LA LISTA DE SCHINDLER
(Schindler's List, 1993. Steven Spielberg)
 
Sumario
Por María Villalva
Cartel de la película
EE.UU., 1993. Director: Steven Spielberg. Productores: Branko Lustig, Gerald R. Molen y Steven Spielberg. Producción: Amblin Entertainment, Universal Pictures. Guión: Steven Zaillian basado en la novela de Thomas Keneally. Fotografía: Janusz Kaminski, en b/n. Música: John Williams. Diseño de producción: Allan Starski. Dirección artística: Ewa Skoczkowska y Maciej Walczak. Montaje: Michael Kahn. Duración: 197 minutos. Intérpretes: Liam Neeson (Oskar Schindler), Ben Kingsley (Itzhak Stern), Ralph Fiennes (Amon Goeth), Caroline Goodall (Emilie Schindler), Jonathan Sagall (Poldek Pfefferberg).
 

Documentos del holocausto

En blanco y negro rodó Spielberg esta película, con la buscada elegancia que la convertiría en la “gran obra seria” del director, y que le permitiría verse al fin premiado por la Academia. Spielberg reproducía con tintas retro los lugares del horror nazi, y los recorría con su modo de hacer característico, dosificando hábilmente los momentos en que tocaba la fibra sensible del espectador. Años atrás, Billy Wilder quiso rodar la adaptación de la novela de Thomas Keneally, pero Spielberg ya había comprado los derechos. Sin duda el resultado hubiera sido muy diferente.

Narrar el holocausto nazi a través del personaje ambiguo del empresario Oskar Schindler (Liam Neeson) es el gran acierto de una cinta que, en otros aspectos, poco aporta a la filmografía anterior sobre el tema. Por alguna extraña razón, Spielberg no logra hacernos cercanos a los personajes, y la tensión que crea en algunos momentos se parece demasiado a la de sus películas de aventuras. Quizá debido a que el director ha cuidado más la estética, la visualidad de los fotogramas que el calado de sus personajes, no logra comunicarnos el interior de ninguno de ellos; nos resulta completamente inverosímil la repentina explosión de sentimientos del empresario Schindler, pues ignoramos por completo la personalidad de aquel a quien vemos, en breves fotogramas, elevarse a salvador de los judíos del gueto de Cracovia, digno de figurar en la avenida de los justos.

En lo que a la composición de los personajes se refiere, recuérdese –y eso que las comparaciones son odiosas– El tren (The Train, 1964. John Frankenheimer), que narra una historia que se desarrolla durante la última fase de la ocupación nazi. Aquí la presencia de numerosos secundarios no impide que todos estén magistralmente descritos en pocos rasgos, sin que sea necesario añadir nada más; un ejemplo claro, por su paralelismo con las víctimas del nazismo de la película de Spielberg es el del final del anciano maquinista. Esta película está en las antípodas del maniqueísmo de La lista de Schindler, del mismo modo que la más reciente Amén (Amen, 2001, Costa-Gavras).

En La lista de Schindler, Spielberg nos hace interesante el tema del nazismo del único modo que sabe, la combinación de tensión y sensiblería, una trampa en la que todos caemos. En lo primero tiene un papel fundamental el oficial nazi Amon Goeth (Ralph Fiennes), sin duda uno de los personajes más rematadamente maléficos de la historia del cine; sin embargo, se echa de menos en él algún rasgo de humanidad que nos lo hiciera más creíble y que nos diera alguna pista acerca de sus motivaciones. En cualquier caso, el error de Spielberg estriba en no ahondar en los mecanismos que llevan al nazi a su conducta nazi. No estaría de más que el tipo de personaje que compone Amon Goeth se hubiera perfilado en la línea de lo que está a punto de lograrse en el francotirador nazi de Enemigo a las puertas (Enemy at the Gates, 2001, Jean-Jacques Annaud), si no fuera porque los desastrosos momentos finales de éste último dan al traste con todo.

Tampoco estaría de más que pudiéramos conocer algo más –siempre dentro de la ambigüedad, si se quiere– acerca de los entresijos de Schindler y de lo que lo conduce a reaccionar del modo en que lo hace. Porque si el interior del personaje queda en blanco para el espectador, a éste sólo le queda una bonita partitura acompañando un cúmulo de escenas que contribuyen a mantener o a relajar su tensión, en una acción sólo dominada por el miedo. Por el miedo simplemente. Spielberg no logra ir más allá, y en su película no están ni la desolación, ni la angustia que debieron de sentir sus protagonistas, ni la que experimenta el espectador ante los hechos, ni sombra de la angustia que llevó a Messiaen, prisionero en un campo de concentración, a componer su “Cuarteto para el final de los tiempos”.