| EL DILEMA (The Insider, 1999. Michael Mann) |
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La gran esperanza blancaSi hay un director de cine norteamericano hoy en día, dejando a un lado a los monstruos del calibre de Scorsese, el amigo Francis o Spielberg, que sepa aunar calidad cinematográfica, comercialidad e inquietudes artísticas, ese es sin ningún lugar a dudas Michael Mann. Con una breve pero intensa trayectoria, ha conseguido desbancar a cineastas mucho más publicitados y cacareados que luego no han demostrado nada más que ser directores correctos que cuando se inspiran hacen buenas películas. En el caso de Mann, discretamente ha conseguido colocar su peor película dentro de la categoría de las buenas películas, lo cual es mucho, además de ostentar un encomiable cambio de registro y temática con cada largometraje que rueda, cosa admirable que le proporciona admiradores acérrimos a la par que detractores incoherentes. El dilema, seguramente su mejor película, es su sexto largometraje. Tras el éxito de Heat (Heat, 1995), Mann volvió a embarcarse en una historia sobre la superación personal acercándonos al hecho real del caso de Jeffrey Wigand, un trabajador de una de las tabacaleras más poderosas de los estados unidos que tras ser despedido, contará en el programa 60 minutos los secretos químicos que adulteran el tabaco para crear la adicción. Wigand será amenazado por la empresa en constantes ocasiones mientras se adentra en una espiral de autodestrucción personal que acaba con su familia. La película a pesar de ello se centra en la relación que se establece entre Wigand y el productor del programa, Lowell Bergman quien le convence para que hable y que tras los duros ataques de la cadena de televisión recortando el programa por su parte y el divorcio de Wigand y su necesidad de ejercer como profesor de instituto para sacar adelante a sus hijas acercan a estos dos personajes que al finalizar la película no se muestran como ganadores, puesto que a pesar de todo los únicos que han perdido y salido más perjudicados son ellos. Sí es cierto que la tabacalera va a juicio y el programa consigue emitirse sin cortes tal y como se rodó, pero también es cierto que el precio que pagan sus personajes es demasiado alto. Mann y su coguionista Eric Roth se muestran mucho más partidarios de mostrar pedazos de sus vidas en lo que fueron esos duros momentos para abandonarlos cuando acaba esa etapa de su vida. A partir de allí lo que hicieron es cosa suya. De hecho la película no acaba con las típicas coletillas que te explican que ha sido de cada una de las personas en las que se basa el largometraje. Aquí no, Mann solamente te muestra como los principios propios de una persona se tienen que perseguir hasta el final y es tu decisión de mantenerlos aún sabiendo las consecuencias y el precio que tienes que pagar, como el cine, es una declaración. Mann tiene la suerte de rodar lo que quiere y como quiere pero paga el precio. El dilema no fue un éxito de taquilla, y Ali (Ali, 2001) tardó año y medio en estrenarse en nuestro país más las pobres recaudaciones que obtuvo. Así, Mann tras el éxito de Heat (que también es cine personal y más complejo de lo que parece como luego veremos) se encontró en el dilema moral de trasladar lo que él pensaba del mejor modo que sabía, con una película, sin conocer el final dejando aparte las posibles conjeturas que se pudiera hacer en su momento. Así mismo al final de El dilema vemos a Bergman que abandona su trabajo porque ya no cree en lo que hace y a Wigand sobreviviendo de sus clases de japonés y química en un instituto continuando en el anonimato que siempre le ha acompañado como ex-trabajador de una importante tabacalera. Es esa relación entre los personajes y sobretodo lo que significan cada uno el motor de la historia que durante dos horas y media nos mantiene en vilo adentrándonos Mann en una sociedad en la que no cree mucho dejando al descubierto trapos sucios de la cotidianeidad como son los mundos de las televisiones movidos por chanchullos y búsquedas de favores constantes o las de las tabacaleras y las amenazas del extorsionador poderoso al crecido perdedor que por no tener nada que perder llevará hasta el final sus principios. Este retrato tan descarado que hace Mann, no lo hace como crítica atroz a su país como cineasta, mostrando a los personajes como crueles ogros que manipulan a su antojo. En este caso el director se esfuerza por humanizar a todo el mundo mostrando los puntos de vista para hacer partícipe al espectador que ese mundo de trapicheos existe y que todos alguna vez nos daremos de frente con él si no tenemos que enfrentarnos o adecuarnos a él. Este es un tema que Mann ya ha explotado en otras de sus películas y que siempre le acompaña como el caso de Alí con los tribunales cuando se negó a hacer el servicio militar, o la deconstrucción de la familia de un policía cualquiera de una gran urbe como es Los Angeles en Heat. Ésta visión de la realidad y como interactúan los personajes siguiendo