GLADIATOR (Gladiator, 2000)  
Ficha
Top
Sumario
Por Jorge-Mauro de Pedro

Cartel de la película





























 
Miradas de Cine © 2002-2003

Una de romanos

«He intentado evitar togas, sandalias y todo eso. Aquí nadie se tiende en un sillón a comer uvas» Ridley Scott.

«Incluso la tragedia debe tener estos seis elementos: trama, personajes, poesía, ideas, espectáculo y música» Aristóteles. Poética 1.450 A 7-10

Esto es cine. ¿Cine-evasión? Pues indudablemente... también. ¿Espectáculo bajo en calorías? ¿Experiencia hueca y ruidosa? ¿Vano intento por recuperar el peplum? Quizás, quizás. Pero... ¿por qué nos gusta tanto desacreditar aquello que logra entretenernos de una manera desprejuiciada?

Gladiator toma prestado (soy muy tibio: el punto de partida es una evidente fotocopia) el argumento y la cronología –-siglo II d. C.– de La caída del Imperio Romano (The Fall of the Roman Empire, 1964. Anthony Mann) (1), substituyendo a su brillante plantel actoral (Guinness, Mason y la Loren) por un musculado, acaparador y egocéntrico Russell Crowe, dispuesto a matar bárbaros, capadocios, tigres o emperadores. ¡Menudo es él!

No esperen moralejas religiosas a lo Quo Vadis? (id, 1951. Mervyn LeRoy), Los diez mandamientos (The Ten Commandments, 1956. Cecil B. DeMille) o La túnica sagrada (The Robe, 1953. Henry Koster) (aunque la única enseñanza que puede extraerse hoy en día de esta última sea lo mal que quedan los films rodados en CinemaScope al pasarlos por televisión). Muy al contrario: la mayoría de los (desorientados) personajes desconocen el primitivo cristianismo y practican el animismo, un panteísmo bien intencionado o una adoración politeísta plagada de penates e igualmente satisfactoria.

El tema de la venganza –eje conductor de Ben-Hur (id., 1959. William Wyler)– articula también este film. Con una salvedad que lo adapta a los tiempos: Charlon 'from my cold death hands' Heston buscaba los restos de su vilipendiada familia y se encontraba, de rebote, con un milagro (aunque el verdadero milagro fuese tener a gente como Miklós Rózsa componiendo). El héroe de esta ha perdido de buen principio a su mujer e hijo, siendo la suya una cruzada marcadamente nihilista que sólo encontrara descanso en la propia muerte (Maximus dixit: «la muerte nos sonríe a todos y lo único que podemos hacer es sonreírle nosotros»).

Olvidadas las vidas ejemplares a lo Sinuhé el egipcio (The Egyptian, 1954. Michael Curtiz) y desterradas las coartadas históricas o las odiseas constructivas (Tierra de faraones (Land of the Pharaons, 1955. Howard Hawks)), nos queda lo fundamental, lo básico –quizás demasiado básico para quienes ya manejen con cierta soltura los tópicos del género–.

Los gladiadores utópicos y humanistas de Espartaco (Spartacus, 1960. Stanley Kubrick) dejan paso a mercenarios dispersos, desertores de un ejército legendario, asesinos, tunantes o generales caídos en desgracia. Todo presentado en un marco incomparable y tramposo: el coliseo romano como nunca antes lo habíamos visto, convertido en un zoológico bastante parecido a los actuales estadios de fútbol. Pasión exacerbada, ocio sádico y mucha, mucha violencia. ¿Qué mas se le puede pedir a un domingo cualquiera?

La decadencia del Imperio –sin llegar a los extremos erótico festivos de Calígula (Caligola, 1979. Tinto Brass)– se hace patente en el relevo del sufriente y espartano Marco Aurelio (Richard Harris) por parte de su desequilibrado vástago Cómodo (Joaquin Phoenix), a pesar de los denodados esfuerzos del primero por romper la línea sucesoria. El emperador-filósofo admira las cuatro virtudes platónico-aristoteliano-estoicas (sabiduría, justicia, fortaleza y templanza), ignorando las de su hijo: devoción a la familia y ambición con buenos fines (2) (Un ideario muy querido por los Corleone, por cierto). A todo este fregado asiste impertérrito nuestro rudo Maximus, víctima de sus relativos éxitos guerreros y no muy capacitado para prever conjuras palaciegas.

La apuesta de Scott –y esto lo hace siempre, por muy decentes que sean los argumentos sobre los que se asientan sus películas– es nuevamente visual: Roma es una megalópolis angustiante, una Los Angeles sin petroquímicas ni pirámides, Las Vegas de piedra digital donde probar suerte y perderlo todo al dictado de un dedo que apunte al cielo o... al suelo.

Rodada en los lugares más convenientes a nivel de producción, no alcanza el toque naïf de otras aventuras itinerantes y algo cochambrosas (Helena de Troya (Helen of Troy, 1955. Robert Wise) o qué bien le sentaban las túnicas a Brigitte Bardot; Alejandro Magno (Alexander the Great, 1956. Robert Rossen) o Salomón y la reina de Saba (Solomon and Sheba, 1959. King Vidor), durante la cuál Tyrone Power aprovechó para pasar a mejor vida en nuestro país).

Scott –-zorro viejo– conoce la importancia del arranque en las películas de esta naturaleza: para la batalla inicial contra los germanos (rodada en Surrey, Inglaterra), mandó quemar 160 hectáreas de bosque, construir 2000 corazas y preparar 26.000 flechas. (3)

En su momento a todos nos parecieron excesivos los oscars a la mejor película y mejor actor para esta super-producción. Eso fue poco antes de contemplar, atónitos, como se llevaban premios gordos cosas como Una mente maravillosa (A Beautiful Mind, 2001. Ron Howard) o Chicago (id., 2002. Rob Marshall), transformando definitivamente el evento en una ópera bufa donde de vez en cuando se cuela algún marciano de la talla de David Lynch, Atom Egoyan o Aki Kaurismäki. Eso sí, sólo para mirar, ¿eh? A los freaks se les muestra detrás de los barrotes, unos cuantos cacahuetes y a otro menester.

Gladiator es quizás la demostración palpable de que se puede enganchar de nuevo al espectador (de cualquier edad y condición) recurriendo a argumentos clásicos. O quizás –seamos maliciosos– una prueba más de que sólo les quedan esas armas: invocar nuestra memoria histórica y esperar que cubramos con nuestra nostalgia enormes vacíos: hay espectáculo y buena música, algún que otro personaje, pero... ¿trama? ¿Poesía? ¿Ideas?

Esto no es Roma. Sólo Hollywood.

(Interpelaba un periodista a Saquille O'Neal –pivot de los Ángeles Lakers– a la vuelta de su viaje a Grecia...)

¿Vio usted el Partenón?
¡No me dio tiempo a visitar todos los bares!

(1) La voluntad de revival es clara... "La caída del Imperio Romano" fue la última película del siglo XX sobre la antigua Roma.
(2) "Peplum. El mundo antiguo en el cine", de Jon Solomon. Alianza Editorial. Pág. 104.
(3) Íbid, pág. 108.