| HANNIBAL (Hannibal, 2001) |
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Ridley’s RessurectionLa leyenda del buen artesanoTengo que reconocer que siento cierta debilidad hacia la artesanía fílmica. Quiero decir, que pese a que suelo admirar más a los realizadores sujetos a la esclavista política de autores –cómo la gran mayoría de la crítica–, no puedo evitar el goce cómo espectador al reconocer una obra bien trabajada, por más que ande hueca de personalidad. Si actualmente hablamos de artesanía fílmica te pueden venir a la cabeza nombres cómo William Friedkin, Lawrence Kasdan, Peter Weir, el último Francis Ford Coppola, Alan Parker, el fallecido John Frankenheimer, John McNaughton... es decir, cineastas hoy en día subvalorados por su irregular carrera, que sin embargo, ejerciendo cómo el motor del Hollywood moderno, ofrecen su veteranía artística a la concepción de productos firmados con el mejor acabado posible. Por eso, muchas de sus películas, a pesar de tener guiones flojos o directamente horribles, acaban resultando simpáticas únicamente por su acabado formal, su buen cauce narrativo y un ordenado sentido de la estética cinematográfica. Y es que hay quien disfruta más con el Steven Spielberg menos trascendente, cómo en sus últimas Minorty report (Ídem, 2002) o Atrápame si puedes (Catch me If you can, 2002), que con el operístico trazado de “grandes obras” cómo La lista de Schinlder (Schindler’s list, 1993) o Salvar al soldado Ryan (Saving Private Ryan, 1998). Cómo digo, es cuestión de gustos, aunque no creo que deba haber ningún problema en que alguien se lo pase igual de bien, viendo unos films u otros. Ridley Scott tuvo la mala pata de empezar su carrera cinematográfica con dos films que hicieron leyenda: Alien, el 8º pasajero (Alien, 1981) y Blade Runner (Ídem, 1982). Dos películas fascinantes erigidas cómo prontas cult movies que confundirían el innegable talento cómo realizador de Scott con un realizador de ínfulas autorísticas, conjunción que reventó, en todos los sentidos, con las obras más ambiciosas y menos logradas de Scott: Legend (Ídem, 1985) y 1492: La conquista del paraíso (1492: The Conquest of Paradise, 1992). De hecho prácticamente se podría decir que desde Blade Runner hasta Gladiator (Ídem, 2000) Ridley Scott se había dedicado exclusivamente a producir y dirigir películas para poder recuperarse de dichos films. Es decir, pasaron para Scott casi dos décadas en las que su talento cómo creador de atmósferas y sabiduría para escoger proyectos de difuminaron entre thrillers al uso (La sombra del testigo / Someone to watch over me, 1987, Blade Runner), un éxito comercial pero nulo de talento artístico (Thelma & Louise / Ídem, 1991), un proyecto de correcta manufacturación artística pero de nulo éxito comercial (1492: La conquista del paraíso) y películas que no se bien cómo definir para no entrar en el improperio fácil –¿fascistas?– (Tormenta blanca / White Squall, 1996, La teniente O’Neill / G.I. Jane, 1997). La situación era tan grave que hasta muchos críticos no dudaban en resaltar al incapaz del hermano de Ridley, Tony (no lo olvidemos, el firmante de Top gun / Ídem, 1986), cómo mejor cineasta que éste. Dentro de lo medianamente atractivo que me resulta Gladiator, la simpatía que realmente me despierta este film es debida a que nos sirvió para recuperar al mejor Scott, que parecía haber aprendido con los años a tomarse un poco más en broma este arte que el ya entendía plenamente como industria. Por eso, a falta de ver el último Matchstick men (Ídem, 2003), los dos films realizados por el británico post-Gladiator, Hannibal y Black Hawk derribado (Black Hawk down, 2001), poseen ciertos síntomas que nos indican que Scott ha alcanzado su plenitud creativa cómo cineasta –por el mero hecho de volver a tener buen olfato a la hora de elegir proyectos–, y que hemos de saber disfrutarlo antes de que vuelva a toparse con un bache del corte de Legend, o a una actriz del talante de Demi Moore. Un festín sólo para iniciadosLa trilogía que tiene cómo protagonista a Hannibal Lecter y que –teniendo en cuenta que ya existía un film precedente, Hunter (Manhunter, 1986. Michael Mann), de la que El dragón rojo (Red Dragon, 2002. Brett Ratner) podría figurar cómo un remake– constituirían los films El silencio de los corderos (The Silence of the Lambs, 1990. Johnatan Demme), Hannibal y El dragón rojo, posee una gracia especial, al igual que ocurre con la saga Alien, al haber sido dirigido cada film por un realizador distinto. Si bien Johnatan Demme, Ridley Scott y Brett Ratner no poseen la mirada personal que si poseerían el póker conformado por el primer Scott, James Cameron, David Fincher y Jean-Pierre Jeunet, y que conformarían cada film de la saga Alien en una obra radicalmente distinta de las precedentes, y además, los tres directores se verían bajo el estricto control del magnate Dino de Laurentiis, que si bien quedó satisfecho con la película de Scott, prefirió para su tercer film eliminar cualquier figura barroca, al ceder la realización a un director tan impersonal cómo Brett Ratner. Pero vayamos por partes. Hoy en día ya nadie duda de que El silencio de los corderos es un buen film dramático, aun a pesar de estar dirigido por alguien tan limitado como el realizador