| EL CAMINO A CASA (Wo de fu qin mu qin, 1999. Zhang Yimou) |
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La conmovedora sencillezCuando uno mira al cine de los años 90 que en este dossier tratamos de repasar, se da cuenta que el factor común de la mayor parte de las películas realizadas en ella es el efectismo. Para atraer la atención del espectador ya no se usan apenas los sentimientos, la emoción, la curiosidad o la inteligencia. Ahora el cine usa los efectos especiales, el sexo y la violencia como medio de fascinar, excitar, asustar, apabullar y atraer la mirada del espectador. Si bien esto no es malo en sí mismo, y ha habido grandes películas en esta década y anteriores que han usado estas premisas, no es menos cierto que en la mayor parte de los casos el abuso, mala utilización y vulgarización de estas emociones, poniendo estos aspectos como fin en sí mismos y no como medios para contar una historia, han convertido al cine en un burdo espectáculo puramente sensorial de consumo rápido y más rápido olvido, resultando tan obvios y manidos que apenas causan ya ningún efecto salvo el aburrimiento. Poder ir al cine a soltar unas sanas carcajadas, aprender algo sobre otras gentes cercanas o lejanas, o poder emocionarse y llorar una y otra vez con una historia sencilla, sin aspavientos ni efectismos, que permanezca en nuestra memoria, son lujos que apenas nos permiten disfrutar. Uno de los directores que más fielmente a mantenido la tradición clásica del cine, hablándonos de sentimientos sin caer en la sensiblería, mostrándonos la dura realidad sin resultar maniqueo, revisando la historia sin ser aleccionador, y haciéndonos reír sin caer en el exceso y el ridículo, ha sido paradójicamente un director chino, aunque sea el más occidental de los cineastas orientales, Zhang Yimou. Con una filmografía ejemplar, sin ninguna mala película hasta la fecha, que se inició a finales de los 80 con el sorpresón que fue Sorgo rojo, y que se ha desarrollado en la década de los 90 a un nivel espectacular con tan sólo un par de películas no tan buenas, sin duda se ha convertido en un referente del cine comprometido no sólo socialmente, sino en sus aspectos visuales y de caracterización de personajes. Yo he elegido esta película, El camino a casa, porque quizá sea la que más claramente representa ese sentido clásico que antes comentaba, pero igual podría haber escogido Vivir, un melodrama-río de la mejor escuela clásica, Ju Dou, semilla de crisantemo o La linterna roja como propuestas mucho más arriesgadas y modernas, o Ni uno menos en representación de esa corriente cuasi-neorrealista y comprometida que han defendido varios directores en esta década. Todas ellas grandísimas películas de las que podría estar hablando y que forman parte de lo mejor de la década de los 90. El camino a casa nos cuenta una historia de amor. En eso no se diferencia de un enorme porcentaje de las películas que se han hecho en estos (y todos) los años. Pero así como no es lo mismo “El amor en los tiempos del cólera” de Gabriel García Márquez que las novelas de Corín Tellado, ni Tú y yo de Leo McCarey que las telenovelas de las 4 de la tarde, tampoco esta historia es equivalente a las películas de, por ejemplo, Meg Ryan. Para empezar no tiene nada de comedia, es bastante triste, aunque tampoco dramática. Es cierto que se llora, al menos en mi caso y el de la mayor parte de la gente que conozco, pero no se trata de grandes reencuentros románticos, desengaños, o historias más grandes que la vida. Es la vida misma la que recorre el celuloide de esta película, la vida sencilla, sin sensacionalismo ni exageraciones. Y la sencillez, calidez y verosimilitud que desprende la hace cercana. Los personajes no son héroes, gentes de grandes valores, ejemplos a imitar; son gente sencilla de pueblo, de los que pasan desapercibidos por la calle sin que nadie les mire por su belleza o personalidad. Pero tienen sentimientos que nos resultan cercanos y queridos porque nosotros, tan sencillos como ellos, también los tenemos y sabemos lo que significan, hemos experimentado las reacciones que son capaces de provocar en nosotros. Y en sus dudas, inseguridades y deseos nos vemos reflejados, porque ahí esta la emoción, lo que lo hace tan fascinante. La historia comienza en un blanco y negro un tanto forzado, quizá el único defecto aunque asumible de la película, con el retorno a casa, a un pequeño pueblo sin aparente interés, de un joven cuyo padre acaba de morir. Allí se reencuentra con su anciana y desconsolada madre, cuyo deseo es que su marido sea enterrado de la forma tradicional, llevándole a casa en procesión a pie por el camino que recorrió durante toda su vida. Pero es invierno y los caminos están cubiertos de nieve, y la mayor parte de los habitantes del pueblo y de los conocidos son ancianos, así que casi nadie está por la labor, y menos aun el joven absorbido por el stress de la ciudad. Pero entonces comienza a rememorar en un largo flash-back la maravillosa historia de amor que vivieron sus padres, la primera pareja de la región en casarse por amor. Aquí Yimou retoma el color de las grandes pasiones y desgracias, que tan maravillosos resultados le ha dado siempre y que usa con tanta maestría para envolver de calidez sus historias. Cuando la madre era poco más que una niña llegó al pueblo un nuevo maestro desde la ciudad, y entre ellos surgió un amor que la burocracia, la política y las tradiciones intentaron impedir. Ese plano de la muchacha esperando bajo la nieve el retorno del ser amado es de los más conmovedores y representativos del amor sin medida que todos desearíamos conocer. De vuelta al presente en blanco y negro, tras el recuerdo, el joven accede a los deseos de su madre. Muestra de la sensibilidad de su autor, y del cine asiático en general, en El camino a casa destaca el inconfundible aspecto visual con el que Yimou, que se inició como director de fotografía, dota a todas sus películas. Aunque la fotografía en blanco y negro no esté tan conseguida como debiera, en la parte central de la película destaca el inconfundible color de Yimou, especialmente el característico rojo con el que representa la pasión de los protagonistas de sus historias. Sus personajes femeninos, siempre de fuerte carácter indómito y luchador, y el retrato de la vida rural completan un cuadro muy característico de su autor, pero visto con más simpatía que en sus producciones más combatidas. A pesar de ello, la carga de ironía y crítica a un sistema ultraburocratizado y represor le ha traído los problemas habituales para poder sacar sus películas del país. Es sin duda Zhang Yimou uno de los autores más interesantes y con mejor nivel del panorama cinematográfico mundial. Y una prueba de que para atrapar a un espectador no hace falta recurrir a sus más primitivos instintos. Basta con contarle una buena historia, y contársela bien. No debe ser tan sencillo viendo la parafernalia en la que envuelven su basura la mayor parte de la producciones. Al fin y al cabo, el regalo es más importante que el envoltorio, y aunque este no hay que despreciarlo, sólo a los muy niños les parece al revés. |