la –así lo espero– didáctica lectura. A veces parece increíble la cantidad de películas rodadas en los albores del cinematógrafo que se han perdido para siempre. La caducidad del formato no hace distinciones entre mediocres y maestros: causa cierta desazón conocer el altísimo tanto por ciento de celuloide perteneciente a las primeras tres décadas del invento abocado ya al olvido. ¡Aaays! Así pues, no se vuelvan locos buscándolas: por mucho que aparezcan citadas en todas las filmografías de Hawks, de dos de las ocho (El camino de la gloria / The Road to Glory, 1926 y Por la ruta de los cielos / The Air Circus, 1928) no se conserva copia alguna. Hablar de ellas –a partir de las reseñas aparecidas en la prensa de entonces o de algún resumen argumental facilitado por los estudios– se me antoja un ejercicio de nostalgia malsano. Sólo nos cabe el triste consuelo de que... no nos perdimos gran cosa. Y es que, en general, el Hawks silente resulta ser un director diletante sin conciencia de autor, menesteroso fabricante de productos al gusto de la época. El ingeniero Hawks empezó en la cosa esta del cine desde abajo, emulando el maltrecho sueño americano: de ascensorista en un estudio a director en menos de una década. Experiencia sin par que lo entronca con otros grandes (Griffith, Ford o Chaplin) para los cuales la carrera hasta la dirección pasó por diversas etapas previas de aprendizaje. Claro que Hawks contó con alguna ayudita extra... Cuenta la leyenda que la primera vez que filmó algunos planos fue para el film La princesita (The Little Princess, 1917) debido a la fenomenal borrachera cogida por el director de la misma, Marshall Neilan. Criatura, ¡qué tiempos aquellos! Pero dejando de lado esta anécdota –posiblemente igual de verídica que las que se inventaba John Ford–, lo cierto es que Hawks partió con cierta ventaja, ese “empujoncito” del que hablaba antes. No en vano, el afamado Irving Thalberg acabaría siendo su cuñado y el enchufe a funcionado siempre muy bien, aquí y en California. Total, que en 1924 Irving lo fichó para la Metro, con el cometido de seleccionar buenas historias que llevar a la pantalla. Era un primer paso. No se apuren: me niego a hacer una crónica de sociedad. Y eso que Hawks era un animal bien sociable: se iba de caza con William Faulkner y de pesca con Ernest Hemingway, dos tipos no muy acostumbrados a soportar a palizas durante los dilatados tiempos de espera entre pieza y pieza. Así que no minusvaloremos el encanto personal de Howard... ...pero tampoco olvidemos que estamos aquí para glosar su cine. Y eso –dirigir– comenzó haciéndolo para la Fox, allá por 1926. Y la primera película de la que podemos hablar llevaba por título algo así como Hojas de parra (Fig Leaves, 1926). Por lo leído, se trata de una recreación de los conflictos de pareja, tema tan afín al director de Luna nueva (His Girl Friday, 1940) o La novia era él (I Was a Male War Bride, 1949): dichos rifirrafes se desarrollan en dos épocas bien distantes (la prehistoria y el Nueva York de los años 20). La conclusión es que ellos y ellas no han cambiado tanto en todo ese tiempo: muy sardónico, muy Hawks. Destacar el protagonismo de George O’Brien, habitual de Ford y futuro intérprete de Amanecer (Sunrise, 1927. F. W. Murnau). Le sigue Donde las dan, las toman (The Cradie Snatchers, 1927), película que ha llegado hasta nosotros con severas mutilaciones. El argumento parece sacado de un programa del ínclito Jose Luis Moreno: tres maridos casquivanos son escarmentados por sus hastiadas esposas, que deciden seducir a unos universitarios (caray, ¡eso a mí nunca me ha pasado!) De los aproximadamente 100 minutos que duraba la película sólo se conservan tres cuartos de hora, por lo que cuesta trabajo rehacer el puzzle... el propio Hawks prefería hacerse el olvidadizo y jamás cito siquiera este (aparente) disparate. Después vino Érase una vez un príncipe... (Paid to Love, 1927) –nuevamente con George O’Brien–. Atención al argumento: un rey europeo con las cuentas poco saneadas le pide a un banquero que le eche un cable. Este acepta con la condición de que el príncipe heredero se empareje con una señorita de la jet set norteamericana, enlace matrimonial que le reportará una propaganda impagable al minúsculo y recóndito Estado. Total, que contratan a una corista para que