MUERTE ENTRE LAS FLORES
(Miller's Crossing, 1990. Joel y Ethan Coen)
 
Sumario
Por J.A. Souto Pacheco
Cartel de la película
EE.UU., 1990. Director: Joel Coen. Productor: Ethan Coen. Guión: Joel y Ethan Coen. Fotografía: Barry Sonnefeld, en color DuArt. Música: Carter Burwell. Diseño de producción: Dennis Gasner. Dirección artística: Leslie McDonald. Montaje: Michael R. Miller. Duración: 114 minutos. Intérpretes: Gabriel Byrne (Tom Reagan), Marcia Gay Harden (Verna), John Turturro (Bernie Bernbaum), Jon Polito (Johnny Caspar), Albert Finney (Leo), J.E. Freeman (Eddie Dane), Mike Starr (Frankie), Al Mancini (Tic-Tac), Steve Buscemi (Mink).
 

El cine negro... es una cuestión de ética

Tras sus dos primeros films, Sangre fácil y Arizona baby, el estreno de Muerte entre las flores supuso el espaldarazo definitivo para los hermanos Coen, aunque en los Estados Unidos fue flanco de críticas negativas (no así en Europa). A partir de Muerte entre las flores, los Coen fueron considerados de otro modo, ganaron un status que catorce años más tarde no sólo no han perdido sino que han ido aumentando conforme lo hacía su filmografía.

El tono irreal, casi fantástico, que rezuma la película viene dado desde su misma concepción ya que los Coen la plantearon a partir de unas premisas tan sugerentes como poco precisas. Imágenes difusas como hombres enormes con abrigos en un bosque, gángsters de ciudad en bosques muy poblados... fueron la débil génesis de la historia que los Coen pretendían narrar. Tenían una idea de qué personajes debían pulular por la historia y del género antes de decidir cuál iba a ser la intriga. Con estas piezas acabaron confeccionando un complejo puzzle en el que como los propios hermanos Coen explicaban a la revista Dirigido Por en febrero de 1992, «Lo que ocurría en Muerte entre las flores era tan complicado que incluso nosotros, que éramos los que escribíamos el guión, nos perdimos en algunas ocasiones». Acabaron desarrollando una alambicada historia (minuciosa y perfecto) de enfrentamientos mafiosos donde la venganza, la corrupción, el poder y la amistad iban cogidos de la mano.

La fuente de inspiración, no reconocida por los Coen, fue La llave de cristal de Dashiell Hammet, así como las películas de gángsters de los años treinta y el cine negro de los cuarenta. Sobre la película también planea la sombra de realizador francés Jean-Pierre Melville, con ese carácter seco de sus films noirs. La trama gira en torno a Tom Reagan (Gabriel Byrne), un tipo duro y calculador que nos guía en una historia que discurre en una ciudad desconocida (la película fue rodada en Nueva Orleáns) y que nos presenta a un capo irlandes, Leo (Albert Finney) muy unido a Tom y que controla todos los resortes de la ciudad. La debilidad de Leo, y el punto a partir del cuál se desencadenan todos los acontecimientos, tiene un nombre: Vera (Marcia Gray Hayden), la amante con la que desea casarse. Su hermano Bernie (John Turturro) es buscado por Caspar (Josn Polito) y será el motivo por el cuál se desencadenará una sangrienta guerra entre mafias.

Los personajes que pueblan la película son arquetípicos pero están llenos de contradicciones. No son personajes de una pieza. Ninguno de ellos es positivo o negativo al cien por cien. El más enigmático de todos es, sin duda, el interpretado por Gabriel Byrne. Buena parte del peso de la película recae sobre él y buena culpa de la complejidad de la historia se desprende de la caracterización del personaje. Personaje individualista y escéptico, todos bailan a su compás (incluido el espectador), siéndoles imposible escapar de su taciturna mirada.

La sofisticada puesta en escena de la película es deudora de la puntillosa planificación de los Coen. A partir de cuatro páginas comunicaron a su equipo técnico todo aquello que pretendían: cómo debían ser las localizaciones, qué tipo de iluminación deseaban para cada escena, qué haría la cámara en cada una de ellas, etc. En este sentido, la tendencia a cuidar el estilo por parte de los Coen tiene en sus colaboradores un apoyo fundamental. Y fundamental es sobre todo la, en ocasiones onírica, atmósfera del film obra del director de fotografía Barry Sonnenfeld, que poco tiempo después debutaría en la dirección con La familia Adams (The Addam’s family, 1991).

La planificación y la puesta en escena de Muerte entre las flores es clásica. Es un ejercicio brillante que recoge todos los tópicos del género negro como referencia, casi todo lo que vemos no parece que se nos cuente por primera vez. La música, la fotografía, la dirección de actores.. todo ello está al servicio de una contención narrativa que permite a los Coen crear una película muy sugestiva, casi perfecta, y repleta de escenas memorables. Desde su inicio, con el enigmático sombrero que vuela a ras de suelo por el bosque; la escena del tirotero de Leo con unos matones; el paseo por el bosque de Tom con dos hombres de Caspar donde debe matar a Bernie; el travelling lateral que recorre los coches de la policía mientras disparan contra un local lleno de mafiosos; las peripecias de Tom en torno a sus deudas de juego... se conjugan a la perfección con los pequeños detalles que acaban de redondear la historia (el sombrero del cuál nunca se separa Tom, las diatribas filosóficas de Caspar, los diálogos chispeantes y afilados, etc.).