EDUARDO MANOSTIJERAS
(Edward Scissorhands, 1990. Tim Burton)
 
Sumario
Por Alejandro Díaz
Cartel de la película
EE.UU., 1990. Director: Tim Burton. Productores: Denise Di Novi, Tim Burton. Guión: Caroline Thompson, según un argumento de Thompson y Tim Burton. Fotografía: Stefan Czapsky, en color. Música: Danny Elfman. Diseño de producción: Bo Welch. Montaje: Richard Halsey. Efectos especiales: Stan Winston. Duración: 105 minutos. Intérpretes: Johnny Depp (Edward), Winona Ryder (Kim), Dianne Wiest (Peg), Kathy Baker (Joyce), Robert Oliveri (Kevin), Vincent Price (El inventor).
 

Bailando bajo la nieve

Fue durante el período en el que Tim Burton estaba trabajando en ese anárquico homenaje a la imaginación que fue su Bitelchus (Beetlejuice, 1988) cuando contactó con la escritora Caroline Thompson para que escribiese el guión de Eduardo Manostijeras a partir de sus indicaciones. Burton explica en el siguiente fragmento (extraído del libro “Tim Burton por Tim Burton”, de Mark Salisbury) el origen de la historia: «La verdad es que la idea me surgió por un dibujo que había hecho hacía mucho tiempo. Sólo era una imagen que me gustaba. Me vino inconscientemente y estaba ligada a un personaje que quiere tocar y no puede, que es creativo y destructivo a la vez: esa clase de contradicciones puede crear una clase de ambivalencia. Estaba muy ligada a una sensación. La manifestación de esa imagen se hizo realidad y probablemente llegó a la superficie cuando era un adolescente, porque es algo muy adolescente.» Sin embargo, Eduardo Manostijeras no fue el siguiente proyecto de Burton como director, ya que la Warner Bros. le contrató para hacerse cargo de su largamente acariciada adaptación de Batman (íd., 1989). Burton no estuvo totalmente satisfecho del resultado final de la película sobre el personaje de D. C. Comics, pues no la veía suficientemente cercana a su sensibilidad, pero el arrasador éxito de taquilla del film le convirtió en uno de los directores más solicitados de Hollywood, situándole en una posición de privilegio para elegir su siguiente proyecto.

Desoyendo los consejos de la Warner, que le pedía ya que se hiciese cargo de la secuela de Batman (algo que haría poco después para poder quitarse la espina del primer film, entregando una obra tan insólita y oscura como Batman vuelve/Batman Returns, 1992), Burton se enfrascó en la realización de Eduardo manostijeras, película que él mismo produjo junto a la antigua periodista Denise Di Novi, hecho (el de debutar como productor) que aumentó considerablemente su libertad de acción como artista. Sin embargo, el camino que llevó a la película a su materialización no fue del todo sencillo. La Warner no estaba convencida de la viabilidad del proyecto, de modo que Burton buscó otro estudio que se atreviese a financiarlo, encontrando finalmente a Fox, cuyo presidente por aquel entonces era Joe Roth. De esta manera Burton pudo verse por primera vez con el suficiente poder económico y el suficiente control sobre el producto como para dar rienda suelta a sus ambiciones creativas, que si bien ya habían sido apuntadas con creces en sus películas y cortos anteriores, aquí alcanzarán su cima indiscutible, pues Eduardo Manostijeras es, tal vez, la película más radicalmente personal del director de obras de la talla de Ed Wood (íd., 1994).

La película tiene una evidente estructura circular, como corresponde a muchos cuentos de hadas, ya que el film es una historia de ese tipo que una vieja anciana comienza y finaliza de contar a su nieta en el prólogo y el epílogo de la película. El cuento narrado trata de explicar la aparición de la nieve en el lugar donde vive la anciana, y nos traslada a un castillo donde moraba un viejo inventor que ideaba máquinas para hacer galletas. Un día decidió convertir a una de esas máquinas en un ser humano, y creó entonces a Edward. Pero el anciano falleció antes de poder terminar su invención y Edward quedó incompleto, con afiladas tijeras en lugar de manos. Edward será recogido un buen día por una despistada vendedora de Avon que llama a la puerta de su castillo, y acepta irse a vivir con ella. Pero su adaptación a la cotidianeidad de la urbanización donde reside la vendedora pasará por diversos altibajos y se desvelará como imposible.