el chico vaya familiarizándose en el tête a tête con las féminas... ¡joer, si parece una del Ozores! De aquí pasamos a El príncipe azul (Fazil, 1928), que tampoco tiene desperdicio: un cacique árabe es mandado a Europa para “refinarse” y esas cosas. Como no podía ser de otra forma, se enamora de una parisina (¡menudas son!), dando pie a un conflicto interior entre tradición y corazón. En fin, que acaban huyendo a caballo en plan romancero andalusí, internándose en el desierto... la película tardó casi un año en ser estrenada, porque a alguien del estudio se le ocurrió la brillante idea de montarla con efectos sonoros sincronizados, que estaba “mu” de moda por aquel entonces. Llegamos ya a Una novia en cada puerto (A Girl in Every Port, 1928). Y aquí uno abandonará durante unos párrafos su tono ligero y algo irrespetuoso porque, amigos, esta sí es una excelente película. Y puedo dar fe de ello. Narra la rivalidad entre dos marineros: Salami (Robert Armstrong) y Spike (un espléndido Victor McLaglen). Realmente el que tiene una novia en cada puerto es el primero de ellos: el pobre Victor siempre llega tarde y se queda a dos velas, pues su competidor ya ha desembarcado, dejando su “huella” entre las huestes femeninas (si, si, la cosa es literal, pues todas quedan tatuadas con la marca de su ganadería: un ancla y un corazón. Estoy de acuerdo: es de un machista exacerbado). Spike jura vengarse de este especialista en frustrar planes ajenos. Tras navegar por medio globo, terminan por coincidir en una taberna portuaria. Allí se ven envueltos en una multitudinaria pelea, el resultado de la cuál –como no podría ser de otro modo- es el nacimiento de una amistad, camaradería y buen rollo que presidirá el resto de su relación. Se enrolan en el mismo barco y siguen con sus conquistas, hasta desembarcar en Francia (parece ser que para los americanos Europa es el compendio de todas las perversiones). Victor se ve forzado a salir solo de correrías nocturnas porque su compañero sufre un terrible dolor de muelas. Será así como conozca a la vamp de turno: Marie (Louise Brooks). Esta niña es mala -¡malísima!- y verá en el ingenuo marinero la víctima ideal. No tarda en informarse del estado de sus cuentas, maquinando un sencillo plan para desplumarle. Pero hete aquí que entra en juego el amigo, recuperado de sus dolencias. ¿Y saben qué? ¡También se había ligado a esta chica hace tiempo! (madre mía, ¡qué tío!). Aquello ya pasó y lo único que recuerda a la perfección el Casanova de los mares es que ella era una mala pécora. ¿Pero cómo hacerle ver la terrible verdad a su enamorado compañero de fatigas? Ese es básicamente el dilema que plantea la película: una nueva vuelta de tuerca sobre la amistad masculina. El conjunto es francamente divertido, siendo quizás la primera película del Hawks que merece el calificativo de brillante. Una última cosa. La copia a la que he tenido acceso dura apenas una hora. En un cuadernillo que le dedicó al director en 1964 la Filmoteca Nacional en ocasión de la primera retrospectiva en nuestro país, se apunta una duración de 80 minutos. Y el propio Quim Casas le arroja una duración de 97 minutos en su ficha técnica. Parece ser que me he perdido su paso por alguno de los puertos: aparte del de Ámsterdam, Río de Janeiro, América Central y Marsella, se habla de Singapur, Hawai o Bombay. ¡Hasta la mismísima Myrna Loy está acreditada como “la chica de Singapur”! Terminamos el recorrido con ¿Quién es el culpable? (Trent’s Last Case, 1929), concebida como película hablada y montada al final como muda (se dieron cuenta demasiado tarde de que el actor principal tenía jodidas las cuerdas vocales y no lo entendía ni Cristo). Sólo se conserva la mitad del metraje y –lo habéis adivinado– se trata de una soberana tontería rodada a destiempo. Y hasta aquí hemos llegado. Leeréis por ahí –y al parecer, no sin razón– que la etapa muda de Hawks carece por completo de interés. De todas formas, apuntaros una perla: Una novia en cada puerto. El resto ha sido un repaso lúdico por unas primeras películas que pocas veces satisficieron al propio director, para qué negarlo. En cualquier caso, un preludio necesario para el grueso de una obra que halló en la palabra su valor fundamental. Hawks había nacido para hacer hablar a sus
personajes. ¡Y qué cosas les hizo decir! |