AZUL
(Trois Couleurs: Bleu, 1993. Krzysztof Kieslowski)
 
SumarioDebate abierto
Por Jorge-Mauro de Pedro
Cartel de la película
Francia / Polonia / Suiza / UK, 1993. Director: Krzysztof Kieslowski. Productor: Marin Karmitz. Guión: Agnieszka Holland, Slavomir Idziak, Krzysztof Kieslowski, Krzysztof Piesiewicz. Fotografía: Slavomir Idziak. Música: Zbigniew Preisner. Montaje: Jacques Witta. Intérpretes: Juliette Binoche (Julie), Benoît Régent (Olivier), Florence Pernel (Sandrine), Charlotte Véry (Lucille), Hélène Vincent (periodista), Hugues Quester (Patrice), Yann Trégouët (Antoine).
 

Si lo supiera todo...

Quand je parlerai le langue des anges,
Si je n’ai pas l’amour...
Je ne suis que airain qui resonné

Hubo una vez un director polaco llamado Krzyszstof Kieslowski y un abogado metido a guionista de nombre Krzysztof Piesiewicz. Tras maravillar a propios y extraños con una de las propuestas más originales de las últimas décadas (un ambicioso y televisivo decálogo, donde hicieron su particular repaso a los diez mandamientos, lanzando una mirada benévola sobre los infractores de tan divinas leyes), Kieslowski –y sólo él– se consagró tardíamente con una hermosa y algo incomprensible película titulada La doble vida de Verónica, de la que siempre tuvo la intención de hacer 17 versiones diferentes proyectables al unísono en 17 cines parisinos (¡¡!!).

Eligiendo definitivamente Francia como tierra de adopción, se despidió de este mundo y de la comedia humana con una nueva saga: un conjunto de tres películas levantadas con la nimia excusa de componer los tres colores de la bandera gala; una Revolución Francesa en formato cinematográfico que hablase de libertad, igualdad y fraternidad.

La primera de todas sería Azul. La libertad.

Azul es el color de la calma, de la paz, del anochecer y del olvido. Lo es para mí, porque lo bueno de las películas que recurren a simbolismos cromáticos es que jamás recolectaran la misma reacción de dos espectadores diferentes. ¿Qué es para ti el azul? El azul impregna objetos y recrea sentimientos: un coche que cruza la avenida puede ser un alma que huye carretera abajo. Una piscina que sólo nos atrevemos a atravesar a lo ancho... ¿un reto que todavía no estamos en condiciones de afrontar, algo que nos duele rememorar? O esa lámpara con sus cantarines arabescos que nos recuerda algo que sólo tu y yo sabemos. Un inminente nacimiento, una sinfonía inacabada, un músico callejero. El azul se huele, se escucha, se saborea.

La protagonista –Julie– ha perdido todo lo que se puede perder en un accidente de coche: familia y... autoestima. Porque el peor de los sufrimientos es el que les resta a los supervivientes, el de los que creen que están ya de más, que la fatalidad se olvidó de ellos y el porvenir es un epílogo algo obsceno, páginas agregadas a una novela que dan por acabada.

Azul es una simple historia de superación, si nos ponemos a hilar fino. Podría encuadrarse en la empalagosa estela de películas que responden al triunvirato trauma-depresión-superación. ¿Qué la hace diferente?

Lo que hace de Azul una experiencia con algo de mística (no he dicho “religiosa”, pues Enrique Iglesias se encargó de depauperar por siempre jamás esta expresión), es el aliento poético de Kieslowski, un hombre que siempre anduvo algo pachucho del corazón y que pareció ser consciente en todo momento de que estas tres películas constituirían su legado.

De la mano de Zbigniew Preisner, uno de los compositores más arrebatadoramente clásicos del –en ocasiones– cansino panorama sonoro, Julie se enfrasca tras muchas dudas en una actividad a la altura de su pérdida: terminar esa canción por la unificación de Europa que inició su marido Patrice, reconocido compositor de fama internacional.

A medida que avanza en su reelaboración –pues toda la partitura cobra un nuevo significado a la luz de los recientes acontecimientos que han transformado su existencia– nos damos cuenta de que esta gimnasia mental le sirve también de exorcismo personal, de fosa no muy profunda donde enterrar a esos fantasmas del pasado que enturbian su insulso presente. Aquellos que le impiden avanzar, seguir equivocándose, caerse y continuar levantándose.

Parece que ya lo entiende... o no lo entiende, pero lo acepta. Si, la gente que más queremos acaba muriendo. De muerte natural o en la cuneta de una carretera comarcal. Es un hecho. Desaparecen, no vuelven a ser. Ante esta contingencia irrebatible, caben dos posiciones en la vida: emprender el camino con ellos –opción del todo respetable, pues la auto aniquilación activa o pasiva es mucho más que un invento socrático– o seguir para adelante. Por supuesto que esta última opción no presupone que las dificultades se vayan a esfumar de inmediato ante nuestra turbia mirada: implica la aceptación de un dolor incontenible y desbordante, de una situación ajena por completo a lo ya experimentado. Llámalo partir de cero, llámalo comenzar de nuevo.

Por eso el azul duele. Duele porque el mecanismo de la memoria tiene algo de hijo puta: selecciona esos instantes quizás banales, esos momentos en los que te quedas con la vista perdida en el horizonte mientras realizas una tarea cotidiana tan parecida a aquello que solías hacer con él... y a la que tan poca importancia dabas.

Como clama al cielo el coro del himno compuesto por la resucitada Julie: «las profecías pasarán, las lenguas serán silenciadas, el conocimiento se marchitará... mas el amor nunca morirá». ¡No, no os descojonéis! No es el slogan promocional de Moulin Rouge ni la letra de una canción de OBK.

Julie reconquista su libertad y reinventa de alguna manera el amor. No como algo ñoño, no como una habitación del pánico donde escaparse de su cochino presente, agujero infecto donde embutir la cabeza cuál temblorosa avestruz. No. Julie emprende un camino de superación hasta saber que está en condiciones de volver a amar. Para ello tendrá que reivindicarse como persona, descubriendo que ni su marido era tan perfecto ni su añorada existencia tan idílica. Saber que todavía puede querer a alguien, desarrollar emociones, sufrir por esos ratones a los que ha dejado huérfanos, por esa prostituta que no busca algo tan diferente a lo que ella misma quiere para sí... todo esto le servirá para incorporarse nuevamente al ritmo de la vida, paulatinamente, con constantes titubeos.

Por eso, cuando Julie concluya lo que su marido no pudo terminar, nos daremos cuenta de que ella no era tan solo la musa de un artista con mucho ego... ella ERA esa música. El milagro (tan querido por Dreyer, Bergman o Von Trier) se ha obrado de nuevo. Julie vuelve a hacer el amor y por primera vez exterioriza ese dolor con el que ya ha aprendido a convivir del único modo que la naturaleza nos ha enseñado: llorando en silencio, derrumbándose y dándose por completo a otro ser.

Bienvenida de vuelta a la vida, Julie. Que te sea leve...