TOY STORY
(Toy Story, 1995. John Lasseter)
 
Sumario
Por José David Cáceres
Cartel de la película
EEUU, 1995. Director: John Lasseter. Productores: Ralph Guggenheim y Bonnie Arnold. Producción: Walt Disney y Pixar Studios. Guión: Joss Whedon, Andrew Stanton, Joel Cohen y Alec Sokolow. Música: Randy Newman. Dirección artística: Ralph Eggleston. Montaje: Robert Gordon y Lee Unkrich. Duración: 81 minutos. Dibujos animados.
 

desde que en 1986 John Lasseter y sus colaboradores de los estudios Pixar realizaran el magistral cortometraje Luxo Jr., su presentación en sociedad, hasta la realización de Toy Story, primer largometraje de animación íntegramente realizado y diseñado por ordenador, transcurren nueve años. Durante ese tiempo se produce el auge definitivo de la tecnología y particularmente de la informática, que de manera gradual ha ido revolucionando el cinematógrafo hasta su explosión definitiva en el cine de imagen real con los efectos visuales vistos en películas como Matrix (íd. Larry y Andy Wachowski, 1999) –film que desgraciadamente pasará a la historia del cine y que ya se ha convertido en un referente para muchos por su excepcional despliegue técnico, a pesar de su más bien escaso valor estrictamente cinematográfico–. En el terreno del cine de animación la aparición de una película de las características de Toy Story (el ordenador como apoyo a las películas de animación tradicional ya había sido empleado con resultados no siempre brillantes) supone un punto de inflexión en su evolución, además de la demostración en la primera tentativa del inusual talento y creatividad del equipo liderado por Lasseter, a día de hoy uno de los indiscutibles maestros del dibujo animado, un arte por lo general incomprensiblemente atacado y menospreciado, debido –no es más que una elucubración– a la falta de desconocimiento sobre el mismo y a unos prejuicios caducos y totalmente improcedentes.

Toy Story en el momento de su estreno destacó principalmente por lo innovador de su entramado interno (esas ristras de bits convertidas en dibujos animados) y el reflejo espectacular de éste en la pantalla: un regocijante y soberbio espectáculo de imágenes memorables llenas de color e ingenio... Las siguientes propuestas de los estudios Pixar (o de otras compañías) en este terreno irremediablemente han afectado el impacto visual de esta primera película, hasta cierto punto obsoleto si se aplica la terrible comparación, lo que podría llevar a pensar que el film ha perdido buena parte de su valía o que tan sólo fue un banco de pruebas de las nuevas tecnologías: craso error. Toy Story –film que de todas formas hay que entender y analizar desde una perspectiva histórico-evolutiva, como un punto de inflexión antes referido– es una auténtica cartoon movie de modélica construcción narrativa (muy sencilla realmente, pero notablemente eficaz), que parte de un guión excelente (el mejor de los cuatro largometrajes realizados hasta ahora por Pixar), está repleta de situaciones hilarantes y escenas memorables, presenta un notable diseño de personajes (todos carismáticos y muy divertidos) y aprovecha al máximo las posibilidades plásticas que ofrece el ordenador (labor a la que no debió ser ajeno el director artístico Ralph Eggleston, responsable en 2001 de un maravilla de unos tres minutos: Pajaritos / For the Birds). Y es precisamente por todo esto que el largometraje inaugural de Lasseter y compañía es un film excelente, en absoluto obsoleto (aun aceptando –¡qué remedio!– el hecho de que posteriores trabajos desplieguen un mayor perfeccionismo técnico), para nada coyuntural (como sí lo es, y mucho, su divertida secuela).

Hay dos aspectos en Toy Story notablemente relevantes que permiten elaborar una argumentación u otra a la hora de analizarlo. Uno de esos aspectos es el contenido moralizante y conservador (circunstancia que, no nos engañemos, se encuentra estrechamente relacionado con los productos Disney, a pesar de estar, este caso, filtrado más o menos por la independencia de los estudios Pixar) que descansa en la descripción de tipos y situaciones y que poco o nada tiene que ver con los valores estrictamente cinematográficos del film. El otro aspecto es el referido en el párrafo anterior y relacionado con los elementos cinematográficos de la propuesta: construcción del guión, diseño de personajes, empleo de los elementos cinematográficos, vigor narrativo... No soy partidario de analizar un film en función de su ideología y creo, además, que es un error abrazar la tendencia de un determinado tipo de films en base a su contenido politico-social, puesto que se corre el peligro de aplaudir la mediocridad y el dogmatismo. Sin embargo no está de mas detallar los apuntes claramente moralizantes que aparecen en Toy Story, que paradójicamente permitirán alabar un film que, gracias a su brillante ejecución cinematográfica, se eleva por encima de ellos.