Johnatan Demme. En esta ocasión, el buen guión de Ted Tally basada en la interesante novela de Thomas Harris, el abuso de los primeros planos fijos de Demme, y la impecable interpretación de su dúo protagonista, Anthony Hopkins y Jodie Foster, obtuvo cómo resultado un obra artísticamente perturbadora, manteniendo un más que acertado equilibrio entre horror y drama. Dado el éxito obtenido por el film, galardonado con cinco Oscars en las categorías principales (película, dirección, interpretación masculina y femenina y guión adaptado) y con una alta rentabilidad en taquilla, no es de extrañar que Dino de Laurentiis llamara cada semana a Harris para saber si ya había terminado una secuela a las andanzas del Dr. Hannibal Lecter. Quizás alguien se enfade, pero la verdad, es que una vez visto el trabajo de Harris en Hannibal, habría que estar satisfechos a que en la adaptación fílmica no aparecieran ni el realizador ni la actriz principal de la primera. Sea cual fuera la razón por la que decidieron no formar parte del film, la realidad es que el tono gótico y sangriento de Hannibal no era el más apropiado para el realizador de Casada con todos (Married to the Mob, 1988), y Jodie Foster, habría de haber variado 180º su interpretación de la agente Clarece Starling, pues la agente del FBI de Hannibal resulta mucho más madura y cerebral que la de El silencio de los corderos –con lo que, no se puede negar, pierde mucha entereza y se embute en un vestido algo esquemático–. Así el film podía haber caído en cualquier mano, pero dado el éxito obtenido con Gladiator por Scott, y las excelentes dotes que ya despuntaba la actriz Julianne Moore –que había estado nominada al Óscar el año anterior por Boggie Nights (íd., 1999. Paul Th. Anderson)–, estos fueron los elegidos, y al menos en el papel del realizador, hay que reconocer que Scott supo sacar lo mejor del guión que elaboraron dos de los mejores escritores del Hollywood actual: Steve Zaillian y David Mamet. Hannibal se abre y se cierra de una manera ciertamente peculiar. La primera escena del film, que sirve de prólogo del mismo, se abre mediante una ventana que nos invita a entrar en el nuevo mundo del Dr. Lecter. Cuando la ventana se amplía hasta ocupar todo el ancho del formato, descubrimos al que será el villano antagonista de la historia, Mason Verger (un irreconocible, físicamente, Gary Oldman), la única víctima viva de Lecter, quien le obligó a arrancarse la piel de la cara y dársela de comer a los perros –una de las bazas del film, sólo válida para los amantes de género, es su fuerza plástica con respecto al gore inherente en la misma, mucho mayor que en su precuela y en su secuela–. Y se cierra en un plano fijo del ojo de Lecter encerrado en un círculo, donde nos despedimos del Doctor, que al igual que en la primera parte, sale victorioso de la aventura, con ese guiño final tremendamente sarcástico, en que da de comer a un niño los sesos del pobre Paul Krendler (Ray Liotta, en su vena más freak). En medio de estas dos ventanas tenemos Hannibal, un festín de género totalmente barroco y divertido, donde el romanticismo parece heredado de los mismos canales de Florencia, y el horror, fluye directamente de la sangre y las vísceras de las víctimas. Mucha gente despreció Hannibal al sentirse rechazada ante la exhuberancia de su violencia, mucho más contenida en el film de Demme, que incluso se la tachó de gratuita y efectista. No sé, quizás tengan razón, pero la verdad es que la visceralidad y socarronería de Hannibal superan con mucho el film precedente, conviertiendo la película en un chiste refinado, donde los antihéroes cómo Lecter y Starling –que en el film posee el record guiness del policía que más delincuentes ha matado– se pueden permitir salir airosos, e incluso disfrutar de alguna que otra escena romántica, cómo la impagable cena final con los sesos de Krendler cómo plato principal. El film de Scott, pese a estar dividido en dos partes significativs –las pesquisas fatales del Detective Pazzi (un excelente Giancarlo Giannini) por capturar a Hannibal en Florencia, y la resolución del final de vuelta en los EEUU– ambas mantienen su primigenio interés, apoyándose sobre todo, en la perfecta puesta en escena de Scott, que si bien, sigue teniendo algunos lapsus narrativos importantes, y alguna que otra escena para borrar de la cinta y quemarla –por ejemplo, los títulos de crédito iniciales, o la presentación de la Agente Starling cómo una nueva miembro del cuerpo de Corrupción en Miami–, mantiene una acertada conjunción de todos los elementos que crean esto del cine –fotografía, banda sonora (una atractiva y dulce composición de corte clásico de Hans Zimmer), dirección artística...– El realizador de Blade Runner se divierte con el material a tratar, le pierde algo de respeto y comete algunos excesos, pero todo con un fondo travieso bastante interesante, tanto o más, que el propio Hannibal Lecter. Quizás el truco para disfrutar cómo se
debe Hannibal sea el intentar desmitificar a las figuras cinematográficas
cómo Lecter, bajarlas de su bastión de intocables y saber
divertirse con ellas. Así que ya sabemos que el film de Scott no
está a la altura que el de Demme, pero no por ello nos neguemos
el disfrute de este Scott plenamente recuperado. |