| EL SOL DEL MEMBRILLO (Victor Erice, 1992) |
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Sueño luminoso«Hay ciertas cosas que la realidad no te entrega si no sabes esperar.» Víctor Erice Dentro de las innumerables clasificaciones que se pueden hacer en las entrañas del cine, más aún en nuestro tiempo, tan propicio a las fragmentaciones, cabría dividir las obras que aparecen entre aquellas que implican una consciencia del contexto temporal, social, histórico, político y moral en el que están realizadas (no me refiero a que traten esos temas directamente, sino a que los tengan en cuenta de modo intrínseco), y otras que, si bien son, como todas, hijas de su época, pretenden enmascarar u obviar esta circunstancia, y se nutren, en muchas ocasiones y con diferentes intereses, de estructuras expresivas pertenecientes a épocas pasadas. El sol del membrillo es, ante todo, una película (auto)consciente y honesta, opuesta a cualquier manierismo. Lo sosegado de su discurrir, que hace que deba ser afrontada por los espectadores con tranquilidad y paciencia, es ya un mérito hoy en día, cuando el lenguaje publicitario se las arregla para contarnos historias con planteamiento, nudo y desenlace en apenas veinte segundos. Erice se atreve a ser pausado, algo que en la actualidad puede costar caro, pero que se antoja indispensable para lograr algo artísticamente interesante. Uno de los logros impagables de esta película es llevar hasta el final la demolición, lenta pero implacable, de todas las imágenes románticas y heroicas que sobre los artistas nos ha mostrado el cine, y que tan poco se ajustan a la realidad, en la que no existe esa grandilocuencia de cada pincelada que tanto gusta cuando se habla de pintores como Van Gogh (el más propicio para dar la imagen del artista como agresivo luchador implacable y el más veces llevado al cine), y sí un cúmulo de pequeñas cosas, amén de una preparación y ejecución largas e, inclusive, tediosas. Antonio López no es un ser de una casta especial, sino un señor de una cierta edad que, mediante sus ojos y sus manos, y un sencillo instrumental, trata de crear arte en el sentido real del término, no en el borroso concepto en el que ha llegado a convertirse merced a astutos malentendidos. Sería arte tal y como lo expresó recientemente el músico británico Thom Yorke: «El arte está ahí porque sirve como herramienta para combatir conflictos que no tienen solución por otras vías.» (1). Así pues, ni Antonio López, pintor protagonista de la película, ni el propio Erice se proponen en ningún caso buscar aquellas "imágenes bonitas" que tanto molestaban al director Roberto Rossellini, quien era contrario, lógicamente, al arte contemplativo, a "lo bello por lo bello". Pero, por otra parte, la película de Erice es uno de los films más radicales de los últimos años, y para ello no necesita "Dogmas", o invenciones parecidas, sino que se limita a observar con atención y ser fiel a lo que intenta filmar, exponiéndolo con mucha suavidad (las elipsis, por ejemplo, suelen ser mediante encadenados de planos, en lugar de cortes bruscos). El film no escatima nada: Podemos ver todo el proceso creativo desde la preparación del lienzo, las diferentes marcas, la paleta, los pinceles, y el resto de pequeños pero indispensables enseres que rodean al pintor, hasta la dolorosa decisión de tener que abandonar el trabajo hecho por un problema de composición que es imposible de ignorar para el autor. Pero López no opera en un taller perfumado y selecto, sino en un precario estudio situado en el centro de la ciudad, lleno de ruidos y molestias; muy poco romántico, en suma. Erice respeta toda la geografía del lugar, salvo en una secuencia concreta, con la que muestra cómo se apagan las luces en Torrespaña, desde donde emite Televisión Española. No parece gratuito este detalle. Como ha demostrado desde su primer film, Erice siempre ha sido un hombre preocupado por la presencia de las imágenes en la vida de los humanos, y el diferente status que éstas ocupan ahora, comparado con el que tuvieron en el resto de la Historia (2). Del mismo modo, y por su parte, el membrillero es mostrado en su doble faceta: Como modelo del artista, y como simple árbol que da frutos (que unos albañiles polacos que aparecen en el filme terminarán comiendo). Se tiene también en cuenta el hecho de que la pintura es un arte muy antiguo, mucho más que el cine, y la figura del pintor aparece entonces como fuera de su época, de su contexto original –en un mundo en el que la fotografía y el universo multimedia en general puede vampirizar, manipular y sintetizar en cierto sentido la