El aspecto más reprobable del contenido ideológico existente en Toy Story es su total ausencia de ecuanimidad (un poco como en Bowling for Columbine –Michael Moore, 2002–, o en Jimmy Neutron –John A. Davis y Albie Hecht, 2001–), lo que termina resultando peligroso: la descripción de Sid, el niño malo de la función que se dedica a destrozar y hacer explotar a los juguetes, y que desde el nombre (pasando por su camiseta negra con una calavera hasta los posters de su cuarto) remite a un determinado estereotipo de joven que escucha música rock y que, por lo tanto, es un alborotador-antisocial--irresponsable; el dibujo que se hace de la familia de Andy, el niño bueno, en donde la figura del padre no aparece en ningún momento y que en este contexto solo se puede entender como la descripción de una familia ejemplarizante, donde la madre cuida de los hijos y el padre es el elemento tradicional que trabaja por los suyos (y por eso no suele estar en casa); la resolución del conflicto del nuevo juguete, Buzz Lightyear, asociada con una idea de la vida muy conservadora, que de algún modo elimina la libertad de elección en favor de un muy discutible conformismo... Reparos todos estos presentes de forma aún más pronunciada (y grosera) en la secuela, Toy Story 2. Los juguetes vuelven a la carga (Toy Story 2. VV. AA., 2000), y que, en parte, terminan anulando sus notables logros artísticos.

Circunstancia, esta última, que, afortunadamente, no ocurre con Toy Story en donde brillan con fuerza el resto de elementos, éstos sí, cinematográficos. Uno de ellos es el singular punto de partida que acerca ya desde el principio la película al género fantástico: los juguetes, protagonistas de la película, viven una vida en paralelo a la realidad circundante, pero totalmente dependiente de ella pues su existencia solo tiene sentido en aquélla. Este detalle de guión tiene una excelente traslación en imágenes otorgando buena parte del brío narrativo al relato: la oposición entre el mundo humano y el de los juguetes hace que éstos siempre deban estar en alerta para no desvelar su mundo: la incursión del batallón de soldados en el salón de la casa para informar al resto de juguetes del contenido de los regalos de Andy (es su cumpleaños) es una buena muestra de ello. Otro espléndido apunte del guión se encuentra en la descripción del nuevo juguete, Buzz Lightyear, que cree ser en verdad un guardián del espacio y que desde el principio proporciona grandes momentos, todos descacharrantes (cfr. el vuelo en el cuarto de Andy, una «caída con estilo»; su jerga espacial que llena de asombro e interés al resto de juguetes; el estupendo momento en el que entra en contacto con el aire y cree que se muere; su insistencia en el peligro de su rayo láser, en el fondo un pequeño diodo led) y que de pie a un leve contenido dramático cuando descubre por azar que en realidad es un juguete y todo en lo que creía hasta ese momento era mentira, situación, que aun estropeada en parte por esa reaccionaria conclusión del conflicto antes aludida y la inclusión de una canción demasiado evidente, está bastante bien resuelta y ofrece algún detalle no precisamente infantil como ese acceso momentáneo de locura del falso astronauta... Uno de los mayores logros del film es su excelente ritmo que aporta la necesaria energía a lo que ante todo es una comedia de aventuras, si bien ribeteada de aspectos fantásticos y terroríficos. Así, no hay apenas descanso en los perfectamente ajustados ochenta y un minutos que dura el film, y la resolución de un conflicto, lleva inmediatamente a la aparición de otro que, con prontitud deberá ser solucionado: véase el fragmento completo desde la presentación de los juguetes de Andy hasta la aparición ya adaptación al grupo del nuevo, Buzz Lightyear. Del mismo modo las escenas de acción dotan al film de una cierta forma de espectáculo que sin duda permite a los diseñadores recrearse con gusto en su virtuosismo técnico, pero que tal como están resueltas, a nivel formal y temático, devienen en momentos de cine puro, espléndidamente planificados y montados (mucho podrían aprender aquellos responsables de las películas de acción y/o aventuras realizadas en Hollywood) como demuestra la magnífica escena de persecución que clausura el film.

No obstante, los dos mejores momentos de Toy Story, sencillamente extraordinarios, son, contra todo pronóstico, dos escenas construidas siguiendo los cánones del cine de terror y que devienen bastante más turbadoras de lo que podría uno imaginar dado el tono y el contexto elegidos: la primera, que recuerda a las habituales (y por lo general memorables) set-pieces terroríficas de la historia del cine de animación Disney, se sitúa en el pobremente iluminado cuarto de Sid, en el que desfilan una serie de juguetes-freaks que son fruto de la afición del muchacho por "operar" a sus muñecos... La segunda es aquélla en la cual Woody, el juguete cowboy de Andy, lidera una rebelión de los juguetes de Sid contra éste para rescatar a Buzz y escarmentar al chaval, en la que los juguetes «rompen algunas reglas», esto es, se muestran en el mundo real como si estuvieran en su mundo ante la sorprendida mirada de un asustado Sid... De algún modo el recuerdo cinéfilo nos lleva a aquella obra maestra hoy quizá un tanto olvidada de Tod Browning: La parada de los monstruos (Freaks, 1932). Hay otro momento realmente brillante, muy divertido y hasta cierto punto igualmente perturbador, que enlaza directamente con estos dos y en el que también aparece Sid: los muñecos amarillos de tres ojos que "esperan" en una típica máquina recreativa a que el gancho, que ellos ven como una especie de deidad, decida quien es el elegido y que según creen les llevará a «un lugar mejor... al nirvana»...

