Comentario a una encuesta (los años 90)  
sumario votaciones
Sin perdón / Unforgiven
(C. Eastwood, 1992)
14 votos
Uno de los nuestros / Goodfellas
(M. Scorsese, 1990)
9 votos
Carretera perdida / Lost Highway
(D. Lynch, 1996)
8 votos
Eyes Wide Shut
(S. Kubrick, 1999)
8 votos
Pulp Fiction
(Q. Tarantino, 1994)
8 votos
Crash
(D. Cronenberg, 1996)
7 votos
Rompiendo las olas / Breaking the Waves
(Lars Von Trier, 1995)
7 votos
Una historia verdadera / The Straight Story
(D. Lynch, 1999)
7 votos
Magnolia
(P. T. Anderson, 1999)
6 votos
Barton Fink
(Joel y Ethan Coen, 1991)
5 votos
El dulce porvernir / The Sweet Hereafter
(Atom Egoyan, 1997)
5 votos
Hana-bi
(Takeshi Kitano, 1994)
5 votos
La lista de Schindler/ Schindler's List
(S. Spielberg, 1993)
5 votos
El silencio de los... / The Silence of the...
(J. Demme, 1991)
5 votos
El sol del membrillo
(Victor Erice, 1992)
5 votos
La tormenta de hielo / The Ice Storm
(Ang Lee, 1997)
5 votos
Vidas cruzadas / Short Cuts
(R. Altman, 1993)
5 votos
Los amantes del Circulo...
(Julio Médem, 1999)
4 votos
Desmontando a Harry / Decontructing Harry
(Woody Allen, 1997)
4 votos
Fargo
(Joel y Ethan Coen, 1995)
4 votos
Reservoir Dogs
(Quentin Tarantino, 1997)
4 votos
Seven
(S. Spielberg, 1993)
4 votos
 

Aunque pueda llegar a caerse en el simplismo al tratar de confeccionar una lista general con las mejores películas de toda una década (la cantidad de parámetros a tener en cuenta hace infernal el proceso de selección), “Miradas de Cine” se atreve a presentar un dossier en el que miembros y amigos de la revista eligen sus quince películas favoritas (y las cinco más sobrevaloradas) de entre las producidas en los años 90 (tomados desde 1990 hasta 1999), con intención de ir, de verano en verano, repasando cada década en orden temporal inverso (el año que viene tocan, ¡horreur!, los años ochenta...). Y no lo hace imponiendo una línea delimitada para orientarse en dicha década, sino como la suma de los particulares gustos de un grupo reducido de individuos. Ni más ni menos. El espectro de films votados es, pues, muy amplio, y viene, lógicamente, marcado por filias y fobias personales, de modo que la clasificación final sólo es una lista que, como todas las listas, no tiene más valor que el que cada uno le quiera conceder.

Sin embargo me gustaría, antes de conceder mi particular valor a la lista, introducir un condicionamiento que puede haber tenido importante incidencia en la relación de títulos votados, y que en los años 90 ha ido revelándose como uno de los problemas más graves del cine en la actualidad: Los caminos de la distribución. Secuestradas las salas comerciales por blockbusters y producciones clónicas, eliminada prácticamente toda crítica cinematográfica mínimamente seria en TV (y en el resto de medios), y muerto el interés de las televisiones en emitir cualquier cine alejado de los parámetros comerciales estandarizados, cada vez se pone más difícil, para el aficionado o interesado en este arte, acercarse a una serie de autores o a unos cines concretos cuya radicalidad o capacidad de subversión/reflexión molestan y resultan peligrosos para los intereses de creación de un mercado de consumidores uniformizados que asegure los mayores beneficios económicos. En una entrevista realizada por Hal Hartley en 1994, Jean-Luc Godard (cuya obra de los noventa es prácticamente invisible) mostraba su escepticismo ante las “revolucionarias” nuevas maneras de distribuir cine: «Leí un artículo donde se decía que puedes escoger una película desde la habitación de tu hotel. Puedes escoger una película de D. W. Griffith, y después puedes comerte una pizza. Pero sabes que, probablemente, no habrá ningún Griffith. ¡Puedes ver la película que quieras ver! ¡Pero no! ¡No hay Griffith!». Efectivamente, la televisión digital, que maneja eslóganes del tipo “todo el cine en tu casa”, probablemente se olvidará de Griffith, de Murnau, de Dreyer, de Vigo, etc. Lo mismo ocurre en el nuevo campo del DVD, donde las dificultades de encontrar determinados títulos se unen a la carestía de cada película, no digamos ya si hay que recurrir a la importación. Y es que cuando el cine europeo (no me refiero al de gente como Luc Besson, precisamente) se ve maltratado y arrinconado en todas partes, qué no le ocurrirá al cine asiático o al africano...

