| LA TORMENTA DE HIELO (The Ice Storm, 1997. Ang Lee) |
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Los sentimientos congeladosLas cosas cambianSon siempre muchas las pegas que se le pueden hallar a la consagrada cómo sociedad del bienestar por excelencia de este mundo, sin embargo, no deja de ser significativo que pese a la gran cantidad de críticas recibidas por multitud de otros países, sean los propios norteamericanos los primeros en saber aplicarse un hara-kiri en condiciones, pues su mirada está sin duda mucho más condicionada a lo que pasa dentro del propio hogar que no para los que lo miramos todo desde fuera. Sin embargo las introspecciones que el cine moderno norteamericano se ha autorrealizado han sido más bien trazadas a golpe de hacha y ácido clorhídrico, que con una pluma afilada e intelectual, más propiamente europea. Si Michael Moore es el claro ejemplo de cómo ya no hace falta una mirada en clave de ficción para evidenciar las carencias del contexto, poniendo en imágenes documentales la total hiperrealidad que habita en el seno de la gran familia USA, en los noventa predominaron los films corales, buscando en la amplia representación una metáfora del total norteamericano, cómo digo, trazado con toda la saña que se pueda. Desde las Vidas cruzadas (Short Cuts, 1993) de Robert Altman al Grand Canyon (Ídem, 1991) de Lawrence Kasdan, a cualquier film de Woody Allen o, en clave negra, Spike Lee, o con una estética más hardcore cómo Bienvenidos a la casa de muñecas (Wellcome to the Dollhouse, 1995) o el Happiness (Ídem, 1998) de Todd Solondz, hasta llegar al nuevo modernismo cinematográfico de manos de la Magnolia (Ídem, 1999) de Paul Thomas Anderson, el cine moderno norteamericano ha dado buena muestra de lo estúpidos que podemos ser en ocasiones los seres humanos, tanto los que se equivocan, cómo los que lo observamos con complacencia. El que el cineasta taiwanés Ang Lee saltara al panorama occidental a raíz de sus films compuestos sobre la familia y sus complejos mecanismos vitales dirigidos en su país de origen (aunque Lee ya llevara años afincado en los EEUU) –Pushing hands (Tui Shou, 1991), El banquete de boda (Hsi Yen, 1992) y Comer, beber, amar (Yin Shi Nan Nu, 1994)–, y hubiera debutado con otra crónica social, ambientada en el siglo XIX, pero con la misma carga ácida que poseían sus films precedentes, Sentido y sensibilidad (Sense and Sensibility, 1995), situaba al realizador de manera magnífica para poder trabajar en una de sus pasiones confesas: la deconstrucción del american way of life mediante la adaptación de la corrosiva novela de Rick Moody La tormenta de hielo. Dice Quim Casas en su estudio para el último Dirigido por... (Nº325) sobre el realizador Ang Lee: «Pero sus intenciones han sido desde el primero momento... observar, conocer y comprender una sociedad que no es la suya, reflejándola a través del objetivo de su cámara con una capacidad analítica distinta, más objetiva y también severa, si se quiere, que la de los propios cineastas norteamericanos, ante cuyos ojos los acontecimientos suceden de manera completamente distinta». Intuyendo que Casas no se refiere a los cineastas citados antes y sí al gran grupo conformista que puebla la cinematografía norteamericana, hay que subrayar esta pasión de Lee en visualizar sin alterar tanto los hechos pasados cómo los actuales. Su figura está más cerca de la de un forense que la de un demiurgo y los pasos que recorre, bien danzando por los aires (Tigre y dragón / Wo Hu Zang Long, 2000), a caballo y con cartucheras (Cabalga con el diablo / Ride With the Devil, 1999) o pegando botes por el desierto (Hulk / The Hulk, 2003), son constitutivos de la acción, nunca una incisión externa en ella. Estamos así delante de un cineasta tan sincero cómo inteligente, capaz de aunar el suficiente talento para reunir a un equipo de primera categoría, tanto en lo artístico cómo en lo técnico, y seguir acertando con la temática y la estética de sus obras, riéndose a sus anchas de la política de autores y de los mundos personales construidos alrededor de cada cineasta. Y es que, poco importa, kung-fú místico, cowboys, drama decimonómico, hérores de cómics, cocineros taiwaneses... pocos realizadores actuales (Michael Winterbottom, Stanley Kubrick, ¿Robert Altman?, ¿¿Steven Spielberg??, ¿¿¿Ridley Scott???...) son capaces de compaginar todo con todo y que les siga quedando un producto coherente renunciado a ser meros artesanos de la industria cinematográfica, pero si se ha de ser, que se conviertan en los mejores. Y la oscuridad se abalanzó sobre ellos...Las primeras imágenes de La tormenta de hielo llaman rápidamente la atención por dos cosas: (i) El ambiente en el que se halla el pueblo de New Canaan en Connecticutt, tras haber pasado una tormenta de hielo(1) -leáse, un descenso brusco de las temperaturas por debajo de los cero grados acompañada de una fuerte tormenta congelando todo lo que se halla a su alcance: árboles, casas, carreteras, tendido eléctrico... -, con una magnífica fotografía apagada azulgrisácea que ya será la imperante a lo largo de todo el film, obra de Frederick Elmes, colaborador de Lee también en Cabalga con el diablo y Hulk. (ii) Y la magnífica banda sonora que mece a los protagonistas congelados física y anímicamente, a cargo del habitual