MARIUS Y JEANNETTE
(Marius et Jeannette, 1997. Robert Guédiguian)
 
Sumario
Por Javier Castro
Cartel de la película
Francia 1997. Dirección: Robert Guédiguian. Producción: Robert Guédiguian, Gilles Sandoz. Guión: Robert Guédiguian, Jean-Louis Millesi. Fotografía: Bernard Cavalié, en color. Música: V.V.A.A. Montaje: Lyde Ferran, Valérie Meffre, Bernard Sasia. Intérpretes: Ariane Ascaride (Jeannette), Gérard Meylan (Marius), Pascale Roberts (Caroline), Jacques Boudet (Justin), Frédérique Bonal (Monique), Jean-Pierre Darrousin (Dédé), Laetitia Pesenti (Magali).
 

El compromiso constructivo

«Maldigo la poesía concebida como un lujo cultural por los neutrales
que, lavándose las manos, se desentienden y evaden. Maldigo la poesía de quien no toma partido hasta mancharse
» (1)

No es que yo comparta plenamente esta afirmación, pero considero fundamental la existencia de un arte militante, y mucho más si ese arte es el cine, que es el arte que más llega a la gente del siglo pasado y lo que va de este, en el que ha sustituido en popularidad e influencia a la literatura. Además, no he acudido a esta cita erudito-pedante para aplicármela a mí.

Desde luego el "cine militante" ha existido desde sus orígenes, y ya se puede ver en Intolerancia (Intolerance, 1916) de D.W. Griffith, Metrópolis (Metropolis, 1927) de Fritz Lang o en Las uvas de la ira (The grapes of wrath, 1940), de John Ford, por citar sólo algunas de las más importantes obras de la historia del cine. Pero en los últimos tiempos han surgido algunas figuras que, sobre todo en Europa, han hecho de él su razón de ser, en especial en Inglaterra (Ken Loach entre otros), y Francia, con gente como Erick Zonca (La vida soñada de los ángeles / La vie rêvée des anges, 1998, El pequeño ladrón / Le petit vouleur, 1999), algunas de Bertrand Tavernier, (como Hoy empieza todo / Ça commence ajourd d'hui, 1998) y sobre todo el que ahora nos ocupa, Robert Guédiguian, especialmente conocido por la que nos ocupa, Marius y Jeannette, o la dura y conmovedora La ciudad está tranquila (La ville est tranquile, 2000).

También, es preciso reconocerlo, los hay en USA, como por ejemplo Tim Robbins, pero allí son capaces de llamar cine militante a algunas obras del odiosamente genial como director, pero manipulador, maniqueo y patriotero Steven Spielberg, cuyas visiones de la historia, siendo parciales (en los dos sentidos) y simplistas, tienen una capacidad de seducción tan grande que son capaces de hacer creer como absoluta verdad lo que sólo es un punto de vista, y falsear así la memoria histórica creando opinión en las generaciones futuras, para las cuales la verdad serán sus películas y la verdadera historia no existirá (o si no, ya verán como dentro de 30 años pasará con sus películas como ahora con El Cid / Ídem, 1961, que pocos conocen la verdadera obra y algunos la confunden con la de la película de Anthony Mann, que no se parece casi nada al cantar). Tenía que decirlo. Prosigamos.

Hay dos formas de hacer cine militante. La más usada es la forma "destructiva", que consiste en denunciar las cosas que están mal he intentar con ello que el público reaccione para cambiarlas. A esta tendencia se apunta la práctica totalidad del cine con mensaje (sí, sí, yo aun creo en estas cosas; dejadme seguir en mi inocencia).

