LA VIDA SOÑADA DE LOS ÁNGELES
(La Vie Revée des Anges, 1998. Erick Zonca)
 
Sumario
Por Jorge-Mauro de Pedro
Cartel de la película
Francia , 1998. Director: Erick Zonca. Productor: François Marquis y Michel Saint-Jean. Guión: Erick Zonca, Roger Bohbot. Fotografía: Agnès Godard y Dominique Le Rigoleur. Música: Yann Tiersen. Montaje: Yannick Kergoat. Intérpretes: Élodie Bouchez (Isabelle 'Isa 'Tostin), Natacha Régnier (Marie Thomas), Grégoire Colin (Chriss), Patrick Mercado (Charly), Jo Prestia (Fredo), Francine Massenhave (La gardienne).
 

Una cierta mirada sobre el cine francés

Lo cotidiano ha sido desde siempre un tema muy querido por el cine francés. Estos retratos pretendidamente costumbristas de lo diario, de lo próximo, le ha dotado de unas señas de identidad fácilmente reconocibles... incluso demandadas por el nutrido pelotón de espectadores que se ha ido granjeando con el tiempo.

También –cierto es– ha servido como excusa fácil por parte de una inmensa mayoría que al calificar una historia como "la típica gilipollez gabacha" empareja sus prejuicios con otros de carácter extranacional ("¡bah, una americanada!") o local ("qué te voy a contar… otra españolada"). Ojo… aunque a veces no les falte razón.

Porque la tendencia realista en el cine francés (un cine que también ha dado nombres como Méliès o Feuillade, verdaderos ilusionistas poco o nada interesados en el aquí y ahora) ha llevado, quizás, a una repetición, a una redundancia temática que puede llegar a agotar al más paciente y bienintencionado de los espectadores. Estamos un poquito hartos, pues, de ver retratada a esa burguesía sin ningún extraño encanto y que se caracteriza por debates de sobremesa –buenos quesos regados con mejor vino– sobre el pensamiento de Pascal, el marxismo, Pompidour, Malraux… esa intelectualización de la nada que tanto parece gustar a los directores franchutes. Miradas perdidas, existencialismo de cajón, bellas mujeres con caída de pestañas a cámara lenta y sesudos tipos que leen filosofía hasta en el mingitorio.

Con la debida precaución –tan estúpido es desacreditar al completo una industria cinematográfica como alabarla sin peros–, el cine francés se iguala al mejor Zola cuando hace del naturalismo su bandera. Pienso en el maestro, por supuesto –Renoir– pero también en el Becker de París, bajos fondos (Casque d'Or, 1952), el Guédiguian de Marius y Janeatte (Marius et Jeannette, 1997), el Tavernier de Hoy empieza todo (Ça Commence Aujourd'hui, 1999), el Téchiné de Los juncos salvajes (Les Roseaux Sauvages, 1994)… el mejor Truffauft, todo Rohmer, algo de Carné...

…o el Zonca de La vida soñada de los ángeles. Una película en la que el efecto Amelie se repite, esta vez en la sonrisa sin pervertir de Isabelle. Ella y su compañera Marie –demasiado aficionada a liarse con tipos poco recomendables– representan dos formas contrapuestas de afrontar la vida: la alegría y el optimismo más allá de toda lógica de la una y el desespero -rayando en el desequilibrio mental- de la otra.

La paradoja es que sean amigas, que se quieran, que convivan en una imperfecta armonía. Deslizándose hacia una cierta marginalidad social propiciada por sus escasos ingresos -los contratos basura y la explotación laboral parecen haberse convertido en los estandartes de la vieja Europa-, estas dos mujeres comparten camaradería, amores, alguna pasión y algo de hambre en un relato que dota de pleno significado al adjetivo "agridulce", aplicable al devenir del 99% de la humanidad.

Zonca no se regodea en los detalles más sórdidos -tampoco hay tantos, bien mirado- sino que cuenta la historia a través de las miradas de sus personajes (esa dualidad ingenuidad-desencanto), quedando estos perfectamente definidos por sus acciones y silencios. Lo que les pasa resulta verosímil, porque el director no nos ha escatimado detalles; muy al contrario: los gestos aparentemente menos importantes, las actitudes más extravagantes, las respuestas más tajantes, el rostro duro y progresivamente amargado de Marie… existe una causa eficiente en todo lo que hacen, dicen, callan, gritan o ansían. No les quedan muchas más posibilidades que ser como son.

Eso no quita que no haya espacio para las sorpresas… incluso para las dolorosas. Porque La vida soñada… cuenta con un final sorprendente por lo conciso, por su endiablada lógica interna, por su crudeza.

La pareja protagonista –Élodie Bouchez y Natacha Régnier: pletóricas, estratosféricas, magníficas– se llevó al alimón el premio a la mejor interpretación femenina en el festival de Cannes 98, al estilo Landa-Rabal en Los santos inocentes (por cierto, una película que uno desearía hubiese marcado "una cierta tendencia" en el cine de acá).

Zonca es una sólida promesa en una cinematografía demasiado acostumbrada a bluffs y caídas en desgracia (el comercial Besson, más interesado en producir sagas de taxistas practicantes del tunning, el Kassovitz de El odio (La Haine, 1995), reconvertido en director de (malos) thrillers a la americana o el adoptado Gaspar Noé, descerebrado niño malo amante de lo bizarro), demostrando en su segundo, poco visto e interesantísimo film (El pequeño ladrón (Le Petit Voleur, 1999)) que no iba de farol… con todo, no lancemos las campanas al vuelo. ¡Es tan contagiosa la banalidad!

Sea como fuere, el panorama de los 90 quedaría incompleto sin películas como la presente, de apariencia sencilla y propósito humilde pero con una desacostumbrada complejidad en lo relativo a la construcción de sus personajes. Una vuelta de tuerca más a la realidad, una "tercera vía" cinematográfica donde el 'qué' se cuenta lo es todo. Porque el 'cómo' siempre hay tiempo para aprenderlo.