AFLICCIÓN
(Affliction, 1997. Paul Schrader)
 
Sumario
Por Manuel Ortega
Cartel de la película
EE.UU., 1997. Dirección: Paul Schrader. Productor: Linda Reisman. Guión: Paul Schrader, según la novel homónima de Russell Banks. Fotografía: Paul Sarossy. Montaje: Jay Rabinowitz. Intérpretes: Nick Nolte (Wade Whitehouse), James Coburn (Glen Whitehouse), Sissy Spacek (Marge Fogg), Willem Dafoe (Rolfe Whitehouse), Mary Beth Hurt, Jim True-Frost, Marian Seldes.



















 

Sobre la inexistencia de la verdad absoluta

Del lat. affligere.
1. tr. Causar molestia o sufrimiento físico.
2. Causar tristeza o angustia moral.
3. Preocupar, inquietar. Ú. t. c. prnl.
4. prnl. Sentir sufrimiento físico o pesadumbre moral.

Hay Pocas películas dejan la sensación incomoda y real que nos deja el penúltimo filme del imprescindible Schrader, pocas son las experiencias que dejan una huella indeleble durante tanto tiempo con tanta intensidad. Pocas son las veces con la que nos identificamos con un personaje y luego pretendemos negar ese sentimiento con tanta celeridad como miedo. Aún menos las que nos hace plantearnos la verdad, la mentira, la débil frontera que las separa y la frágil inconsistencia del ojo que las mira y del cerebro que las juzga. Aflicción como dice el diccionario viene de afligir que es causar molestia o es causar angustia moral o es preocupar o es sentir pesadumbre moral. Creo que una película llamada Felicidad no sería nunca (a pesar de nuestro optimismo de corta y pega) tan contagiosa para el espíritu del que observa como lo es ésta.

Schrader como calvinista atormentado sabe que «no hay ninguna diferencia entra la luz y las tinieblas. Son una misma cosa» y es por eso que su conocimiento del alma humana (a pesar de que nunca suelo utilizar palabras tan etéreas como espíritu o alma es imposible negarlas al hablar de este director) le facilita la jugada de experimentar con las percepciones de la de los demás. Pero jugar no significa manipular, falsear o engañar (lo que me recuerda que en esta misma edición publico un artículo sobre Von Trier), significa poner unas reglas o romperlas para que los demás tomen parte libremente y con tentativas de pasar un rato agradable o de poner sobre la mesa una cantidad considerable de algo muy importante para cada cual.

Wade Whitehouse es un pobre hombre al que todo parece salirle mal. El primer signo de identificación ya está presente. La autocompasión, el “ay, pobrecito de mí, que mal estoy y que poquito me quejo”, el echarle la culpa a los demás de nuestras carencias, decepciones o deserciones, el nunca tener la culpa y parecer que siempre se tiene la respuesta (la excusa) para todo. Recordemos que la autocompasión es uno de los pilares del fascismo al nunca aludirse en su sempiterno y repetitivo discurso a una raza superior simplemente sino a una raza superior humillada / amenazada por las inferiores (de los arios al 11 de septiembre, de Franco a la ocupación de Palestina). Apuntemos también que es un rasgo afín a todos los humanos y que todos podemos comprender (y disculpar) en mayor o menor medida. Pero con Wade no lo sabemos, y tampoco se puede decir que se nos oculte.

Schrader pretende jugar con las reglas no escritas del cine, con los axiomas impepinables del lenguaje fílmico, con lo asimilado y lo dado por cierto e indudable. Hitchcock ya hizo algo parecido en Pánico en la escena (Stage fright, 1950) y le salió una de sus películas más discutibles. Schrader no sólo sale indemne del entuerto sino que se nos muestra como uno de los renovadores del abecedario cinematográfico más lúcidos y preclaros que podamos encontrar, uno de los saboteadores más inteligentes y discretos (¿les he dicho que escribo sobre Von Trier en este número?) que habitan en este parnaso de narcisos y mediocres. Sin duda uno de los más interesantes.

Esta pica en Flandes consiste sobre todo en dinamitar las convenciones del receptor ante el mensaje que se emite. Si en la vida real ponemos en duda lo que los demás nos cuentan o nos proponen, ya sean amigos, familiares, amantes, compañeros o conocidos, es raro que no lo hagamos cuando se nos plantea desde el cine o, sobre todo y con mayores consecuencias estupidizantes, desde la prensa. Ahí es donde Aflicción se erige en una de las piezas fundamentales del cine de los años noventa, ahí es donde Schrader demuestra porque escribió un libro sobre Ozu, Bresson y Dreyer y que si en el fondo era ya bastante lo que le acercaban a esta tripleta de históricos, en el riesgo por las formas cada vez se parece más a lo que admira.

Wade Whitehouse dista mucho de ser un buen hombre pero lo parece. No entendemos porque los demás se ríen de él, porque cuentan historias sobre su desgraciada niñez incluso cuando él está delante, porque su hija parece pasar un infierno cada vez que, por ley, tiene que pasar unas horas con él, porque su mujer parece una arpía que ha elegido a un nuevo marido porque es un pánfilo y tiene un buen coche, porque su jefe le encarga las peores tareas cuando parece estar capacitados para mayores logros, porque nadie le cree cuando descubre una trama mafiosa con asesinato incluido, porque su novia acaba dejándolo, porque le duele tanto una muela. Aflicción se convierte en la más sobria y sórdida incursión en la mente de un psicópata haciéndolo desde dentro, diferenciándose así de otras que ya habían tocado con detenimiento el tema como The sniper (Id, 1952, Edward Dmytryk), Taxi driver (Id, 1976, Martin Scorsese), Henry, retrato de un asesino (Henry: portrait of a serial killer, 1988, John McNaughton) u Ocurrió cerca de su casa (C’est arrive prés de chez vous, 1992, Rémy Belvaux, André Bonzel y Benoit Poelvoorde) desde muy cerca pero siempre desde el acomodaticio, para el espectador, exterior.

Schrader conjuga y condesa en esta película todas las constantes de su obra tanto como guionista de éxito (Scorsese, Pollack, Weir, De Palma) como de director de renombre. En ella está lo autobiográfico (el severo personaje de Coburn está cerca de su padre), la soledad, el sentido cristiano de la culpabilidad, el sexo como castración, la lucha por la recuperación de la fe perdida, la redención del individuo, en definitiva, todo su imaginario religioso y personal que marca su vida y su obra. Más cercana a Mishima (Id, 1985) que a Touch (Id, 1997) en el tono, más próxima a Hardcore (Id, 1979) en su pesimismo que a Posibilidad de escape (Light Sleeper, 1991), pero en el fondo prima hermana de todas.

A esa densidad intrínseca a Schrader colabora sobremanera la materia prima de la que parte, la excelente novela de Russell Banks, cuya obra restante desconozco, pero que por la implicación intelectual contestataria contra la idiotizante y conformista sociedad norteamericana y por la otra película basada en él (El dulce porvenir, The sweet hereather, 1997, Atom Egoyan) parece que es una laguna a cubrir con prontitud.

Si además el elenco interpretativo está a un nivel análogo a su categoría (Nolte, Spacek, Coburn, Dafoe) poco más queda que decir sobre una de las propuestas más complejas y atractivas de uno de los directores más complejos y atractivos en activo en los años noventa, que además, en esto sí que casi es único, vive una trayectoria ascendente en cuanto a la calidad y a la cantidad de sus trabajos. Cosa que se puede decir de muy pocos en una década no tan mala como podíamos pensar pero que sí ha servido para descubrir que los años no pasan en balde para mucho de los niños mimados de otras décadas.