CADENA PERPETUA
(The Shawshank Redemption, 1994. Frank Darabont)
 
Sumario
Por Jordi Picatoste
Cartel de la película
USA 1994. Dirección: Frank Darabont. Producción: Niki Marvin. Guión: Frank Darabont, basado en el relato corto "La redención de Shawshank" de Stephen King, publicado en la novela "Las cuatro estaciones". Fotografía: Roger Deakins, en color. Música: Thomas Newman. Dirección artística: Peter Smith. Montaje: Richard Francis-Bruce. Intérpretes: Tim Robbins (Andy Dufresne), Morgan Freeman (Red), Bob Gunton (Warden Samuel Norton), William Sadler (Heywood), Gill Bellows (Tommy Williams), Mark Rolston (Bogs Diamond), James Whitmore (Brooks Hatlen).
 

La reivindicación de lo clásico

El mismo año en que las hamburguesas políglotas, los viajes escatológicos de un reloj de bolsillo y la violencia con visos bíblicos hacían furor en todo el mundo llegando a conseguir una Palma de Oro en Cannes, un guionista curtido en discutibles filmes de terror (El terror no tiene formaThe Blob,1988. Chuck Russell–, la secuela de La moscaThe Fly II, 1989. Chris Walas– y la tercera parte de Pesadilla en Elm Street –Nightmare on Elm Street III, 1987. Chuck Russell–) convertía un cuento del Stephen King menos truculento en un sanísimo retorno al clasicismo. Frank Darabont, realizador asimismo de un telefilme bastante interesante que también lidiaba con el género de los gritos y los sustos (Sepultado vivo / Buried Alive, 1990), sorprendió con Cadena perpetua, la adaptación de un relato de King incluido en el volumen Las cuatro estaciones, donde también se encuentran recopilados los originales que sirvieron de base a Rob Reiner para la muy estimable Cuenta conmigo (Stand by me, 1986) y a Bryan Singer para la impresionante Verano de corrupción (Apt Pupil, 1998).

Si bien es saludable que directores como David Fincher o Paul Thomas Anderson den nuevos aires a la narración audiovisual sirviéndose de increíbles movimientos de cámara e ideas rompedoras y juguetonas, no está de más que otros directores continúen con la tradición clásica del cine norteamericano de antaño. Aunque es cierto que las nuevas generaciones parecen preferir un montaje acelerado a partir de planos brevísimos y angulados, mucha pirotecnia ruidosa, una banda sonora de altos decibelios y la enunciación de una sensibilidad absolutamente opuesta a la de generaciones anteriores en la que, entre otras constantes, predominan visiones extremas de la violencia, una total indiferencia –incluso me atrevería decir apego y regocijo– a la perversión de la carne y una aceptación irreflexiva de cualquier transgresión por el mero hecho de serlo –no me refiero a Fincher y Anderson, que repito, cuentan con mis elogios, sino a los típicos blockbusters de verano o cintas de nuevos gurús estilo Takashi Miike o Larry Clark–, hay otro público que merece también ser correspondido con cintas que desde una ética clásica demuestren que todavía se pueden explicar historias con sabor añejo aunque sin rechazar, lógicamente, pautas de la sociedad actual - de lo contrario, estaríamos apoyando el anclaje social. Y es que Cadena perpetua, espléndida historia sobre la amistad entre dos presos y superior al notable original literario, encuentra adeptos en públicos de todas las edades por su concepción elemental de narración comercial que apela a la sensibilidad del espectador; concepto común a los proyectos posteriores de Darabont como La milla verde (The Green Mile, 1999) o The Majestic (Ídem, 2001). Pero Cadena perpetua, y eso lo veremos más tarde, es otra cosa. Son palabras mayores.

Vayamos primero por los aspectos más anecdóticos para desembocar en detalles de más enjundia. Si repasamos muchas obras clásicas, nos daremos cuenta de la prontitud con la que introducían al espectador en la historia. O bien se abrían in media res, esto es, en mitad de la acción, o bien no se entretenían en presentaciones gratuitas. Y aquella virtud, casi arqueológica la encontramos restituida en Cadena perpetua. En sus primeros minutos, relativos a los títulos de crédito, se nos da cuenta del prólogo de la historia, flash-back incluido: el juicio contra Andy Dufresne (Tim Robbins) por el asesinato de su mujer y el amante de ésta, salpicado de imágenes de Andy en la noche del crimen esperando borracho con una pistola en el coche. Tras el directed by nos trasladamos a la prisión en que también se nos presentará sucintamente el otro gran protagonista de la película Red (Morgan Freeman) a quien se le niega la libertad por enésima vez.