Todo esto viene a cuento porque conviene considerar la desigualdad de oportunidades que unos films suelen tener frente a otros. Curiosamente las películas que más deficientemente nos llegan suelen ser aquellas que manejan unas coordenadas narrativas ajenas a la gran masa del cine de consumo y, por descontado, un presupuesto promocional mucho menor, cuando no inexistente. Lo que trato de explicar, simplemente, es que debemos tener en cuenta que, de cara a la selección de películas por parte de cualquier espectador, directores como, por ejemplo, Steven Spielberg o Martin Scorsese no se encuentran en las mismas condiciones que otros como, también por ejemplo, Aki Kaurismäki o Jan Svankmajer. Mientras los dos primeros estrenarán con facilidad en grandes complejos multisala, las obras de los dos segundos deberán ser rebuscadas por vías quizás no del todo legales, o asistiendo a determinados festivales de cine, algo que no está, desde luego, al alcance de todo el mundo. De este modo la percepción fraccionada del cine contemporáneo se manifiesta en algunos de nosotros de modo inevitable, en cuanto se nos niega la capacidad de conocer a cineastas a los que intuimos inquietos e innovadores mientras somos bombardeados con productos anodinos e impersonales que nada aportan a la evolución o análisis del lenguaje cinematográfico. El problema es grave y empeora día a día. Por ejemplo, servidor ha tenido la fortuna de poder visionar la última película del (maltratadísimo por la distribución española) director John Sayles, titulada La tierra prometida, una excelente obra que, sin embargo, pocos espectadores podrán incluir entre sus favoritas de este año porque, simplemente, no les ha sido permitido verla.

Y tras esta reflexión (obvia, pero a veces no hay más remedio que repetir las obviedades), vamos con el (todo lo breve posible, lo prometo) comentario a la encuesta, para el que no seguiré más patrón que el puro capricho subjetivo. Empiezo con una gran alegría: Comprobar la buena consideración artística que sigue teniendo Clint Eastwood (y, sobre todo, Sin perdón), habida cuenta de que sigue siendo un tipo bastante ignorado en su país (por mucho que le diesen aquel Oscar) y también en Europa (creo que, por trayectoria, se merecía mucho más la Palma de Oro de este año que Gus Van Sant quien, por cierto, no ha obtenido voto –positivo– alguno). Así que no puedo más que alegrarme por su triunfo. Destacable es el olvido generalizado de realizadores indies americanos en su día bastante laureados entre la crítica, como es el caso de Hal Hartley, Abel Ferrara, Jim Jarmusch o Todd Haynes, y no digamos ya de ex-indies como Steven Soderbergh, cuyo total olvido certifica el declive en la consideración de toda aquella hornada del Festival de Sundance que eclosionó a finales de los ochenta y principios de los noventa, con las notables excepciones de gente como Quentin Tarantino, sorprendentemente recordado aún por Pulp Fiction y Reservoir Dogs, y mucho menos por Jackie Brown (que particularmente considero su mejor film) o de los hermanos Coen, que ven varias de sus obras votadas entre las mejores (Barton Fink, Fargo y Muerte entre las flores, principalmente).

Otro de los movimientos que no ha tenido demasiada presencia en las listas ha sido el cacareado Dogma, el cual, a la hora de la verdad, sólo ha aportado su segundo título a la votación, y de modo no muy numeroso, quedando clara la inconsistencia de un “manifiesto revolucionario” que empezó como una broma y terminó alcanzando una inusitada repercusión a nivel mundial. La excepción es, claro, el jefe del movimiento, Lars von Trier, que consigue colocar su pre-dogmática Rompiendo las olas en bastantes listas particulares (seis, nada menos), aunque Los idiotas, siendo un film bastante más interesante, a mi modo de ver, que Celebración, parece que no convenció a casi nadie. Del mismo modo el cine iraní, tan de moda en los últimos años en festivales de todo el globo, tiene a un auténtico buque-insignia en Abbas Kiarostami, que aventaja notablemente en prestigio crítico al resto de sus compatriotas.

