| EL MEXICANO (Once Upon a Time in Mexico, 2003) |
|
|
||||||||||||||||||
Las caras de RodriguezTal vez pueda resultar interesante (y puede que hasta esclarecedor) analizar el cine de Robert Rodriguez centrando la atención exclusivamente en sus dos trilogías. Porque son indiscutiblemente las peliculas que muestran la verdadera y extraña personalidad de su cineasta, cuyos otros dos largometrajes son trabajos a merced de un estudio y sobretodo de la marca de sus guionistas (The Faculty / íd. 1998 y Abierto hasta el amanecer / From Dusk Till Dawn, 1996 con guiones de Kevin Williamson y Quentin Tarantino respectivamente), y en donde el segmento para el film de episodios Four Rooms (id, 1995), estaría en un lugar intermedio, pues al condicionante debido a la estructura del film (el botones como nexo de unión de los cuatro segmentos) y al hecho de ser un film colectivo, se une, de manera más pronunciada que en los dos films mencionados, los intereses cinematográficos de Rodriguez. Conviene señalar de antemano que considero que el mejor Rodriguez está en Spy Kids (íd, 2000) y Spy Kids 2 (íd., 2002), mientras que el peor, con diferencia, lo representan la desastrosa Desperado (íd, 1994) y el film responsable de estas líneas, El mexicano. Estos dos ultimos trabajos son la prolongación de su film de presentación, El mariachi (1992), una película que sorprendió por la notable habilidad técnica y visual que demostró su realizador, que tan solo contó con un presupuesto de siete mil dólares para el festín pirotécnico que puso en escena. Y en este festín, que algunos vieron (como se pudo apreciar posterioremente, de forma precipitada y equivocada) como una marca de autoría de un director de aire independiente, se encuentran algunos de los elementos que Rodriguez posteriormente explotaria, paradojicamente, de forma más libre y personal, en las posteriores secuelas. Por otro lado, la trilogía de Spy Kids en primera instancia no parece ser muy afín al cine excesivo y estridente que había practicado Rodriguez hasta ese momento (con excepcion de The Faculty, una muestra intermitente del buen hacer de Rodriguez tras la cámara y su mejor pelicula hasta ese momento), sin embargo el realizador la ha convertido en una de sus referencias principales, dedicándola los ultimos años prácticamente en exclusiva. Buscar, por lo tanto, puntos en común entre ambas trilogías se revela una tarea ardua e inútil, ya que se presentan como dos formas casi opuestas de exponer una misma visión del hecho cinematográfico: la cinefilia (1) como elemento indisociable de la ficción y la puesta en escena, la espectacularidad como reclamo, cierto sentido del humor, la preponderancia de las imágenes respecto al texto casi siempre insignificante, la búsqueda de espacios visualmente atractivos, utilización de los efectos especiales para reforzar el aspecto fantasioso del espectáculo, la intencion final (más o menos ambiciososa) de entretener... Y se pueden encontrar multitud de ejemplos que enfrentan ambas expresiones: del anárquico y gratuito montaje presente en los mariachis, al más convencional (¿clásico?) existente en la saga de los niños espía; del empleo indiscriminado de planos cortos a un mayor respeto por el contenido de los mismos; del uso excesivo e irritante de todos los elementos retóricos del lenguaje cinematográfico, a una notable economía descriptiva; de la cita cinéfila improcedente y arbitraria a la asimilación de elementos pretéritos de género; de un sentido del humor irregular y textual, a una sorprendente acidez en la descripcion de situaciones y tipos, en donde prima la imagen... Concentrando la atención en el espectáculo de barraca de feria que supone El mexicano, film realizado inmediatamente después de la tercera entrega de Spy Kids aún inédito en las salas españolas, se pone de relieve que la trilogía protagonizada por la familia Cortez, lejos de suponer un cambio de orientación, queda, por el momento, situada en tierra de nadie en la informe filmografia de su realizador, que sigue insistiendo en los elementos más reprobables de su limitado cine con esta tercera, y esperemos que última, entrega en torno a ese mariachi asesino a sueldo. El mexicano es aparentemente un retorcido cóctel paródico e irónico, una expeditiva película de acción, un thriller de engaños y mentiras, un drama sobre outsiders angustiados por su pasado... Sin embargo, no es más que eso, una apariencia (más bien una vaga impresión) que, con prontitud, desvela su alarmante vulgaridad, su irritante vacuidad. El mexicano no funciona a ningún nivel: como caricatura de personajes y convenciones resulta raquítica, elemental (las camisetas de la agente de la CIA Sands/Johnny Depp, en una de las cuales se lee en letras grandes "CIA Central Inteligence Agency" –sic–), torpe y muy mal entendida por casi todo los actores (en especial unos nefastos Antonio Banderas, Rubén Blades y Willem Dafoe), como espectáculo de acción deviene un batuburrillo cochambrosamente filmado y montado (cfr. el tiroteo en la iglesia y la posterior huida; el enfrentamiento en las calles de la ciudad entre el Marichi y Danny Trejo y sus secuaces...), como mezcla génerica se presenta totalmente inoperante (cfr. la descontextualizada escena en el hospital, de extraña filiación fantástica, que termina con una cita sorprendente a Darkman –íd. Sam Raimi, 1991–), como alambicado relato de tramas convergentes naufraga por la falta de cohesión entre las mismas (cfr. la historia del Mariachi y Carolina/Salma Hayek, que se introducen mediante flashbacks). En este océano de banalidades, efectismos y excesos, aparece como un islote el demostrado talento –si bien atenuado– de su director, componiendo un par de imágenes visualmente atractivas (cfr. el plano general de Sands tendido moribundo en la plaza del pueblo), describiendo con eficacia, mediante la imagen, personajes y situaciones (cfr. la conversacion entre Sands y el ex-agente del FBI/Rubén Blades que emplea con buen criterio el fuera de campo y el enfoque/desenfoque), pervirtiendo la narrativa clásica (cfr. la inserción de los mencionados flashbacks, bien a raiz de lo que cuentan las leyendas, bien como fugas mentales del protagonista). Destellos éstos más o menos conseguidos (por simple comparación con el resto), que no impiden el absoluto fracaso de un film estridente, torpe y en determinadados momentos totalmente insoportable. Algo preocupante para un entertainer como Rodriguez, que concibe todos sus films como espectáculos populares, independientemente que con cada uno de ellos (y sobre todo con cada una de las trilogías) busque un público determinado, no necesariamente coincidente.
(1)
En la línea de la mostrada por su amigo Quentin Tarantino, es decir, más de videoclub que de filmóteca, algo que debe molestar a los puristas. |