En Cadena perpetua se da además la increíble paradoja de que, teniendo absolutamente todos los tópicos del cine carcelario mantiene la atención hasta el final, gracias a su habilidad de ir jalonando el metraje con personajes y temas secundarios que redimensionan el filme a modo de capítulos literarios. Si decía que el eje vertebrador de la obra lo constituía la amistad entre Andy y Red, no es menos cierto que el gran escenario que es la cárcel condiciona las relaciones entre los personajes, principales y secundarios, que desembocarán en temas tan interesantes como la libertad, la institucionalización, la búsqueda de un lugar propio, las relaciones de poder,...

Como todo microcosmos, la cárcel se revela como un lugar reducido pero complejo en su interior, donde los presos han de encontrar su lugar. A partir de su entrada en la prisión, no hay más mundo ni vida que ése. Y precisamente esa tarea, la de encontrar un espacio propio, se convierte en un peligroso círculo vicioso cuando llega la hora de la libertad. El ejemplo más claro es el de Brooks, interpretado por el veterano James Whitmore, reponsable de la biblioteca que amenaza con asesinar a un compañero cuando se le comunica su libertad. Cincuenta años en la cárcel, como dice Red, significan la institucionalización. El mundo exterior ha cambiado lentamente pero para quien, paradójicamente, sale del cascarón a la tercera edad, como Brooks, lo percibe como un cambio enorme y terrible.

Red también ha encontrado su lugar y conseguido el respeto de los demás presos: «si necesitas algo, recurre a Red». Y Andy, callado al principio, poco a poco, se convertirá en la admiración de los que le rodean e, incluso, será requerido por el alcaide y los guardias, a causa de su habilidad para estafar al Estado. Podemos ver cómo estos detalles configuran la construcción del héroe que va tejiendo Darabont: el primer beneficio que pide Andy a cambio de su sabiduría sobre el fraude fiscal consiste en unas botellas de cerveza para sus compañeros, con los que hasta el momento no tenía mucha comunicación. La inteligencia, la diferencia, la sonrisa del triunfo conforman un personaje central que se rige por las normas elementales del respeto. Ese acto de solidaridad para con sus nuevos amigos apela a la bondad de un hombre diferente a los demás. Donde el resto es impulsivo, él es reflexivo. Y culto: será el sustituto de Brooks en la Biblioteca y la convertirá en un gran centro de consulta para los reclusos. Parece que Andy tiene todo lo que se puede pedir en su situación: respeto, protección –recordemos el capítulo de "las hermanas"– y prestigio. Pero le falta la libertad, lo que se percibe en una de las mejores escenas de la película, perteneciente ya a una hipotética antología de imágenes geniales de la década de los 90: los presos extasiados en el patio de la cárcel por el fragmento de "Las bodas de Fígaro", de Mozart, que acaba de poner Andy después de usurpar el lugar de un guardia con problemas intestinales. Esa pequeña rebeldía le cuesta un castigo mínimo, pero no es más que un aviso de lo que puede pasar en el futuro. Y ese futuro es el joven preso que descubre la verdadera identidad del asesino de la mujer de Andy. El alcaide, desconfiado, evitará como sea cualquier intento de llevar la verdad hasta el final. No dudará en ordenar el asesinato del recién llegado.

Y ahí tenemos a Andy, culto, refinado, respetuoso, bueno, inteligente... enfrentado a la realidad perversa de un mundo de intereses. Rompe con todos sus principios y decide entrar en el juego que, indirectamente, le propone el alcaide. Bien claro se lo dice a Red: ha empezado a ser un delincuente dentro de la cárcel. Pero sigue siendo un dechado de virtudes: no le explica nada a Red sobre la fuga para no comprometerle. Y en el colmo de la perfección ha pensado también en el reencuentro con su camarada cuando éste salga de la cárcel: Zihuatanejo.

No vamos a engañarnos ni a sorprendernos: Darabont se ha convertido en uno de los grandes manipuladores del cine de Hollywood. El esquematismo maniqueísta del que hacía gala en la excelente La milla verde también está presente en Cadena perpetua, aunque a diferencia de aquella, aquí se muestra más elegante y comedido, amén de inteligente. Por un lado, juega con una serie de prejuicios asimilados por el espectador: no nos choca que el alcaide sea un bastardo rematado ni que el personaje protagonista sea casi perfecto –decimos lo del casi, porque, en realidad, sí pensó en matar a su mujer–. Por otra, el contexto agreste de una cárcel protegida por guardias violentos, comandadas por un alcaide cínico y que entre sus paredes contiene a sodomitas que se encaprichan con nuestro héroe refuerza la sensación de verosimilitud y coherencia. No hay nada que nos haga dudar de la credibilidad de las situaciones.

