| LOS DUELISTAS (The Duellists, 1977) |
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Cuestión de honorResulta muy curioso el hecho de que la que probablemente sea la obra más desconocida de Ridley Scott, o al menos la que pasa más desapercibida entre toda su filmografía, sea también uno de sus mayores logros cinematográficos en todos los aspectos, un hecho digno de mención si tenemos en cuenta que suponía el debut en la dirección del hombre que ocupa nuestro estudio, pero sobre todo por la injusticia que supone que caiga en el olvido una joya como ésta. ¡Que el diablo me lleve! Ante tan grave afrenta, ¡Exijo una satisfacción inmediata!. Bueno, eso o algo parecido es lo que diría Feraud, el temperamental personaje encarnado por Harvey Keitel en la película ante una situación como ésta, o incluso más insignificante. Afortunadamente estamos en el siglo XXI y eso de los duelos está algo desfasado, así que intentaré colocar al film en el lugar que le corresponde sin hacer uso de la espada. Además, ¿Quién las necesita hoy en día, existiendo las armas químicas? Pero insisto, vayamos a la película… Gerald Vaughan-Hughes adaptó de forma particularmente fiel la novela corta "The Duel", de Joseph Conrad (aquí titulada del mismo modo que la película), conservando los elementos fundamentales del relato, con muy pocos añadidos y un final abreviado, pero mucho más intenso, en un guión muy propicio para trasladar con éxito a la pantalla (y Scott supo coseguirlo) el verdadero espíritu de la historia. Lo que cuenta, es el camino seguido por dos oficiales de caballería del ejército napoleónico (Gabriel Feraud y Armand D’Hubert, a quienes dan vida Harvey Keitel y Keith Carradine, respectivamente), que a partir de un asunto insignificante comienzan una disputa (más bien la comienza Feraud) que se irá prolongando duelo tras duelo durante largos años, llegándose incluso a olvidar el absurdo motivo del origen de la riña. Con el avance del tiempo y el temible boca a boca, la historia de los dos duelistas irá adquiriendo dimensiones legendarias (aunque este aspecto resulta mucho más enfatizado en la novela) y a la vez crecerá la necesidad de un desenlace que consiga tranquilizar sus almas. Pero no será tan fácil. Las carreras militares de ambos contendientes van por caminos separados, y las reglas del honor y la disciplina impiden enfrentarse en duelo a dos contendientes de diferente graduación, así pues, sólo podrán enfrentarse cuando sus caminos se crucen y los ascensos de su adversario o los propios se lo permitan. Scott rueda con una sorprendente sobriedad, cuidando al máximo los planos, que muchas veces se asemejan a auténticas pinturas, sin tener demasiado que envidiar a la excelente Barry Lyndon que Kubrick rodara un par de años antes con un presupuesto muchísimo más elevado (Los duelistas ni siquiera costó un millón de dólares), y con la que comparte algunos parecidos, siendo el principal la presencia de los duelos y el honor, que sin embargo, aquí tienen un mayor protagonismo. La forma en que se ruedan los duelos debería ser un ejemplo a seguir por muchos, pues la claridad es la constante común en la percepción visual de todos ellos, a pesar de estar rodados de distinto modo evitando así caer en la monotonía. La cámara está siempre donde debe, permitiéndose algunos insertos de una espada cortando un trozo de piel, o de una mortal estocada, pero en ningún momento confundiendo al espectador. El duelo a caballo es quizá el presentado de una forma más diferente pero igualmente efectiva sobre todo dada la brevedad del mismo, insertando imágenes de los duelos anteriores mientras los caballos de los dos oponentes van aproximándose al galope, antes del único choque del duelo, que terminará prematuramente (es decir, sin la muerte de ninguno de los adversarios, como todos los anteriores) pues la sangre de la herida recibida en la frente, cegará a Feraud, interrumpiendo la lucha. Los escenarios naturales contribuyen en gran parte a la belleza de las imágenes, con total ausencia de decorados, así