| EL SARGENTO YORK (Sergeant York, 1941) |
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San Alvin York del Valle del Lobo de Tres Patas«Todo lo que hago es contar una historia. No la analizo ni pienso demasiado en ella. Trabajo sobre la base de que si a mí me gustan unas personas y me parecen atractivas, puedo hacerlas atractivas. Si creo que una cosa es divertida, entonces la gente se ríe con ella. Si creo que una cosa es dramática, el público también lo cree. No me paro a analizarlo. Sólo hacíamos las escenas que eran divertidas de hacer. Creo que nuestro trabajo es entretener.» (1). Hawks en clave melodramática Coincido plenamente en la aseveración que hiciera en el último número de la desaparecida revista Cinerama el crítico y escritor Eduardo Torres-Dulce en la que, y hablando a propósito de El sargento York comenta «No valoro El sargento York como una de las mejores películas de Hawks, fundamentalmente porque, pese a su implicación en su elaboración, es más una película Warner, que podrían haber dirigido Wyler, Fleming o tantos otros, antes que Hawks, del que hay sólo ciertas huellas a lo largo del metraje». De hecho, creo que a nadie sorprenderá que la realización de dicho film fuera propuesta antes a directores cómo William Wyler, King Vidor, Victor Fleming o Norman Taurog, realizadores más cercanos a la artesanía melodramática que al diagrama de personalidades vivas que habitan en los films de Hawks. Esto no significa que El sargento York carezca de impronta hawksiana, pero la realidad es que a priori, tanto los personajes cómo el argumento de la historia resultan bastante alejados de los conflictos habituales en la filmografía del realizador de El Dorado (Ídem, 1967). Así mismo, no deja de sorprender, que la moral y el sentimiento de los films de Hawks siempre se halle en el devenir de las acciones de sus protagonistas, no así en El sargento York donde la moral y el conflicto religioso forman parte del argumento del film explícitamente, negando así al espectador la capacidad de descubrimiento de unos personajes, que nos vienen ya definidos antes de que se nos muestren los hechos, por más que estos sean interpretados por actores de la categoría de Gary Cooper, Walter Brennan, Ward Bond o George Tobías. Pese a todo, sin duda alguna, lo mejor de El Sargento York aparece en la primera hora de metraje. El retrato del joven Alvin York, primero borrachín y pendenciero, y segundo, esforzado trabajador y campeón de tiro, justo hasta que le llega la "iluminación" en forma de rayo que parte su arma y a él le deja intacto, nos deja memorables escenas cómo la pelea en el bar que se halla delimitado en el suelo con tiza la frontera entre ambos estados (en uno se puede vender alcohol y en el otro no), aquella en la que York borracho es refrescado por su madre con un cubo de agua o la escena del campeonato de tiro, primero disparando a un pavo y luego disparando a dianas realizando cinco aciertos consecutivos. Cooper en todo este primer tramo resulta magnífico, entre algo atontado y simpático, para pasar posteriormente a ser un joven emprendedor y trabajador, así cómo dolido y angustiado tras ver cómo las tierras que el pretendía comprar ya han sido vendidas a otro, que además reconoce haberlas comprado sólo por fastidiarle. A la postre Cooper ganaría el Óscar a mejor actor por su interpretación (el primero, el segundo fue por Solo ante el peligro / High Noon, 1952. Fred Zinnemann) e incluso Hawks recibió su única candidatura a mejor director -Robin Wood decía que era la primera y única vez que Hawks había sido "insultado" con una nominación- perdiéndolo a favor de otro melodrama, a todas luces mucho mejor que el tejido por Hawks, ¡Qué verde era mi valle! (How Green Was my Valley), dirigido por su amigo y colega John Ford (2). Tras la conversión de Alvin en San Alvin, el film coge un extraño tono moralista, con valores ultra religiosos, que acaban convirtiéndose en una molestia tanto para el personaje de York cómo para el espectador del film. La beatificación del finalmente héroe de guerra parece más servida para glorificar el biopic de York, que vivía por la fecha en que se realizó el film y del que siempre se sintió muy orgulloso, y acabar superponiendo los valores a la patria a los valores personales del personaje, en un