realidad, llenándolo de imágenes de todo tipo–, imponiéndose la sencillez, la persistencia y el aislamiento como únicas alternativas válidas para tratar de continuar pintando, teniendo en cuenta el pasado de ese oficio. El verdadero heroísmo del artista está ahí, a la vista de todos, en mitad del caos de la ajetreada vida moderna, infernal para quienes luchan por alumbrar sus ideas personales, en un escenario resquebrajado que no da la seguridad que daba, por ejemplo, la sociedad del Renacimiento a sus artistas. Y luego está uno de los elementos más importantes: la aceptación del fracaso artístico (relativo, siempre relativo) como algo cotidiano y natural. López se ve incapaz de pintar el cuadro, y tiene que renunciar a ello. El modo en que se visualiza esto no puede ser menos retórico y, así, López comunica esta imposibilidad con total normalidad, en un diálogo con las gentes que le rodean. La vida del artista está, por tanto, llena de proyectos que resultará imposible terminar, y también de otros que ni tan siquiera llegan a comenzarse, y permanecen en su mente, en ese estado de pura posibilidad, de lo nonato, que tanto agradaba al pensador rumano E. M. Cioran. Desde una perspectiva filosófica, la historia del pintor contenida en El sol del membrillo es un brillante ejemplo de aplicación de la dialéctica platónica, y concretamente de su último y más importante paso, según el cual, una vez que se ha alcanzado el conocimiento en grado sumo, hay que volver al mundo de los sentidos para aplicarle esa nueva visión, pues todo se presentará entonces de modo diferente a como lo hacía en un principio. La película describe el intento de un artista por llevar a la práctica, en cierto modo, un viejo sueño infantil. Desde una perspectiva ya totalmente adulta, se trata de un camino de vuelta, de incidir en aquello que nos sorprendió en un principio de nuestro caminar vital, pero con la mirada adquirida tras el entendimiento profundo de la realidad. En otras palabras, no se trata de renunciar a las sensaciones primarias, sino de, a partir de ellas, intentar llegar a un nivel de percepción de la realidad tal que nos permita volver a esas sensaciones iniciales con la capacidad de comprenderlas en su plenitud. Así pues, el método dialéctico de Platón demuestra su carácter netamente práctico, no se detiene en la contemplación (como Aristóteles), sino que debe ser aplicado a la realidad de la que parte y a la cual vuelve, incesante. En un clarividente texto sobre El sol del membrillo, Carlos Losilla comentaba, con su lucidez habitual, que este filme pertenece a cierta tradición del cine español que evidencia un complejo de Peter Pan (3), y que incluiría el cine del propio Víctor Erice. Efectivamente, Antonio López relata, en los últimos fulgores del film, un sueño dentro del cual evoca la presencia de los árboles membrilleros, que le marcó en su infancia. El pintor (el artista) es, como ya se ha dicho, una persona que busca mantener lo que le era propio, pese al tiempo transcurrido. Pero hay más: Víctor Erice, a su vez, representa igual papel, en su caso, dentro del arte cinematográfico (4). Como todos los artistas que tratan de avanzar en el lenguaje de este medio, Erice dispone también de un pequeño taller en el que imbricar sus atípicas producciones, y para lograr sacarla adelante necesita que todo su tiempo no tenga que ser necesariamente productivo, y debe permitirse el lujo de trabajar durante períodos prolongados para encontrar lo que busca, lo que no podría hacer de hallarse sometido a las restricciones de un rodaje estándar. Tiene también claro que el cine, con su iluminación artificial, siempre interfiere aquello sobre lo que se vuelca. Por eso incluye la propia cámara cinematográfica dentro de la película, y también esos momentos en los que los focos iluminan a los frutos caídos del membrillero, que empiezan a pudrirse (momento en el que se sincera definitivamente con el espectador). Y, por último, y al igual que López, Erice ha tenido que renunciar hace muy poco al que iba a ser su cuarto film (ya se ha comentado en alguna ocasión, pero nunca se habrá insistido lo suficiente en semejante tropelía), después de mucho tiempo de preparación, y lo ha hecho sin aspavientos, con total racionalidad, aunque, a diferencia de lo que le ocurrió al pintor, la causante de dicha renuncia no haya sido precisamente la mala suerte. (1) Entrevista publicada en El País, Suplemento
Tentaciones, 22.9.2000. Cito al cantante de Radiohead por parecerme este
grupo un inmejorable ejemplo de artistas contemporáneos con personalidad
propia y fidelidad inquebrantable a unos ideales. |