Pero lo más importante de la película, lo que hace de ella una verdadera joya es la sensación de estar viendo un producto reposado, que se toma su tiempo, que apuesta por una manera más tranquila y reflexiva de pensar la vida. Hay muchos grandes momentos en la película: el suicidio de Brooks, el paralelismo de Brooks y Red, la sonrisa de triunfo de Andy cuando ha conseguido las cervezas para sus compañeros, Red caminado por Buxton en busca del árbol descrito por Andy, el embelesamiento de "Las bodas de Fígaro"... Detengámonos en estas dos últimas escenas: Darabont ha conseguido la medida perfecta y fija su atención en los gestos de los actores sin importarle que sean vistos como innecesarios desde una óptica actual. Primero, Red descubriendo el secreto guardado por Andy en el campo de heno. Antes de descubrir lo que hay en la caja, levanta la mirada para ver si alguien espía. Y cuando descubre qué hay, otra vez lo mismo. Ese detalle y su repetición no sólo nos revela la inexperiencia de Red en un mundo de libertad, sino también una declaración de principios del director. La captación de ese gesto, nos dice, por insignificante que sea representa también una actitud de enfrentarse al cine y la vida: no nos hemos de perder en el marasmo del pragmatismo y la inmediatez, sino percibir también aquellos pequeños gestos que nos identifican como personas y que vienen marcados por nuestro pasado. Como también lo es el gesto de duda, primero, y reafirmación, después, de Andy cuando el alcaide le ordena que apague la música de Mozart.

Pero hay más, hay una ética representada en el protagonista que parece impregnar toda la película. Recojamos otra vez la sonrisa de Andy. Dufresne busca en la vida conceptos tan idealistas como la paz y la libertad. No entiende cómo hay gente que se opone a la consecución de estos objetivos. ¿Por qué asesinaron a su esposa? ¿Por qué el alcaide se niega a concederle una nueva oportunidad para probar su inocencia? La sonrisa de Andy en el capítulo de las cervezas, acompañada de la espléndida banda sonora de Thomas Newman, es una declaración de principios. Él sólo quiere la libertad, vivir y dejar vivir -cuando se lo impidan, entonces mostrará sus cartas.

Él será, además, quien insuflará vida a Red cuando éste salga de la cárcel. Red es igual que Brooks: lleva cuarenta años en la cárcel, se sorprende de cómo avanza su alrededor, vive en la misma habitación que vivió Brooks y trabaja donde éste trabajó... La única diferencia es Andy. Red tiene a Andy, tiene en el exterior una amistad forjada durante dieciocho años. Y sólo le separa de él unos cuantos kilómetros. Un pueblo junto al Pacífico, que no tiene memoria. El Pacífico representa para Andy, una nueva vida, un borrón y cuenta nueva. Una vida en la que por fin sentirse bien con él mismo y con el resto. Una vida que sólo tiene cabida para una persona de la etapa anterior: Red.

Es cierto que en su enunciación más básica la película puede resultar obvia. También hay quien cometió el terrible error de entenderla como una película carcelaria más. Con ese prejuicio no se permitían ellos mismos reflexionar más profundamente sobre el filme. No cometamos ese error. No dejemos que la repetición de ciertas escenas como las visitas de Red a la revisión de su condena o de ciertas fórmulas ya vistas anteriormente (el personaje tímido que acaba ganándose la confianza de todo el mundo) nos oculten la belleza de un filme impresionante, que visionado tras visionado, permite ver su mecanismo perfecto, su construcción prodigiosa, gracias a la cual, un filme tan simple en teoría, no deja de sorprendernos. Darabont guionista juega como le da la gana con el espectador sin el descaro de un Fincher. Invoca, por ejemplo, la idea del suicidio en tres ocasiones (Brooks, Red y Andy) y sólo la realiza en una; ha conseguido así la inquietud del espectador que haya conectado con esos personajes.

El filme se beneficia de las excelencias de los diálogos, algunos prestados de King y de divertidos juegos de puesta en escena y guión que salen a relucir en segundos visionados, enriqueciéndolos: el capítulo por el que se abre la Biblia donde Andy ha guardado su pequeño martillo es el Éxodo; en la celda de Andy vemos colgada la famosa foto de Einstein sacando la lengua cuando el alcaide se da cuenta de la huída; infinidad de referencias a la fuga futura y muchas posibilidades de fracaso de la misma sin que lo sepa el alcaide ni el espectador (las meras objeciones sin más por parte del alcaide a que Andy tenga carteles de actrices de la época o cuando éste tiene en sus manos la Biblia sin abrirla,...). Curiosamente, el filme rompe la línea de aglutinar todos los tópicos del subgénero: no nos revela la intención de fuga hasta que ésta se ha consumido. El enésimo acierto de una, en definitiva, obra maestra que al ser contemplada, parece acercar al espectador a eso tan difícil de conseguir como la Verdad –que nadie busque interpretaciones religiosas en este término. Cadena Perpetua como otras joyas de la década pasada tipo El camino a casa (Yi ge dou bu neng shao, 1999. Zhang Yimou) o Lo que queda del día (The Remains of the Day, 1993. James Ivory) reivindican desde el estilo y el contenido una actitud ante la vida más responsable, más reflexiva y, sobre todo, más ética.