Burton pone toda la carne en el asador para esta película, y combina de modo inmejorable su extraordinario talento visual y de creación de atmósferas con el trasfondo de una historia que trata sobre la moral, o, mejor, sobre la moralidad común contrapuesta a los sentimientos personales. Todo el film está respaldando un discurso sobre aspectos morales: Desde la secuencia en la que el viejo inventor trata de enseñar a Edward cómo comportarse, al fundamental instante en el que la familia que ha adoptado a Edward trata de mostrarle cómo ha de actuar en el caso de encontrar en la calle una bolsa con dinero. De entre todas las opciones que le plantean, Edward reconoce que, si encontrase el tesoro, lo usaría para comprar cosas a sus seres queridos, en lugar de entregarlo a la policía, algo que ejemplifica claramente ese choque entre una moral libre basada en apreciaciones autónomas (prácticamente nietzschiana) y una moralidad condicionada por lugares comunes y convenciones sociales. Por otro lado, las capacidades creativas de Edward también mostrarán su reverso: Sus tijeras, con las que corta los setos a los vecinos y el pelo a los perros (y también a los vecinos), servirán asimismo para destruir sus creaciones, e, incluso, para matar al tipo que ha hecho daño a aquello que él ama profundamente (un momento definitivo para comprender la carga moral –o inmoral– del film). Pero Burton violenta siempre el maniqueísmo, pues si bien Edward asume su papel de “monstruo malo”, el director no nos muestra solitaria esta reacción, sino que se esmera durante todo el film en que comprendamos y nos identifiquemos con las motivaciones de la misma.

Edward es un personaje que no se guía, desde luego, por lo comúnmente aceptado como “bueno”, sino por su intuición. Su historia de amor imposible con Kim, la animadora hija de la vendedora, es sin duda una de las más terriblemente dolorosas y conmovedoras que ha dado el cine, ya que el personaje demuestra que es capaz de sacrificar cualquier reconocimiento social, cualquier cosa, con tal de proteger a su amada, a quien valora de modo mucho más profundo que su ordinario novio-guaperas-jugador-de-fútbol (la película podría verse como una sublimación de las teen movies, entrelazada con los mitos de Frankenstein...). Sin embargo, la intolerancia de muchos de los cotillas habitantes del cuadriculado y apastelado vecindario (extraordinariamente bien descrito por Burton) terminará forzando a Edward a huir de nuevo a las tinieblas de las que había emergido y le apartará de su objeto de deseo, aunque no logrará destruir sus capacidades creativas de modo definitivo, y él podrá seguir adelante con su arte (se dedicará a tallar el hielo, hecho que motiva que la nieve se precipite sobre todo el pueblo y que permite a Kim, ya anciana, saber que Edward sigue vivo). El pueblo aceptó a Edward de modo superficial, como una atracción de feria, como algo raro con lo que romper el aburrimiento, pero, tras usarle y aprovecharse de él, se negarán a comprenderle y terminarán persiguiéndole en multitud (es muy elocuente el personaje que, después de decirle a Edward que no deje que nadie le llame nunca inválido, termina refiriéndose a él como “el monstruo”...). El reconocimiento y la fama son algo efímero que no refleja sentimiento verdadero alguno, como queda claro finalmente.

Todos los elementos del film están perfectamente engrasados para lograr que broten las emociones en cada esquina de la pantalla. El reparto es de primer orden, y en él destacan Johnny Depp (un prodigio de expresividad casi sin hablar en todo el film) y Winona Ryder (interpretando ella aquí un personaje opuesto al de Bitelchus, y, según parece, también muy alejado de su propio pasado personal), además de los secundarios que componen el pueblecito, con la siempre excelente Dianne Wiest en cabeza, pasando por la alucinante y emotiva aparición de Vincent Price, ídolo de la infancia de Burton, como el viejo inventor. Y si a eso añadimos una magistral partitura de Danny Elfman, un inmejorable diseño de producción y de efectos especiales puestos al servicio del talento visual de Burton (capaz de dejarnos imágenes para el recuerdo, especialmente las que muestran el interior del castillo y todos los cachivaches del inventor), obtenemos un film inolvidable, una obra maestra de gran belleza estética y de enorme juego ético, un film profundo sobre el amor, sobre el deseo inalcanzable, sobre la creación, que no excluye una abstracta carga de denuncia sociológica sin descuidar el aspecto formal y emocional (de aquí podría aprender algo Ken Loach...).

Estableciendo un fácil símil con su película, parece que la situación de Tim Burton actualmente dentro de la industria americana sería similar a la de Edward cuando trataba de adaptarse a las condiciones de vida mayoritarias. Burton, que no ha tenido buen tino a la hora de escoger a sus guionistas desde Sleepy Hollow (inclusive), parece atravesar su mayor crisis como cineasta desde que llegó al mundo del cine. Parece algo perdido y desorientado, y la industria, desde luego y como siempre, no le está poniendo las cosas fáciles para que recupere su buen hacer y la personal forma de ver el cine que le caracterizó. Confiemos, llegados a este punto, en que Burton consiga encontrar el camino de vuelta a su particular castillo creativo, donde fue capaz de concebir algunas de las mejores y más originales películas que se han hecho en Hollywood en los últimos quince años. Quienes amábamos y aún amamos su cine así lo esperamos.