Hay directores que se han visto perjudicados en su clasificación en la lista general porque han dividido sus votos fundamentalmente entre dos (o a veces más) películas. Es el caso de gente como Paul Schrader (entre Posibilidad de escape y Aflicción), David Lynch (uno de los grandes –y más justos– triunfadores, que se lleva catorce votos repartidos equitativamente entre Carretera perdida y Una historia verdadera), Hayao Miyazaki (entre Porco Rosso y La princesa Mononoke), o Tim Burton (entre Eduardo Manostijeras y Ed Wood, aunque otros cuantos títulos suyos merecen menciones, no siempre positivas). Tres de los mejores directores americanos de los setenta siguen siendo tenidos en cuenta y también dividen mucho su voto: Coppola entre El padrino III (viviendo de rentas) y su (para mí totalmente fallido, pero bueno) Drácula (lógicamente, nadie ha votado Jack o Legítima defensa); Scorsese entre varias obras, siendo la más destacada Uno de los nuestros; y Woody Allen entre un rosario de títulos, entre ellos el que para mí es su mejor film en esta (para él irregular) década: Maridos y mujeres. Otro de los setenta, Steven Spielberg, mantiene cierto prestigio con sus películas sobre la Segunda Guerra Mundial (sobre todo con La lista de Schindler), aunque también tienen sus detractores.

Kubrick, seguimos con consagrados, dejó una obra póstuma (Eyes Wide Shut) que, pese a sus enemigos, parece ir consolidándose poco a poco como lo que es: una de las películas más complejas y fascinantes de los noventa. Siguiendo entre los puestos de cabeza, destaca el buen resultado obtenido por Ang Lee con su apreciable La tormenta de hielo, y por Atom Egoyan y la sublime El dulce porvenir, ambas con cinco votos. Y sorprenden enormemente dos thrillers de las convencionales características de El silencio de los corderos y Seven, que han sido votados cinco y cuatro veces respectivamente (mientras que El club de la lucha, la mejor obra con diferencia del director David Fincher, sólo aparece en dos ocasiones). En otro orden de cosas, cabe comentar la mínima (cuando no nula) presencia en las listas de ilustres supervivientes de la nouvelle vague como Rohmer, Chabrol, Godard o Rivette, quienes apenas cuentan un puñado de votos entre los cuatro. Y muy escasos también para Imamura, Polanski, Oliveira y Antonioni (aunque el hecho de que alguien se haya acordado del italiano casi puede ser considerado una sorpresa). De igual modo gente más joven, como los también italianos Nanni Moretti y Gianni Amelio, también han sido poco nombrados. Y Herzog, Wenders, Schlondorff y el resto del “Nuevo cine alemán” parecen completamente olvidados... Y algunas obras recientemente encumbradas (en Cannes nada menos) como Rosetta han sido ignoradas... Eso sí, he de reconocer mi satisfacción por los aceptables resultados que han obtenido, entre los mejores, directores muy estimables como Paul Thomas Anderson, Takeshi Kitano o David Cronenberg (algo peores los de Emir Kusturica, Todd Solondz o Brian De Palma), y también por el excelente resultado obtenido, entre los más sobrevalorados, por James Cameron y su insufrible (lo siento por sus partidarios, de verdad) Titanic, si bien uno ya ni contaba con ese film para dicha clasificación, ya que nunca pareció tener más valor que el que pudieron haberle dado los millones y los Oscars.

Y concluyo ya este (inexacto, caótico y un poco esquizofrénico) viaje personal por el resultado de las votaciones con una nota sobre el cine español, cuyas presencias más destacadas en cuanto a votos son las de Julio Medem y Víctor Erice, dos cineastas, vascos ambos, de modos formales muy diferentes, sí, pero radicalmente personales en sus propuestas. Fuera de ellos hay alguna que otra aparición esporádica (notable la de los films Nadie hablará con nosotras cuando hayamos muerto y La buena estrella), pero nada demasiado destacable. Sorprende, desde luego, que Pedro Almodóvar, el auténtico hombre-Oscar (y hombre-Cannes, todo hay que decirlo) de nuestro cine sólo obtenga un mísero voto... y entre lo menos bueno. También sorprenden esos votos negativos al antaño niño-prodigio Alejandro Amenábar... Pero, en general, la pobre representación española en la votación no refleja otra cosa que el penoso estado de una cinematografía que, por mucho que nos la quisieran vender como “muy moderna y diferente ya a la españolada”, sigue produciendo, en su gran mayoría, morralla destinada al inmediato olvido.