| LA TORMENTA BLANCA (White Squall, 1996) |
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¡Os voy a hacer hombres por la gloria de mi madre!«El piloto muestra en la tempestad su saber y su valor» Séneca El señor Scott es un director de cine indudablemente eficaz. Hasta sus más desafortunadas producciones tienen un acabado formal impecable, entran bien por los ojos, se siguen con interés. No descubro nada nuevo: encontraremos un destello talentoso de aquellos que deslumbraron a propios y extraños en sus tres primeras películas, un momentazo, un alarde en la fotografía, alguna pirueta en el montaje. Lo peor de la filmografía del hermano listo de los Scott (de Tony ya hablaremos cuando le den el oscar) son las consecutivas y sonrojantes La tormenta blanca y La teniente O'Neil (G. I. Jane, 1997). No tanto por lo flojas –argumentalmente hablando– que son, sino por la "filosofía" que ambas destilan. Un tufo reaccionario que es difícil obviar. Vamos, que a su lado Leni Riefenstahl era una simple aficionada, zafia y pedestre como ella sola. La tormenta blanca no es una historia de iniciación, no se equivoquen. La publicidad nos la vendió con esta frase: «la fuerza más poderosa de la naturaleza es la voluntad de sobrevivir». Pero en realidad se trata de una apología para-fascista con todos –y digo, TODOS– los tópicos de este tipo de engendros. Nada que envidiar a los productos más reaccionarios de la era Reagan. Les cuento. El epicentro de la viril acción es una especie de buque escuela para chavales problemáticos o con dificultades de adaptación de diversa índole. Allí se dan cita adolescentes desorientados, personalidades a medio forjar, individuos con algún episodio traumático... en fin, gente que se busca a sí misma y todo ese rollo de los libros de autoayuda de Richard Bach. La tripulación está compuesta por un cocinero cubano, un profesor de literatura con el síndrome Robin Williams, una mujer encargada de las ciencias y de darle calor al capitán y... si, claro, el capitán propiamente dicho. Jeff Bridges. El mandamás de a bordo es un lobo de mar a la vuelta de todo que sabe cuál es su cometido: coger a esa proto-escoria social y moldearla a su imagen y semejanza (puestos a escoger un modelo...) ¡Hacerles hombres, cooooño! ¡Ciudadanos americanos! ¡Que aprendan un par de cosas sobre la vida, que ya va siendo hora! El hombre este no conoce precisamente el tacto o la diplomacia...
¿por qué tratar de pasar por un tipo comprensivo cuando
se puede gritar una orden y una docena de mocosos temblorosos te obedecen?
Y a eso es pues a lo que se dedica: como si del sargento de La chaqueta
metálica (Full Metal Jacket, 1987) se tratase, impone disciplina,
ley y castigos. Cosas fundamentales para la maduración del individuo
(ya te digo). Aprender a acatar órdenes. Pero hete aquí que llega el momento culminante, el que debe de dotar de significado al conjunto. Cuando ya parece que se ha formado un equipo humano estable, cuando la maquinaria del estado los ha terminado de alienar y convertir en perfectos sujetos uniformizados... ¡la gran prueba! Un desafío a la altura de las jóvenes juventudes hitl... americanas, quiero decir. Se cierne sobre ellos un fenómeno atmosférico que es el no va más, oiga –La tormenta perfecta (The Perfect Storm, 2000) aquella del Clooney era una tempestad en un vaso de agua al lado de esta–. Una extrañísima y no muy bien argumentada tormenta blanca pondrá a cada cuál en su sitio. El barco no tarda en zozobrar. Aquello es el caos: unos y otros tratan de salvar el pellejo de la mejor forma que Dios les da a entender. El duro entrenamiento y la disciplina militar no parecen servirles de gran cosa ante la magnitud de la tragedia y parte de la joven tripulación perecerá en el intento. Al ser rescatados y regresados a buen puerto, la justicia se abate sobre el capitán, acusándole de imprudente e inepto. Él también es un hombre tocado: en el siniestro ha perdido a su sufrida señora, atrapada en uno de los camarotes y engullida por las fuerzas de la Naturaleza. Pero ese hombre individualista y algo hosco representa lo mejor de los USA, caray. La superación, la pervivencia de los valores fundamentales que nos inculcaron los padres de la Patria (a estas alturas ya tenemos todos la mano en el pecho y miramos transidos la bandera ondeante). ¡No, de ninguna manera puede ser condenado! Los jóvenes supervivientes –que padecen, claramente, el síndrome de Estocolmo– aprovecharán el juicio para escenificar una performance tierna y emotiva que convence al derrumbado capitán de que debe seguir luchando por conservar su licencia y (re)educar a sanguijuelas infectas como ellos, que hubiesen caído en vicios inimaginables de no ser por la mano dura de este espadón de agua salada. Ridley Scott tiene mucha maña contando historias.
Aunque viendo películas como esta, uno se pregunte quién
fue realmente el artífice de aquel milagro titulado Blade runner
(id., 1982). Porque no hay mayor pecado que poner el propio talento
al servicio de quienes tratan de ideologizar a las masas. Y La tormenta
blanca es un vergonzoso ejercicio de adoctrinamiento. |