LA SOMBRA DEL TESTIGO (Someone To Watch Over Me, 1987)  
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Sumario
Por Joaquín Vallet Rodrigo
Cartel de la película
Miradas de Cine © 2002-2003

Anodino ejercicio de estilo

dley Scott es, antetodo, un esteta. Y ello queda más que patente en cada una de las películas que componen su filmografía. Su escritura cinematográfica se basa, casi exclusivamente, en la forma antes que en el contenido, en el artificio antes que en la naturalidad y, por consiguiente, gran parte de sus pretensiones visuales acaban acercándose a la más desbocada aparatosidad. Esto que, a priori, no resulta tan malo como muchos puristas del lenguaje fílmico creen, acaba pasándole factura a gran parte de la obra de Scott en la que se evidencia (de manera flagrante) un desdeñoso desprecio a la base literaria (evidentemente, el guión) en pro de un altanero narcisismo cinematográfico. Dicho de otra forma, Scott es un hombre de talento. Y su mayor problema es que él lo sabe e insiste en demostrarlo de la manera más ordinaria posible: el exhibicionismo.

Esto ha provocado que, salvo en las muy contadas ocasiones en que ha tenido a su disposición un guión de calidad (Los duelistas, Blade Runner y Thelma & Louise), el resto de su filmografía no sea más que el ansia compulsiva de la apariencia. Sólo eso. Ya sea en la sobrevalorada Alien, como en las peligrosamente reaccionarias La teniente O´Neil, Tormenta blanca o Black Hawk derribado.

La sombra del testigo, por su parte, es el paradigma de todo lo comentado, un clarísimo ejemplo del estilo de Ridley Scott y una de las películas más anodinas de una filmografía caracterizada por su tremenda irregularidad.

Veamos, nos encontramos con un guión de Howard Franklin (posterior autor de la discreta El ojo público) que no se define por ser el prototipo de la originalidad. Dos años antes, Peter Weir había obtenido un clamoroso éxito con Único testigo y los thrillers (con o sin deponentes) comenzaban a estar de moda. Ante ello, la base dramática del libreto de Franklin se encuentra saturada de todos los tópicos que marcan las directrices genéricas del momento: un asesinato, la testigo (atractiva y de alto status social), el policía encargado de protegerla y la inevitable relación entre ambos. Si a todo esto añadimos el decoroso tufo a la “nueva moralidad USA” de la presidencia Reagan, tenemos como resultado un guión tan insignificante como (presuntamente) funcional para el espectador poco exigente.

Ahora bien, la puesta en escena de Scott pretende elevar el nivel del trabajo de Franklin, destrozando por completo el nexo de unión entre las intenciones literarias y las formales. Al igual que sucedería en la posterior Black Rain (también con un argumento más que mediocre de Craig Bolotin y Warren Lewis), el estilo del cineasta se impone por encima de todo. Y esto es especialmente nocivo en La sombra del testigo, ya que no hay conexión entre “lo que se cuenta” y “la manera de contarlo”. Scott opta por la no sumisión al texto y compone una puesta en escena preciosista, de encuadres ampulosos cercanos, en ocasiones, al barroquismo visual de Blade Runner (2), potenciado por la contrastada fotografía de Steven B. Poster quien desarrolla un desfile de claroscuros que complementan, perfectamente, las intenciones de Scott. Ello provoca que el cineasta no observe la obra en su conjunto, ni tenga en cuenta que una realización recargada escinde, de forma radical, la integridad del resultado final.

Es decir, ante la ramplonería de un guión cargado de futilidades, la contundencia del trabajo de Scott provoca la más sorprendente desorientación, ya que el espectador intenta buscar un doble significado o una interpretación adicional a lo que, sencillamente, es la vulgar historia de una testigo, una infidelidad y un sádico asesino. Nada más.

Amén de ello, La sombra del testigo posee otro serio inconveniente que dificulta la llegada a buen puerto de la obra: Tom Berenger. Uno de los actores más insufribles y olvidables de su generación (en aquel tiempo en boca de todos gracias a su participación en Platoon), que convierte a Mike Keegan, personaje ya de por sí plano, en una desangelada caricatura de pasmosa inexpresividad.

¡Bueno!, en definitiva, esta torpe película de Scott es una fiel representación de la idiosincrasia de su autor, de su desmesura y, sobre todo, de la enorme desproporción existente en una filmografía, en la que tienen mayor cabida los títulos mediocres que los memorables.

(1) Co-escrito junto a Danilo Bach y David Seltzer, aunque estos no estén acreditados.
(2) No olvidemos que, aunque la música original es de Michael Kamen, se incluye en la banda sonora una pieza de Vangelis (creador de la impresionante composición de Blade Runner), Memories of Green