tono pro-belicista algo vergonzante en el que en seguida nos introduciremos. Dios, patria, Dios, patria... La premisa que encabeza este artículo es una clara declaración de principios de Hawks. El realizador de Scarface (Ídem, 1932) busca que el espectador se lo pase bien contando las historias que a él le gusta contar. El grupo humano, la superación, el divertido duelo de sexos, la importancia de los valores intrínsecos cómo motor para resistir los contratiempos nunca Hawks, pese ha haber realizado otros films bélicos cómo The road to glory (Ídem, 1935) o Air Force (Ídem, 1943), ha parecido estar interesado en las epopeyas bélicas, más allá de la descripción de la supervivencia de un grupo humano en el que se acaban sustentando unos a otros (exactamente igual que en sus westerns). Sólo El sargento York, no lo olvidemos, rodada justo antes de que EEUU se introdujera en la Segunda Guerra Mundial ante el inminente bombardeo de Pearl Harbor, parece haber sido realizada para implicar a la ciudadanía los valores necesarios para prepararse para una guerra. Dicho de otra manera, el bueno y casi santurrón de Alvin York, nuestro héroe descarriado que ha visto la luz en la parroquia que dirige Walter Brennan -en uno de sus escasos papeles alejados de la comedia con Hawks tras la cámara, por el otro, en Rivales (Come and get it, 1936. Codirigida por William Wyler), se alzó con el Óscar al mejor actor secundario-, debe comprender que hay algo más importante que el amor al prójimo y es el luchar por él en beneficio de la patria. Es así, que una escena tan lograda estéticamente cómo la de la meditación del próximamente Cabo York en lo alto de la montaña, se acabe estropeando ante el conflicto en off del personaje que tiene que debatirse entre Dios y patria, decidiéndose, obviamente por servir a su país, con el excelente resultado final, de veinte muertos y más de cien soldados alemanes apresados a manos del joven York y su querido rifle- un porcentaje que ya les hubiese gustado a otros héroes bélicos de distinta calaña, que no cito, por que no da a lugar en una artículo sobre Hawks-. Así en El sargento York nos encontramos con algo ináudito en un Hawks, y es que el director toma partido en un diema ético con carácter global (que la posición tomada fuera impuesta por productores o guionistas no sería de extrañar), cuando él siempre ha sido ajeno a cualquier tipo de enjuiciamientos, y cito: «Yo nunca hago juicios. Nuestro trabajo es entretener. No tengo la menor intención de tomar partido» (3). No sé si será una exageración tildar de pro-belicista al film de Hawks, en todo caso, es lo que menos nos debería importar, pues desde El acorazado Potemkin (Bronenosets Potiomkin, 1925. Sergei M. Eisenstein) a Pearl Harbor (Ídem, 2001. Michael Bay) el cine ha ofrecido muchas y diversas miradas sobre las contiendas bélicas, y juicios morales a parte, los films se alzaban como grandes o malas películas, en función de su calidad artística no de su mensaje impuesto. Así El sargento York no es un mal film por que York decida ir a luchar en vez de quedarse en su pueblo arando la tierra, si no por lo forzado de la determinación de Hawks en contarnos una historia que parece que a medida que pasa el metraje cada vez le importe menos. En este aspecto sería meritorio recordar que una de las razones por las que abandonó el rodaje de The Outlaw (Ídem, 1941) (discusiones a parte con Howard Hughes) era por que le atraía la historia de uno de los héroes de la Gran Guerra, lo que significa interés y ganas de hacerlo bien, pero sin embargo, todas las escenas bélicas, de un realismo sucio bastante gráficas, fueron rodadas por el director de la segunda unidad del film, B. Reeves Eason, lo que lleva a pensar que el empache religioso del film acababa por cansar a un Hawks poco amigo de los discursos hablados y sí de la significación de los hechos. Cómo dice Robin Wood «De hecho, estos factores son precisamente los que conspiran constantemente contra el éxito artístico del film. Se percibe a un Hawks continuamente estorbado por tener que "ajustarse a los hechos". Como artista intuitivo, no está muy preparado para abordar grandes temas de forma explícita a no ser que sea a nivel superificial» (4). (1) Howard Hawks según Howard Hawks de Joseph
McBride. Ed. Akal. Madrid, 1988 |