como el vestuario, el maquillaje y todos los aspectos puramente artísticos, incluyendo aquí las interpretaciones, encabezadas por los dos duelistas que se elevan destacadamente por encima del resto del reparto, pues la propia historia está centrada única y exclusivamente en ellos dos (aunque conducida a través del personaje de Carradine, del mismo modo que en la novela) y esto ya se deja advertir en los títulos de apertura en los que de entre todo el reparto, únicamente figuran sus dos nombres. Pero sobre todo hay que dejar un hueco destacado a la fotografía de Frank Tidy, que combina sabiamente las luces con las sombras sacando el máximo partido a cada escena. Herman Melville escribió una vez: «En el arco iris, ¿quién puede trazar la línea donde acaba el color violeta y empieza el anaranjado? Vemos con claridad la diferencia de colores, pero ¿dónde exactamente, se mete el primero en el otro, mezclándose con él?». Esta acertada observación que Melville utilizara para relacionar la cordura con la locura, ilustra a la perfección lo que ocurre con los cielos que se ven en Los duelistas. La fenomenal labor de Tidy logra unos cielos sólo parcialmente iluminados, en su parte inferior, cubiertos por unas crecientes tinieblas, sin una línea divisoria clara. Esto puede interpretarse fácilmente como un reflejo de la dualidad presente en todo momento en la película, de las personalidades de los protagonistas y de su mutuo enfrentamiento. Feraud, un loco fanático de los duelos, temperamental y quizá un tanto amargado, es la oscuridad que se cierne sobre D’Hubert, más reservado y equilibrado, pero también orgulloso, y ese orgullo unido al fanatismo de su adversario será precisamente el que les impulse a continuar su lucha, a pesar de que cada vez transcurra más tiempo, incluso años, entre un enfrentamiento y otro. A su vez, la larga pugna va propiciando un acercamiento, que vincula extrañamente a D’Hubert con Feraud, convirtiendo su relación no ya en un amor-odio, que sería del todo imposible, pero si en un respeto-odio muy interesante. «Nadie se bate tres veces con un hombre para luego hablar mal de él», llega a decirle a su general el personaje interpretado por Carradine. Ésta extraña atracción alcanza su culmen en la fantástica secuencia de la campaña rusa, la última vez que se verán los oponentes antes de la caída de Napoleón, y en la que D’Hubert acepta internarse junto a su eterno rival en medio de la tormenta de nieve dispuesto a matar a los cosacos, sus enemigos comunes. A pesar del rechazo de Feraud a su invitación a un trago tras matar a los rusos, y a pesar de las difamaciones que éste va lanzando sobre él por toda la ciudad, D’Hubert le salvará el pellejo de la comisión especial que se forma contra los bonapartistas al recuperar el trono Luis XVIII. Pero basta tomar la frase de D’Hubert que cierra la novela (aunque en el film no se diga como tal, queda perfectamente patente lo que se dice), para ejemplificar esta atracción: «Es extraordinario, cómo, de un modo u otro, este hombre se las ha arreglado para introducirse en mis más hondos sentimientos». Otro detalle digno de mención es una excelente elipsis que ignora por unos instantes el destino de la última bala del último duelo (por otra parte el único con pistolas), dejando al espectador en un pequeño suspense mientras la historia se entretiene en la reunión de D’Hubert con su amada, para luego regresar a Feraud, caminando sombrío por el bosque. Entonces, la cámara se interna en los árboles y la voz en off continúa donde nos habíamos quedado, y luego ya, entrando también la imagen en la escena interrumpida, vemos la sentencia de muerte de Feraud, que será inmediatamente acatada por éste, cuyo rostro ajado en el perturbador plano final es el de un auténtico cadáver viviente. Los duelistas fue un debut inmejorable para Ridley Scott, llegando a alcanzar la Palma de Oro en el Festival de Cannes, y también un preludio perfecto para Alien y Blade Runner, que junto con este comienzo conforman a mi juicio sus tres mejores películas. |