| PI (FÉ
EN EL CAOS) (Pi, 1998. Darren Aronofsky) |
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| «Es una película puramente comercial. (…)¿Quieres escuchar por qué? Porque la estrella de la película son las ideas. Son las mismas ideas por las que la gente ha sentido curiosidad a través del tiempo». Darren Aronofsky (1). Y, hecho de consonantes y vocales, Jorge Luis Borges, El golem Max Cohen, el protagonista de la película, dice lo siguiente: “Reitero mis sospechas: 1.Las matemáticas son el lenguaje de la naturaleza. 2.Todo lo que nos rodea se puede representar y entender mediante números. 3.Si se hace un gráfico con los números de un sistema se forman modelos. Estos modelos están por todas partes en la naturaleza. Pruebas: el ciclo de las epidemias, el aumento y disminución del número de caribús, el ciclo de las manchas solares, las crecidas del Nilo, ¿y la Bolsa?…” Respecto a la primera afirmación desde luego no hay ninguna duda. Ya Pitágoras se dio cuenta en el siglo VI AC con varios ejemplos: los movimientos de los astros seguían leyes numéricas, también las formas geométricas tan abundantes en la naturaleza se rigen por los números y sus proporciones, e incluso algo tan maravilloso y tan complejo como puede llegar a ser la música, está subordinado a las matemáticas. De aquí directamente extrapoló (por lo que hasta ahora sabemos de forma exagerada) y dedujo que todo el universo está regido por números. Esto mismo es lo que piensa Max, y a través de la búsqueda de un modelo que represente algo aparentemente imposible de predecir como son las subidas y bajadas de la bolsa, intentará demostrar que existen pautas o modelos que gobiernan el universo. En su camino se interpondrán una empresa de Wall Street y unos estudiosos de la cábala que le perseguirán, para lucrarse a su costa los primeros, para encontrar el verdadero nombre de Dios (en una modernización del mito del Golem) a través de un largo número con el que Max se ha topado en sus investigaciones, los segundos. Así éste, que ya desde el principio de la historia es torturado por unos terribles dolores de cabeza, entre ataques, persecuciones y alucinaciones, pesadillas y pastillas, acabará perdiéndose en la senda de la locura para terminar devorado por el peor de sus perseguidores, que no es otro que su propia obsesión. Pi es el primer largometraje de Darren Aronofsky, un director que con sus dos únicas creaciones hasta la fecha —a la que ocupa estas líneas hay que añadir la posterior Réquiem por un sueño (Requiem for a Dream, 2000)— ha conseguido definir un estilo muy personal y bastante reconocible en el que un llamativo empleo del montaje es una de sus herramientas fundamentales. Únicamente en estas dos películas ya podemos encontrar numerosos ejemplos que lo convierten en algo característico: bombardeo de planos (cuando Max se toma las pastillas o se inyecta en Pi, y análogamente cuando se drogan los protagonistas de Requiem por un sueño) o cuando el personaje de Ellen Burstyn visita la báscula; también, aunque no tan exagerado, en las persecuciones de ambas películas), aceleración o deceleración del ritmo mediante el fast forward o el slow motion, e incluso incorporó el recurso de la pantalla dividida en varias ocasiones en Requiem por un sueño. La intención de Aronofsky con esta película era conseguir una propuesta cinematográfica innovadora, algo que no se hubiese visto antes, y en la medida de lo posible es lo que consigue, aunque precisamente por esto la afirmación de que Pi es una película comercial sea algo distante de la realidad. A pesar de todo, no es una película sobre matemáticas como mucha gente cree, sino un intenso y opresivo thriller de ciencia-ficción con ciertas dosis de misticismo y en donde las matemáticas que aparecen son relativamente pocas, y desde luego accesibles para todo el mundo, e incluso, algo ficticias por momentos. Fotografiada en un blanco y negro (blanco o negro en una acertada definición del propio Aronofsky) que soporta por momentos una iluminación casi hiriente, inspirado en este aspecto por el comic-book Sin City, de Frank Miller, recordando la estética de películas como Cabeza borradora (Eraserhead, David Lynch, 1977) o Tetsuo (id., Shinya Tsukamoto, 1988) y rodada con el ridículo presupuesto de sesenta mil dólares, Pi narra una opresiva, casi diríase kafkiana, historia en la que el actor Sean Gullette es el encargado de encarnar al matemático protagonista. La sensación de opresión es continua en el minúsculo piso de éste, casi completamente invadido por el megaordenador Euclides, que Mathew Maraffi, encargado del diseño de producción y el propio Gullette (que también colaboró en la historia, aunque el guión está firmado por Aronofsky) construyeron a partir de escombros de ordenadores viejos. Acentúan esta sensación de opresión tanto los sueños de Max, que no son sino meras pesadillas, como las persecuciones que sufre continuamente a lo largo de todo el metraje, desde la pequeña Jenna (Kristyn Mae-Anne Lao) que no para de asediarle con su calculadora poniendo a prueba sus aptitudes para el cálculo mental o Devi, su vecina de al lado (Samia Shoaib), muy preocupada por su alimentación (estas medianamente inofensivas), hasta las más peligrosas de la empresaria de Wall Street (Pamela Hart) o los cabalistas, e incluso un fotógrafo (interpretado en un pequeño cameo por el autor de la banda sonora, Clint Mansell), última persecución esta que ya forma parte de las múltiples paranoias de Max. El director emplea cámaras pegadas al cuerpo del protagonista (Las llamadas snorri-cam, en honor a sus diseñadores, los hermanos Snorri) a modo de visión subjetiva, concretamente durante las persecuciones, tratando de acercar el personaje, y en la parte final su paranoia, lo máximo posible al espectador, siendo éste un recurso que volvería a emplear en su segundo film, y que profundiza todavía más en la sensación de agobio. Quizá más importante aún en este aspecto es el significativo hecho de que durante absolutamente todo el metraje, Max está presente en cada una de las secuencias, lo que obliga al espectador a implicarse directamente con él. Cada vez que sufre uno de sus ataques, Aronofsky inserta a través del acelerado montaje comentado arriba un collage de impactantes imágenes, donde contemplamos como ingiere o se inyecta su medicación, según el caso, entre hemorragias nasales y golpes. La banda sonora de Mansell, enteramente compuesta de música electrónica, y a ratos disonante, dimensiona la continua presión a la que está sometido el protagonista, recreando su locura, y adentrándonos cada vez más en su mundo. Mediante el empleo de imágenes simbólicas como las volutas que forma el humo del cigarrillo de Lenny (Ben Shenkman), o las espirales creadas por la crema que se echa éste en el café, se nos muestra lo que va pasando por la cabeza del protagonista, en un intento por hacernos comprender su punto de vista. Max no enloquece por creer que todo eso pueda explicarse mediante los números. Lo que verdaderamente termina por destruirle es la imposibilidad de alcanzar aquello que está buscando de forma obsesiva. Otro momento en el que se nos acerca a la mente de Max es en una de sus conversaciones con su preceptor Sol (un anciano matemático a quien da vida Mark Margolis, que abandonó sus investigaciones tras sufrir un infarto). Éste emplea la metáfora del tablero de go como un microcosmos en el que las posibilidades son infinitas, impidiendo la existencia de una forma de saber que es lo que va a ocurrir, pero Max lo refuta con una verdad como un templo: según la partida va avanzando las posibilidades se van reduciendo a la vez que aumentan las posibilidades de conjeturar los siguientes movimientos. Como un Ícaro moderno, Max termina quemándose al acercarse demasiado a su sol particular, el conocimiento absoluto de las leyes que rigen el universo, a pesar de ser advertido por diversos caminos: 1. Sol le insta a descansar (aunque en el fondo lo que quiere es que abandone, pues prevé que pueda ocurrirle lo mismo que a él, o algo peor), poniéndole de ejemplo la famosa anécdota de Arquímedes, que hizo uno de sus mayores descubrimientos mientras tomaba un baño; 2. El continuo recuerdo de un accidente que tuvo de niño al mirar al sol directamente a los ojos, algo que Max, sobrepasado ya el punto de no retorno, interpretará a posteriori como un encuentro total con el conocimiento, de hecho lo que le dice a los cabalistas es «Aquella vez vi a Dios.» ; 3. Un terrible sueño que se desarrolla en la estación de metro en el que cada vez que pincha un cerebro con el bolígrafo (cada vez que se aproxima a la cima del conocimiento) un tren se acerca para atropellarle. Max hará caso omiso de todo esto y sólo al final, tras atravesarse la cabeza con una taladradora y el posterior fundido a negro, en ese brillante epílogo en el banco del parque (que puede entenderse como un símbolo de la derrota de Max) se dará cuenta de que está equivocado, o más correctamente, que hay cosas que tal vez no está destinado a conocer, pues cuando Jenna le pregunte el resultado de una división jugando con su calculadora, lo único que podrá responder, pensando en otra cosa, con la mirada perdida en la caótica red de las hojas que pueblan uno de los árboles del parque es que no sabe la respuesta. Aronofsky no miente cuando dice que la estrella de la película son las ideas. Pi no es sino un replanteamiento de los eternos problemas que ocupan al hombre desde que tiene conocimiento de sí mismo. Probablemente ninguno de nosotros estemos destinados a conocer aquello que Max busca, y que acaba con su cordura y con su vida. Y sin embargo eso no significa necesariamente que no exista. Simplemente puede ocurrir que sea demasiado complejo para que nosotros podamos entenderlo, pero esté ahí, esperando que algún día alguien lo descubra. Y aunque tengo razones para sospechar que no seré yo quien lo haga, no puedo evitar sentirme curioso como él cuando veo las formas geométricas que se adivinan en los caparazones de las tortugas, las espirales logarítmicas dibujadas en las conchas de los caracoles, o las circunferencias perfectas que forman nuestras pupilas, unas circunferencias cuyo radio y longitud están relacionados íntimamente a través de un número de infinitas cifras decimales al que llamamos pi para abreviar, unas pupilas a través de las que conocemos el mundo, pero… ¿Lo conocemos realmente? La matemática es el trabajo del espíritu humano que está destinado tanto a estudiar como a conocer, tanto a buscar la verdad como a encontrarla. Evariste Galois (1) Hablando sobre Pi en una entrevista realizada por Joshua Klein para avclub.theonion.com |