Pero también se puede hacer de otra manera: mostrando las cosas como podrían, o deberían, ser. Este es el estilo habitual (que no el único) de este marsellés hijo de padre armenio y madre alemana criado en la ciudad europea con mayor mestizaje, paradójicamente el feudo inexpugnable del execrable Le Pen, y que no se separa de su tribu de colaboradores habituales con los que repite en todas sus películas con mínimas variaciones. Muchos de ellos eran amigos de la infancia que entraron en lo del cine por él, como su director de producción o el actor principal de la mayoría de sus películas, Gérard Meylan (que por cierto, cuando no hace películas con Guédiguian, trabaja de enfermero en el turno de noche de un hospital de Marsella...), y otros los conoció cuando fue a París por mediación de su esposa, Ariane Ascaride, la extraordinaria protagonista de todas sus películas. Para más localismo, sólo una de sus películas no está ambientada en el presente y en casi ninguna se aleja más de cuatro pasos del barrio marsellés de L'Estaque (en algunas ni eso), el barrio donde pasó su infancia, y cuya imagen en sus películas reconoce que no se parece gran cosa a la realidad (barrio obrero, marginal, con paro, droga, inmigración ilegal y mucho Frente Nacional).

Muchas de sus películas, como El dinero da la felicidad (L'argent fait le bonheur, 1992) y la que nos ocupa, Marius y Jeannette, están ideadas como cuentos o fábulas optimistas, en las que se puede ver la evolución de los mismos personajes a través del tiempo, o puestos en diferentes situaciones, pero interpretando prácticamente los mismos personajes (recuerda un poco al experimento de François Truffaut con Jean Pierre Leaud-Antoine Doinel en muchas de sus películas, desde el adolescente de Los 400 golpes / Les quatre-cents coups, 1959, pasando por La noche americana / La nuit americaine, 1973 o Domicilio conyugal / Domicile conjugal, 1970, pero Guédiguian cambia los nombres). Gusta además de abarcar siempre varias generaciones, con un especial cariño por las mujeres y la infancia, y es difícil encontrar personajes desagradables en sus películas. Este optimismo sobre sus personajes no le impide ver el drama que los rodea, que retrata con sinceridad y simpatía. Desde luego, no renuncia al drama cuando es necesario, y de hecho en sus primeros títulos el personaje interpretado por Gérard Meylan moría en casi todos. En ese sentido su cine evolucionó desde una perspectiva más negativa en sus inocentes primeras películas (de escaso o nulo éxito, fallidamente trascendentes) hacia una visión menos acaparadora en cuanto a objetivos (que no personajes) pero más sincera y reflexiva, aunque en dos de sus últimas obras, La ciudad está tranquila y Marie-Jo y sus dos amores (Marie-jo et ses 2 amours, 2002) a retornado al cine de sus inicios aunque con mucho mejores resultados, al menos en la primera de las dos, y en la primera parte de la segunda. Por supuesto, sin abandonar un cierto didactismo (lo digo en sentido positivo) en sus películas optimistas y cierto aire trascendente en las negativas.

Marius y Jeannette recoge todas las características comentadas del cine "positivo" de su realizador. Fue un éxito internacional tan merecido como inesperado. Un "Cuento de L'Estaque" como reza el subtítulo que debe ser visto como un sueño de lo que podría ser, y para nada como una descripción de la realidad. Llena de frases memorables, de pretensión no tanto moralizante como reivindicadora de unos valores tan sencillos e importantes como la amistad, la solidaridad y la inocencia, emociona y cautiva, haciendo mantener una continua sonrisa que continúa hasta mucho después de haberla visto. Marius es vigilante en una cementera abandonada. Jeannette trabaja en un supermercado, y tiene dos hijos de dos relaciones anteriores. Se conocen cuando ella va a "aprovechar" unos botes de pintura abandonados en la fábrica, y tras un mal comienzo él consigue que ella le deje ir a ayudarla. Allí conocerá a los vecinos de Jeannette, un votante arrepentido del frente nacional, su mujer que no se lo perdona, una antigua prisionera en un campo de concentración, un profesor con una encantadora filosofía, etc..., que forman una galería de secundarios arquetípicos pero ricos y entrañables como los personajes de los cuentos infantiles. Comienza una relación entre ellos que si bien parece destinada al éxito, sufre algunos vaivenes debidos al difícil pasado de Marius. Una delicia de aspecto sencillo pero con un fondo rico y complejo, que conquista el corazón del espectador y le hace ver la vida con mejores ojos. Al menos hasta que acaba la película y llega la hora de salir a la calle.

(1) "La poesía es un arma cargada de futuro", de Gabriel Celaya. Cantos Íberos, 1955