siempre sus principios, muy presente en las películas de Mann es lo que le otorga la intensidad necesaria convirtiendo las películas en algo más que un puro entretenimiento, que bien es cierto que algunas muy entretenidas no son, porque la media de una película suya es de dos horas y media lo que ya excluye a un gran potencial de espectadores, pero lo que hace ser tildado de pesado, ególatra y mal narrador incapaz de sintetizar. Todas estas acusaciones sin duda alguna exageradas, puesto que quizás sí Mann contenga el defecto de excederse en la duración de las películas o de complicar las tramas con centenares de personajes y localizaciones cosa que hace a veces difícil el seguir el hilo, pero que están hechas sin haber recalado en analizar con un poco de seriedad el estilo y el rigor cinematográfico que preside su filmografía. De gustos y tradición clásica, la mayor virtud de Mann reside en su rigor y fuerza narrativa. En todas sus películas a pesar de lo largas que sean jamás el ritmo ni la fuerzan abandonan el metraje, muy al contrario durante cada fotograma se nota una coherencia y una seguridad detrás de las cámaras que elevan a Mann a la figura de posiblemente el mejor realizador actual del cine anglosajón. Utiliza como nadie la cámara en mano en El dilema y se nutre de la variedad de juegos que el montaje puede aportar para subrayar una escena basándose en el más clásico sentido cinematográfico, como la secuencia del travelling circular sobre Wigand en el hotel mientras sobre la pared surge la imagen de sus hijas, los magníficos títulos de crédito iniciales donde cada crédito va desapareciendo como si del humo del tabaco se tratase o para mi gusto una de las mejores secuencias de toda la década, aquella en que Wigand y Bergman discuten tras la primera proyección del programa donde aparece mutilado. Mann da una clase magistral de cine sobre espacio y encuadres en las que separa perfectamente a los dos personajes, ya no sólo por encuadres diferenciando su estatus sino en el espacio, frente a la opresión de Wigand de la habitación de su hotel dándose cuenta que no ha servido de nada frente al espacio abierto de Bergman en la playa donde se encuentra provocando la ida y venida de ideas en su mente que le hacen tomar la decisión de abandonar la profesión. Además de eso, la magnífica música de Lisa Gerrard (Gladiator) que acompaña las idas y venidas de Wigand junto con la espléndida fotografía de Dante Spinotti acentuando mucho las sombras sobre las caras de los personajes, con primeros planos muy cerrados, agobiantes a veces saliéndose del cuadro, o los contrastes lumínicos entre los espacios cinematográficos aproximan a El dilema a la perfección. El hecho que antes de dirigir, Mann se interesara por la actuación, le ha hecho preocuparse en exceso por el reparto de sus películas. Así lo demuestra observando los actores que dan vida a sus personajes. En Heat el reparto para quitar el hipo y en El dilema sin duda alguna es lo mejor de la película. Meticuloso hasta el extremo de ser demasiado detallista en la dirección de actores, Mann volvió a contar con Al Pacino para el papel de Bergman tras su colaboración en Heat. De hecho, Pacino está espléndido como el periodista veterano al que se le cae el mundo tras muchos años en la profesión y que Pacino con una contención inusual en esta parte de su carrera (cosa que les pasa a muchos actores consagrados como De Niro o Nicholson, que acaban interpretándose a si mismos) humaniza al personaje diferenciándolo del resto de sus colegas de profesión, lo mismo que ocurre con Christopher Plummer, la estrella de "60 minutos", el presentador del programa, Michael Wallace y al que Plummer aporta el aplomo necesario para resaltar las complejas ideas que pasan por una estrella de la televisión. También repite Diane Venora tras Heat, ésta vez como la sufrida mujer de Wigand. Es una pena que esta tremenda actriz tenga tan pocos papeles en el cine porque sin duda se merece mucho más. Aunque sin duda, el gato al agua se lo lleva un impresionante Russell Crowe en la que seguramente es su mejor interpretación hasta la fecha. Con un sobrepeso considerable, unas canas que le alejan de su actual imagen de galán y un perfecto acento americano cosa algo difícil para un australiano, Crowe se hace con el peso de la película realizando una actuación que se aleja de la composición fácil de la típica víctima acosada para mostrar a un Wigand con todas sus miserias y errores que comete pero con su lado humano y su código propio de honor que le lleva a actuar pagando las consecuencias que conlleva. Seguramente El dilema no es una película redonda, pero poco le falta, y viendo lo que nos llega del otro lado del Atlántico hoy en día, es encomiable que un cineasta como Michael Mann continúe fiel a sus principios artísticos. Quien sabes, quizás dentro de diez años, deje el cine por decisión propia como Bergman, sea “despedido” y testifique contra los que le pagaban como Wigand (y como Wilder, como Welles, como Mankiewicz...) |