| ROMPIENDO LAS OLAS (Breaking the Waves, 1996. Lars Von Trier) |
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Sufro, luego existo«¡(...) Recuerdo que Emily Watson fue la única que acudió al cásting descalza y sin nada de maquillaje! Había algo de Jesucristo en ella que me atrajo». LVT. El médium Lars Von Trier –impostor, ególatra y maestro de ceremonias con algo de bufón– no se dedica simplemente a rodar películas. No, de ninguna manera. Lo que hace es empaquetar sensaciones y venderlas al por mayor por el precio aproximado de una entrada de cine. Hay a quienes su apuesta les deja indiferentes, quienes juzgan sus imágenes desde la barrera intangible de lo previsto, de lo habitual, de lo “normal”; incapaces de saltar a la arena, de recorrer al trote la playa de sus prejuicios y dejarse arrastrar por la corriente. Hay también quienes lo adoran, quienes no tienen miedo a los roquedales donde las olas se deshacen, explosión de espuma, clamor y llanto. Tanto da. Este danés confía en la capacidad del cinematógrafo para descolocar al espectador más acomodaticio, para hipnotizar, para provocar trances: «normalmente, se elige un estilo para una película, con el fin de resaltar el relato. Aquí, hemos hecho exactamente lo contrario. Hemos elegido un estilo que va en contra del relato, impidiendo precisamente que destaque. Hemos adoptado un estilo que es como un filtro delante del relato. Recuerda la señal codificada en la televisión, cuando hay que pagar por ver una película. Aquí, somos nosotros los que hemos codificado la película y el espectador lo descodificará después». Y si él –con sus excesos, con su prepotencia– no se limita a dirigir, yo no puedo pretender hacer una simple crítica a su trabajo. A las emociones sólo contesto con emociones. ¿Tú no? Por eso ahora escucharás mi voz. Mi voz te ayudará y te guiará hacia tu destino. Cada vez más profundamente. Porque cada vez que escuches mi voz, con cada palabra y con cada número entrarás en un nivel más profundo de conocimiento y te sentirás más abierto y receptivo. Ahora contaré hasta diez. ¿Me sigues? Suzanne takes you down to her place near the river, you can Uno. A medida que te vayas concentrando en mi voz comenzarás a relajarte poco a poco. Ella es una chica de pueblo algo desequilibrada, no te lo negaré. Vecina de ninguna parte, habla con Dios como ya sólo saben hacerlo los niños y los locos: sin necesitar respuesta, dándose ella misma la réplica. No es inteligente, no es brillante. Sólo confía en el inquebrantable ritmo de las mareas y en la temerosa sombra que proyectan las cruces cerca ya del crepúsculo. Ah, tampoco es bonita. Tampoco le importa. Dos. Las manos y los dedos se te enfrían y te pesan cada vez más. Se ha enamorado o eso cree ella, o eso creemos todos. De repente y porque sí. Tampoco sabe si será exactamente eso que llaman amor: lo único que ocurre es que jamás ha necesitado tanto a nadie. Quiere gritarlo, quiere desafiar al mundo entero con su alegría, con su inmensa suerte. No le importa que en su pequeña comunidad de hombres enlutados y mujeres postradas no la entiendan. ¡Qué más da! Ellos rezan a un Dios desconocido que no es el suyo, que no es el nuestro. Tres. Un escalofrío te sube por los brazos hasta la espalda y el cuello. Se casa. La suerte está echada. Él parece un hombre tosco, un forastero templado en las rudas tareas de una mar colonizada por estaciones petrolíferas donde yacer solitario, naufrago auto impuesto rodeado de agua... y más agua. Después de la boda tendrá que regresar a su vida. A su no vida. Ella no tiene paciencia para el amor, porque nadie que ame realmente puede tener fe en el pasado mañana. Sólo importa el aquí y el ahora. Por eso quiere que la tome ya mismo, ahí, en los lavabos del local donde se celebra el convite... no es algo