| 1492: LA CONQUISTA DEL PARAISO (1492: Conquest of Paradise, 1992) |
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El oro y la espadaEn 1992 llegaron a nuestras pantallas dos películas con motivo de la conmemoración del descubrimiento de América: de ellas, Cristóbal Colón (Christopher Columbus, The discovery, 1992. John Glen), con Georges Corraface como Colón y Marlon Brando en el papel de Torquemada, fue “la mala”, mientras que en la cinta de Scott se apreció en su momento cierta calidad. Pero ésta resultaba excesivamente simplificadora de determinadas cuestiones del contexto social e histórico de la época, reduciendo a meras estampas el problema de los judíos conversos, o los desmanes de los capitanes de Indias. Llamó mucho la atención en su momento el hecho de que Scott incluyera en su film la insinuación de un novelesco idilio del descubridor con Isabel la Católica (interpretada por una inadecuada Sigourney Weaver), idea claramente inspirada por la lectura de la novela El arpa y la sombra, de Alejo Carpentier. Concretamente, en la parte central del libro, titulada “La mano”, está presente esta aventura amorosa, junto con otros aspectos que por desgracia Scott no ha explotado, pero que hubieran dado sin duda mucho más juego en la película, como los conocimientos de Colón acerca de anteriores expediciones, y sobre todo, la demoledora visión que tienen los indios de la corte española, recogidas con gran acierto por el escritor cubano. La película mantiene en su primera parte el interés del espectador, al centrarse en los esfuerzos del navegante por encontrar el apoyo material necesario para su empresa. Lo más logrado del film desemboca en la expectación y la impaciencia de los marineros ante un horizonte vacío (tan parecida en el fondo a la tensión y la angustia que experimentan las tripulaciones espaciales en las películas de ciencia ficción), y culmina en el desembarco, ya aparatosamente subrayado con la música de Vangelis (por cierto, las diferencias con la banda sonora de Gladiator (Gladiator, 2001. R. Scott) se reducen a meras variaciones de ritmo). A partir de este punto, tras alguna lectura en off de pasajes de las cartas de Colón a la corona, pese a estar el personaje de Colón encarnado con corrección por Gérard Depardieu, el hilo de la historia se diluye en estampas repetitivas y vacías. Con ellas el director se centra en la idea de la corrupción y degeneración de ese paraíso recién conquistado, y da por terminada la peripecia del científico. Ahora es el oro lo que prima, al fin y al cabo era lo que justificaba el viaje. Sin embargo, para ser eso lo que el director nos quiere contar, no parece demasiado interesado en los problemas reales, ni en la idiosincrasia de las poblaciones indígenas más allá de la recreación, bastante confusa, de alguna matanza (vamos, que sus costumbres le suscitan bastante más curiosidad a Bernal Díaz del Castillo, allá por el siglo XVI). El punto más flojo lo alcanza la cinta ya hacia su final, en la insistencia en los planos de un jinete en el que Scott parece querer simbolizar la furia conquistadora. Quizá el hecho de que su estilo narrativo se torne aquí bastante confuso se deba a un deseo de plasmar visualmente los resultados de la ineptitud de Colón para llevar a cabo acciones de control de un territorio aún por definir. Su esfuerzo en la construcción de ese nuevo mundo se limita en el film a la secuencia de la construcción de la iglesia y de la colocación de una campana, con lo que se da por sugerida la tarea de evangelización. Y es que ese írsele de las manos el mando y la conquista está mal narrado y peor rodado, y aburre hasta al espectador mejor dispuesto. Por si fuera poco, el director se olvida de recalcar lo que afirmaba al principio: que las hazañas son de los que se atrevieron. |