de Atom Egoyan, Mychael Danna. El film se abre así desde un vagón que se ha quedado varado en las vías debido a un fallo en el sistema eléctrico en el que viaja el primogénito de los Hood, Paul (Tobey Maguire-2-), una de las dos familias que el cineasta taiwanés se dispone a diseccionar, cuyas figuras paternas corresponden a Ben y Elena –magníficos Kevin Kline y Joan Allen–, y se completan con la hermana pequeña Wendy, una Christina Ricci que con la ayuda de este film junto a otros cómo Pecker (Ídem, 1997. John Waters), Lo opuesto al sexo (The Opposite of Sex, 1998. Don Ross) o Buffalo '66 (Ídem, 1998. Vincent Gallo), se convirtió en todo un símbolo de la perversidad y la independecia norteamericana, vaya, toda una musa indie que no tiene ni para empezar con Sarah Polley o Hillary Swank (una que le iría a la par sería Chloe Sevigny, relevo de Ricci en el nuevo Vincent Gallo en la apaleada en Cannes The Brown Bunny (2003)). La familia vecina, los Carver, la figura materna Janey (felinamente maléfica Sigournay Weaver), es la figura principal, aparentemente la más cínica de todos, y por ello, la más sincera, por eso, pese al descuido materno y la infidelidad conyugal frente a su patético marido –que no logra compensar con su patético amante y vecino–, resulta el personaje más antipático por el mero hecho de no fingir una absurda indiferencia ante la hipocresía. Si el sujeto pasivo de los Hood es la aséptica –sexualmente hablando– Elena, cuyos dos focos de escape sexuales corresponden a un reverendo de aspecto totalmente bizarro (uno se pregunta si es líder espiritual de una religión o de una secta) y al fugaz coito en lo límite de la tristeza con su inútil vecino, en los Carver, este marido eyaculador precoz, cuyos hijos ni siquiera se percatan si está de viaje o está en casa y que resulta incapaz de sentarse en la cama de agua sin molestar a su mujer –metáforas cómo estas son más que abundantes en el film, desde el zarpazo de Janey a Ben, cuando la aburre con sus problemas tras el coito, hasta el absurdo juego con las llaves de los coches y los maridos– resulta la parte obsoleta de la familia, con lo que en el desenlace final, cuando la tragedia cae con la mañana, es él, el padre olvidado e insignificante, el que se derrumba con su hijo petrificado en sus brazos. Si existe infidelidad conyugal en los padres, en los hijos las cosas tampoco andan muy estables. Wendy, que aparece al principio dándose besos –de un aspecto mucho más triste y frío (esa piscina vacía llena de hojas muertas) de lo que en principio debería tratarse, por lo que no es de extrañar que cuando se lanzan a una aventura mayor, ella se ponga la máscara de Nixon... no es amor, es sólo un juego absurdo– con Mikey (Elijah Wood), el hijo mayor de los Carver, para luego acabar compartiendo cama con el pequeño de los mismos, Sandy (Adam Hann-Byrd), un joven que ocupa su tiempo haciendo explotar aviones o destrozando flores con el látigo. Estamos en 1973 y el sueño americano ha sido erradicado tras los asesinatos de Kennedy y Martin Luther King, del Vietnam sólo llegan imágenes de cadáveres y soldados fumando marihuana por las escopetas, la era hippy del LSD paso a ser controlada por la heroína, y la Norteamérica yonki que amaneció bajo la sombra de Nixon ya sólo esperaba no haber tocado fondo... entonces llegó el Watergate y las grabaciones que Nixon había realizado a medio país. El pueblo norteamericano está aburrido, casi drogado, y deciden escapar de la rutina con consecutivas liberaciones sexuales, justo antes de que llegara el SIDA y acabará con una de sus últimas libertades. No es de extrañar que en este contexto un juego cómo el de intercambiar las llaves de los coches por los maridos tenga lugar sin mayor complicación. Los EEUU habían perdido su inocencia y jugaban dando palos al aire a ver que les podía caer. El hedonismo paso a ser el imperante cómo corriente de pensamiento. El yo mayestático, cómo principio, medio y fin. Así cómo puede resultarnos extrañas esas marcianas conversaciones entre padres e hijos, uno recomendándole a su hijo que «no lo haga en la ducha por que se gasta mucho agua y electricidad» y la otra diciéndole a su hijo «que su cuerpo es su templo y que en Samoa algunas tribus...». La tormenta de hielo acaba funcionando a ambos niveles, tanto cómo tragicomedia familiar (la poca comedia que aparece en el film, es o totalmente sarcástica, o bien, es la debida a la aventura en paralelo que vive Paul en Nueva York intentando conquistar a una chica –Katie Holmes–), cómo un retrato sin concesiones de una fresco de época. Lee filma con sabiduría y cuidado a todos estos personajes sin alma, egocéntricos y mentirosos, evitando entrar nunca a juzgarlos, alejándose lo suficiente para que sean observados con naturalidad. Sin tremendismos ni apuntes estilísticos (el mismo flash-back que abre el film se halla sin puntuar), una mirada serena sobre lo que ocurre, cómo un fantasma que se desenvuelve con facilidad entre las habitaciones de los hechos. Lee es de los pocos realizadores foráneos actúales que han occidentalizado su mirada, conservando un mismo gusto por hacer bien las cosas. (1) Hay que tener en cuenta que el film fue filmado en
verano, con lo que todas las estalactitas y las imágenes de los
árboles congelados son totalmente falsas. |