EL MARIACHI (El Mariachi, 1992)  
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Sumario
Por Joaquín Vallet Rodrigo
Cartel de la película
Miradas de Cine © 2002-2003

¡Viva la revolución!

Puede gustar o no, pero que Robert Rodríguez tiene una particular manera de concebir el cine es algo indiscutible. Desquiciado y desatinado, su estilo oscila entre los más salvajes cartoons de la Warner y el cine de género serie B (e incluso Z). Sus propuestas se basan, fundamentalmente, en la destrucción: la destrucción de la puesta en escena tradicional, donde la hibridación de estilos y tendencias, propias de un cinéfago compulsivo, estallan en un caos visual en el que se potencia el defecto antes que mitigarlo o eliminarlo (en El Mariachi son más que constantes los fallos de raccord); la destrucción de la ortodoxia narrativa, ya que sus películas están forjadas sobre tramas argumentales simplificadas al mínimo; la destrucción visual, en el que cada plano (sobretodo en las secuencias de acción) deviene un aparatoso maremágnum formal en el que tiene cabida cualquier tipo de exceso; y, por último, la propia autodestrucción (en el sentido más literal de la expresión), concepto casi kamikaze por el que Rodríguez acomete contra su propia condición, autoparodiándose con ironía y despreciando cualquier sentido del ridículo (1).

El Mariachi es, sin ningún género de dudas, la película que manifiestamente concentra todas las constantes de la obra de Rodríguez ya apuntadas. En efecto, esta ópera prima mantiene una estrecha relación de amor-odio con el clasicismo norteamericano, adoptando sus directrices básicas aunque mutando la idiosincrasia de las mismas en un conjunto absolutamente contestatario. Dicho de otra forma, El Mariachi es, prácticamente, un western. Un western que podría estar firmado por el Raoul Walsh de Camino de la horca (1951), pero también por el Sergio Leone de Por un puñado de dólares (1964). Y es, precisamente, la fusión de ambas miradas la que le concede todo su nivel de heterodoxia: un punto de vista decididamente iconoclasta en el que la propia mirada está compuesta por un collage de miradas ajenas.

Narrativamente, la película toma partido por la más pasmosa simplicidad. De entrada se establecen unos personajes carentes de psicología, un grupo de seres absolutamente planos que asumen su maniquea condición de arquetipos. Todos ellos envueltos en una historia esquemática y, en ocasiones, sin sentido. Ahora bien, esta es la pretensión básica de Rodríguez: aportar un microcosmos de raíces paródicas para desplazar la atención hacia lo que verdaderamente importa, la imagen.

Y es, precisamente, la imagen lo que hace de El Mariachi un film tan notable. Deliberadamente operística e hiperbólica, la representación visual planteada por Rodríguez adquiere niveles enloquecidos y enloquecedores gracias a una frenética sucesión de planos, travellings, zooms etc . Totalmente desprovista de contenido dramático, la cabalgata formal con la que el cineasta nos bombardea es puro y simple exhibicionismo si bien, eso sí, exhibicionismo carente de ínfulas artísticas. De hecho, la única pretensión de Rodríguez es la de cualquier cineasta novel: hacerse notar… aunque sea con un terremoto del calibre de El Mariachi.

Es más, el seísmo creado por el cineasta hace ostensible la maniobra creativa de la sucesiva labor del realizador, proponiendo unas pautas fílmicas (e iconográficas) que Rodríguez, salvo en muy contadas ocasiones, no traicionaría.

El Mariachi, por consiguiente, es la súbita irrupción de una nueva manera de concebir el espectáculo cinematográfico. La revolución de un espectáculo de barraca de feria, barato, casposo y desmesurado aunque rebosante de locura y entusiasmo. La revolución, también, de una nueva manera de entender y (¿por qué no?) de amar el cine.