| LOS AMANTES DEL CÍRCULO
POLAR (Julio Medem, 1999) |
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Con la mirada fascinadaSi durante los años 60 y siguientes se puso de moda el llamado “cine de autor”, corriente a la que adscribían la mayor parte de los directores que no pertenecían a las nóminas de los grandes estudios o no hacían cine bien considerado por las autoridades financiadoras de cada país, podemos decir que este tipo de cine hoy ya no existe. Ahora se trata más bien de “cines de autores”, o mejor, “cine personal”. Hoy no hay ya escuelas de cine o corrientes de pensamiento a las que se adscriban grandes grupos de autores, a pesar de algunos intentos de dudosa legitimidad, en el sentido de resultar más bien estrategias comerciales que verdaderas propuestas artísticas, como el famoso dogma 95 o el mal llamado cine social. Ahora nos referimos a las películas que vemos más bien con conceptos parecidos a “estilo Egoyan” o “Almodovariana” entre otros. Y es que autores como los nombrados, u otros como los hermanos Coen, David Lynch, Lars von Trier, SHohei Imamura, John Sayles, Jim Jarmuch, Takeshi Kitano, Zhang Yimou, Abbas Kiarostami, Ken Loach, David Cronenberg, Aki Kaurismaki, Eric Rohmer y otros muchos tienen estilos y universos creativos propios alejados entre sí y del cine convencional, ya sea el de los grandes estudios cinematográficos o de las cinematografías típicas de cada país. Cada uno de estos autores tiene un público propio que conoce y comparte su sensibilidad, esperando con pasión cada una de sus películas, y detractores que descartan sus películas porque conocen las pautas de su cine y saben que no casa con su sensibilidad, aunque a pesar de ello les defiendan por lo arriesgado y coherente de su apuesta personal. En España, aparte del mencionado Almodóvar, el gran ejemplo de este tipo moderno de autor es sin duda Julio Medem. El más personal de los autores europeos, poético y apasionado hasta el éxtasis, cuya obra se podría identificar con la poesía romántica por ejemplo de Bécquer, posee un mundo más onírico que sensorial, pues no es a nuestros sentidos hacia donde va dirigido sino a nuestra sensibilidad, que transforma sus imágenes directamente en sensaciones en el cerebro de un espectador incapaz de apartar la mirada de una pantalla que le fascina y asusta por la capacidad de sugestión y compromiso que adquiere con la película. En mi caso, viendo por ejemplo esta película, comencé a llorar cuando se apagó la pantalla y se encendieron las luces de la sala, como si me hubieran arrancado un nuevo y maravilloso cerebro capaz de proporcionarme las más intensas y placenteras sensaciones. Y no es sólo por la historia que nos cuenta; más bien esto es lo de menos, quizá lo más flojo de la película. Es por el aspecto audiovisual que la envuelve, tan solo comparable al que imprimen Atom Egoyan o David Lynch, en el que combina magistralmente una música de Alberto Iglesias relajante, hipnótica, envolvente, muy parecida por ejemplo a la de Urga de Mihalkov, que te hace bajar la guardia y estar más receptivo a, por ejemplo la sublime belleza de una fotografía de Gonzalo F. Berridi suave y brillante, un montaje sutil y cadencioso, con unas transiciones fascinantes, que junto a una puesta en imágenes que conduce tu mirada hasta los puntos de vista más hermosos, los que estás esperando, los que te piden tus ojos, la convierten en la más impactante, sobrecogedora y placentera experiencia que se pueda tener en una sala de cine. Y no estoy hablando sólo de Los amantes de círculo polar. Esto vale también para el resto de sus películas, especialmente Tierra, haciendo que su escasa filmografía de 5 películas sea uno de los más potentes alucinógenos que puedan afectar a nuestros sentidos. La película tiene una estructura circular, no sólo porque termina y comienza casi en el mismo punto, sino porque con frecuencia volvemos a las mismas situaciones, que se nos van presentando desde los diferentes puntos de vista de la pareja protagonista. Al comienzo de la película ambos son adultos, y están a punto de reencontrarse en el Círculo Polar, en Finlandia, después de una larga separación. Nos van contando cada uno desde su propia visión de los hechos cómo se conocieron siendo niños, cuando ambos corrían por un pinar cada uno con un motivo diferente, y cómo su destino quedó unido para siempre. Al poco de conocerse, el padre de Otto, divorciado, y la madre de Ana, viuda, comienzan a tener una relación que acaba en matrimonio. Ellos pasan a ser por tanto hermanastros, pero aunque se adoran no se atreven a mostrar sus sentimientos, tratándose mutuamente con frialdad, y sus padres creen que no se llevan bien. Cuando crecen y llega la adolescencia empiezan a amarse a escondidas, pero tras la muerte de la madre de Otto este sufre un shock, se marcha y ambos se separan, pero siempre con la esperanza de volver a reencontrarse. Y en las diferentes etapas cada uno nos cuenta su a veces opuesta visión de los hechos, separando por cortinillas el turno de cada uno, que siendo quizá innecesarias se hacen sumamente sugerentes gracias al gran sentido de la oportunidad y de la estética con el que son introducidas. Algunas secuencias memorables como aquella en el que Otto tiene un accidente en la nieve y cuando Ana le busca está a punto de ser golpeada por el trineo que cae de un árbol, la primera vez que hacen el amor, o cuando se cruzan en la plaza mayor de Madrid y se sientan en la misma terraza sin verse, o el final nada complaciente, quedan grabadas en la memoria de quien las ve, siendo rememoradas una y otra vez hasta conformar una de las experiencias más gratificantes de la vida. La belleza que desprende cada momento de la película, el amor apasionado, arrebatado, irracional entre los protagonistas, la sublime belleza de los paisajes y las transiciones, en fin, la fascinación hipnótica que arrastra al espectador, producen tal impacto que hacen que la película sea inolvidable, y que el hecho de que tenga un final sea una tragedia mayor que la que pueda narrar ninguna película. No se puede, yo no puedo, tratar esta película con mi habitual sentido de la racionalidad, ni analizar fríamente desde fuera algo que me afecta tan profundamente, y por eso pido disculpas al lector por este absurdo arrebato de lirismo y sentimentalismo barato. Al igual que los ojos de Ana en el último plano de la película, estoy clavado en el infinito que es esta película y no soy capaz de comprender cómo ni por qué he llegado hasta este punto. Y una última advertencia. Intenta por todos los
medios no ver esta película en la televisión. Ve a verla
a las filmotecas, o proyecta el DVD en una pantalla grande. Y acércate
lo más posible a la pantalla, porque eso te ayudará a meterte
dentro de la historia, a que toda tu mirada se vea envuelta por la imagen,
porque esta película es cine que se ve con el corazón, y
las sensaciones se disfrutan más desde el interior. Y si aun así
no te gusta, sigue buscando, porque en algún sitio hay alguien
que comparte tu sensibilidad y es capaz de hacerte sentir lo que esta
película me ha hecho sentir a mí. Esa búsqueda es
la que nos mueve a todos los que disfrutamos con este arte, y si insistes
puede llevarte a descubrir emociones que no te esperarías, y con
ello, a conocerte a ti mismo. Lo mejor que puedo desear a alguien querido
es que alguna vez encuentre algo que le haga disfrutar tanto como esta
película me hizo disfrutar a mí. |