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Toy Story es probablemente el film de animación más importante de los años noventa, principalmente por su idiosincrasia y por lo que significó su aparición, todo un "pistoletazo de salida", pero también por ser como es, una excelente película. Sin embargo de algún modo y en parte debido a que data de mediados de la década, ha propiciado que otras propuestas en el terreno de animación, no adscritas al campo del ordenador, hallan caído en cierto olvido, aun siendo películas mucho más completas y conseguidas. Es el caso de Pesadilla antes de Navidad de Tim Burton (Tim Burton's The Nightmare Before Christmas. Henry Selick, 1993), bello film de concepción artesanal (figuras animadas mediante la técnica de stop motion), que en su momento le pareció a más de uno un film-referente («sin duda hay un antes y un después en el cine de animación a partir de este hermoso film...» escribía Quim Casas) y que, desgraciadamente, el tiempo ha situado en el limbo de las rarezas y en la cohorte de los films de culto; de Porco Rosso (Kurenai no buta, 1992), la monumental obra de ese genio que es Hayao Miayazaki, desconocida por una inmensa mayoría y que cualquier aficionado al cine (de animación o no) debería disfrutar; de El jorobado de Notre Dame (The Hunchback of Notre Dame. Gary Trousdale y Kirk Wise, 1996), un magnífico musical de Disney en torno a la tragedia de Victor Hugo, hermoso, trepidante y, como casi siempre, lleno de imágenes memorables desbordantes de una creatividad y talento irreprochables; de El gigante de hierro (The Iron Giant. Brad Bird, 1999), un film acusado neciamente de ingenuo, que propone una pequeña y deliciosa fábula en torno a los peligros de fomentar el miedo en la sociedad, magníficamente animado (el empleo del ordenador es formidable), notablemente narrado y con un diseño de personajes excepcional...

No obstante lo cierto es que Toy Story marcó un camino a seguir en el cine de animación, además de abrir un campo apenas explorado, que ha dado pie a diversas propuestas más o menos interesantes y conseguidas. Destacan al respecto interesantes experimentos como el emprendido por Walt Disney a través de su división digital, The Secret Lab, con Dinosaurio (Dinosaur. Eric Leighton y Ralph Zondag, 2000), una película que integra escenarios naturales con imágenes y personajes diseñados por ordenador, o el fascinante ejercicio visual que supuso la curiosa aunque fallida Final Fantasy: La fuerza interior (Final Fantasy: The Spirits Within. Hironobu Sakaguchi, 2001), un film despreciado en base a cuestionamientos conservadores poco o nada constructivos, que en el fondo debería ser entendido como un banco de pruebas de una tecnología a investigar y desarrollar. Mientras Pixar ha continuado ofreciendo trabajos de calidad, que aunque bastante delimitados y apenas susceptibles de variaciones se encuentran sin duda entre lo mejor del cine de animación de los últimos años, particularmente la magnífica Monstruos S.A. (Monsters Inc., Pete Docter. 2001); en paralelo, otras compañías, en especial la Dreamworks (cuya división de animación dirige el socio Jeffrey Katzenberg, ex-director de Walt Disney), han ofrecido varios títulos de notable éxito como Antz (íd., Eric Darnell y Tim Johnson. 1998) y Shrek (íd. Andrew Adamson y Vicky Jenson, 2001), La edad de hielo (The Ice Age, Chris Wedge y Carlos Sladanha. 2002) y la mencionada líneas arriba Jimmy Neutron, dos producciones independientes (de los estudios BlueSky y Nickelodeon, respectivamente) respaldadas por grandes estudios (Fox y Paramount, respectivamente). Películas todas ellas que muestran las grandes posibilidades de la animación digital y las diferentes vertientes existentes, algunas de las cuales pueden resultar peligrosas como la representada por Shrek, tramposa cinta, vendida como una forma de transgresión, pero que en el fondo esconde un producto tan reaccionario (o más) que los presuntamente parodiados, además de ser mucho más vulgar en sus formas estrictamente cinematográficas. De momento entre los próximos títulos que veremos se encuentra la nueva película de Pixar, Finding Nemo (Andrew Stanton, 2003) y Shrek 2 (2004), nueva oportunidad para comprobar el estado de las cosas (y tal vez llevarnos alguna que otra sorpresa).