romántico, no es algo recordable con especial agrado. No es más que una pura formalidad. Cuatro. Los pies y las piernas te pesan cada vez más. Comienza la separación. El dolor. La distancia impuesta, porque... porque si uno ansía ser feliz junto a alguien necesita crearse un futuro bajo el que guarecerse. Y si uno quiere tenerlo necesita amontonar vil metal. Y para ello hay que trabajar. Lejos de quien realmente quieres. ¿Lo entiende alguien? Hipotecando tu presente para... ¿para qué? Y pueden ocurrir accidentes, desgracias que anulan tu esfuerzo, que ridiculizan tus planes mortales. Y puede ocurrir lo indecible. Puede que quedes postrado de por vida en una silla de ruedas. Que jamás vuelvas a sentir. A disfrutar del tacto de unas manos que se entrelazan con las tuyas, del hormigueo que recorre tu espina dorsal cuando ella rodea tu alma, roza tu pecho, alza su mirada hacia ti... niega con la cabeza y sonríe. Cinco. El frío se te extiende por todo el cuerpo. Cuando llegue a seis estarás en un nivel más profundo. Si fueses una persona cabal, lo entenderías, Bess. Entenderías que el azar a dictado una sentencia tan injusta como inapelable. Reharías tu vida. Le olvidarías paulatinamente. O fingirías hacerlo. Pero no, tu no eres como el resto, Bess. Tu amas como nunca ha amado nadie. Como nadie volverá a hacerlo. Seis. Todo tu cuerpo, relajado, comienza a hundirse lentamente. Él sabe que sufres. Imposible ignorarlo, por mucho que tus juguetonas pupilas se sigan incendiando cuando le visitas a media tarde. Querría que no le quisieses. Te incita a que hagas cosas que no deseas, a que disfrutes de tu recién estrenada sexualidad. Que el placer de los extraños te haga olvidar la amargura que se refugia en las salas de espera de los hospitales: pasillos interminables, sonrisas postizas, batas blancas y cruces rojas. Que lo intentes. Que me olvides. ¡Que te vayas! Siete. Quieres ir a un nivel más profundo, más profundo... siempre hay gente dispuesta a ayudar. Doctores comprensivos, incluso. Y también integristas que ven inmoral sufrir por lo que no tiene remedio. ¿Atentas contra la ley de Dios o tan solo pones en duda las leyes del hombre? Eres peligrosa porque recuerdas al resto lo frágiles que son sus creencias, lo debilitado de ese asidero al que se aferran arrastrados por la fuerza de la costumbre. Tu les escupes a la cara con tus preguntas: «¿creéis realmente en eso que decís creer? ¿Hasta donde estaríais dispuestos a llegar por vuestra supuesta fe?». Ocho. Cada vez que respiras es más profundo, más profundo. Te inventas una extraña ley de la compensación, del sacrificio. Tu dolor puede salvarle. Estás segura de ello. Cada vez un poco más allá, flirteando con el desastre. Si esto es un valle de lágrimas, estás dispuesta a derramarlas todas de golpe y enjugar con ellas su frente marchita. Estás dispuesta al sacrificio supremo. Estas... ¿estás loca? Nueve. Flotas. Cuando llegues mentalmente a diez, estarás en condiciones de saber. Has muerto, Bess. Te han matado, te has dejado matar. Y ocurre lo impensable, aquello que se hartaron de repetirte que no podría ser. Los que no entienden nada te entierran y siguen rezando. Los que te quieren te entregan al mar y siguen viviendo Has llegado a diez. Diez. Las campanas repican allá en lo alto, océano de mártires convertido en catedral sin techo. Te despiertas en loor de una santidad meliflua, de unos honores que no has pedido. El Dios al que rezaste no se olvidó de ti. Porque si los milagros existiesen, se reservarían para gente como tú: con poco seso, con demasiado corazón. «Es verdad: amamos la vida no porque estemos habituados a vivir, sino porque estamos habituados a amar. En el amor hay siempre algo de locura. Mas también hay siempre en la locura algo de razón.» “Así habló Zarathustra”, Friedrich Nietzsche. |