| Estudio Robert Rodríguez. En contra |
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¿Sangre por talento?Cuenta la leyenda que Robert Rodríguez se financió El mariachi (id., 1992) donando fluidos corporales primordiales (sangre, me refiero a la sangre, cochinos) y participando en experimentos sobre el efecto de las drogas... en el poco socorrido y nada agradecido rol de conejillo de indias. Con 7000 dólares en el bolsillo y lo que quedaba de su cuerpo humano, logró poner en pie una película simpática y cutre en 16 mm, que tenía y tiene como principal argumento a su favor esa coletilla que sus incondicionales no se cansan de repetir: «pero es que está hecha con dos perras, ¿sabes?». En esto del cine el dinero pocas veces puede ser considerado un factor sin importancia alguna, trivial, irrelevante. Así como para poner en pie literatura de la buena no se necesita estar sobrado de posibles –a Descartes le valió una estufa, a Faulkner una buena pipa y un perro faldero, a Baroja una boina–, en la cosa de los fotogramas la estrechez o pobreza de medios sólo puede quedar compensada con el talento. Y tiene que haberlo a raudales para que la producción no revele ostensiblemente niveles próximos a la indigencia. Bueno, pues Rodríguez hizo una "película" tras un par de cortos de éxito y pasó, de la noche a la mañana, a engrosar la lista de una major hollywoodiense. Eso era en el cretácico, cuando "lo digital" y su circunstancia no amenazaban al formato cinematográfico clásico. (¿Sacrificará el cine la factura, el acabado, a cambio de su definitiva democratización? ¿No existe cine sin impostura? ¿La reducción de costes no será una simple excusa para hacer más cantidad de cine malo económicamente rentable? No se impacienten, aguarden una década y estén atentos a sus pantallas). Sí, hoy en día corre por ahí algún gurú de las nuevas tecnologías que asegura que con esa inversión de 7000 dólares podría haber rodado una super-producción e invitar con lo que sobrase a una mariscada a todo el equipo. Incluso queda alguna alma cándida que cree que las películas Dogma –con su estilo "primera-comunión-live"– cuestan cuatro perras, na, que el dilema está entre tomarse unas birras o rodar un film. Digamos de antemano que trabajar con un centenar de cámaras digitales –por poner el ejemplo más publicitado– no está al alcance de cualquier amateur colgao. Tienes que tener nombre compuesto y una productora propia... créanme que ayuda mucho. Queda pues aquí formulado el principal aserto sobre el que fundamentaré mi acusación al avispado de Roberto: «el arte povera aplicado al cine no debe ablandar el juicio crítico de nadie». Sí, muy bien, has logrado hacer algo con sangre, sudor y lágrimas, pero... lo siento, el resultado es flojo. Muy flojo. Robert Rodríguez fue lo suficientemente listo como para montarse al carro del que tiraba Tarantino. Estuvo en el lugar adecuado en el momento adecuado. Otros se quedaron en el camino -Avery y su mediocre Killing Zoe (id., 1994)-. El colegueo con Quentin le permitió poner en pie su mejor película, Abierto hasta el amanecer (From Dusk Till Dawn, 1996) y su divertido episodio –nuevamente, con el parasol del director de Pulp Fiction– para Four Rooms (id., 1995). Decir que la mejor película de alguien es Abierto hasta el amanecer ya debería de ponernos los pelos como escarpias. Entiéndaseme: es un divertido ejercicio de género, dos películas en una que sirvieron para consolidar al fotogénico George Clooney y convertir a Salma Hayek en... una actriz dotadísima para la... interpretación. Pero nada más. En su momento todos picamos y nos tragamos el anzuelo, pasamos un buen rato en La Teta Enroscada y la olvidamos todo a la mañana siguiente, para descubrir con el tiempo que no era ni mucho menos un producto mediocre (no hablo de sus continuaciones). Y es que Robert se ha aferrado a las tres peliculitas que le dieron fama, haciéndose un lugar bajo el sol con su calculadora, sus lucrativas labores de productor y su cuenta de resultados –con el "debe" y el "haber" perfectamente balanceados–. Este es su plan de rodaje: presupuesto ajustado de partida y lo mismo pero con más explosiones cuando el buque insignia ha demostrado su eficacia. La apuesta no falla. Si por él fuese, el cine seguiría siendo aquella atracción de barraca de feria con la que concluyó el siglo XIX: pasatiempo de lelos o domingueros, catalizador de expresiones de asombro, incredulidad por un níquel: "ohhhhhhh!", "¿cómo harán esto?", "tremendo", "guay"... Parafraseando al alocado y hedonista personaje de 24 hour party people (id., 2002) –que a su vez tomaba prestada la sentencia de un griego que la post-modernidad se ha encargado de que olvidemos-– «lo inútil no puede ser bello». Y una de las funciones del arte es alumbrar, echar luz sobre la belleza. Rodríguez, evidentemente, juega en otra liga. "La liga de los codiciosos extraordinarios". Y henos aquí en el año de gracia de 2003, con este director de Texas dispuesto a estrenar las terceras partes de sus dos sagas de cabecera. Desde luego –y hasta donde yo sé– un record difícil de igualar, digno del mismísimo Ed Wood. Seguro que son películas entretenidas, no se me confunda, donde pasan un montón de cosas, muere un montón de gente (en aquella de las dos que es para mayores de edad, pues Rodríguez cubre todo el mercado con sus productos) y aporta una moraleja familiar (sí, los dichosos niños espías del carajo). Así pues, en una revista en la que hemos hablado de Welles, Kubrick o Hawks, permítasenos un receso, un descanso, un exabrupto. Tomemos aire mientras las balas perdidas silban a nuestro alrededor y preparémonos para los dos meses Woody Allen con los que cerraremos temporada. Mientras, diviértanse con Rodríguez, pero no vayan a creer ni por un instante que alguien lo considera un autor de cine... acepten el guiño, lean las reseñas de las películas –donde predominará la ironía, ya les advierto– y no confundan nuestra necesidad de tratar temas de actualidad con la pasión por un cineasta que, francamente querida... nos importa un bledo. |