FOUR ROOMS (Four Rooms, 1995)  
Ficha
Top
Sumario
Por Sergio Vargas
Cartel de la película
Miradas de Cine © 2002-2003

Cuatro directores bastante diferentes fueron los escogidos por la productora de Quentin Tarantino, A Band Apart, para realizar este desigual proyecto titulado Four Rooms: Allison Anders, Alexandre Rockwell, Robert Rodríguez y el propio Tarantino. La acción se desarrolla durante una Nochevieja en el hollywoodiense hotel Monsignor. Cada director dirige uno de los cuatro fragmentos en que se divide la película, y cada episodio se centra en lo que ocurre en una habitación concreta. El nexo de unión entre los cuatro es el personaje interpretado por Tim Roth, el único botones del hotel en su primer día de trabajo, y cuyo recorrido iremos siguiendo a lo largo de la noche y a través de las cuatro habitaciones que dan título al film. Su interpretación, al principio divierte aunque a la postre resulte demasiado exagerada, y a pesar de ello es quizá lo único que sostiene la primera mitad de película, la correspondiente a los trozos de Anders y Rockwell, bastante lamentables, aunque Rodríguez y Tarantino terminan arreglando un poco el desbarajuste inicial.

La película se abre con el insulso fragmento dirigido por Allison Anders, en el que un pequeño aquelarre se da cita en la suite nupcial del hotel con la finalidad de devolver a la vida a una antigua diosa, presa de un hechizo. Lo único salvable serían los topless de dos de las brujas, que cuentan entre sus filas con la presencia de Madonna y Valeria Golino. Es un auténtico peligro comenzar la película con semejante tostón, porque se corre el peligro de que el espectador deje de verla asqueado. No sabría si considerarlo un defecto o una virtud, pero si algo tiene este film es que cada uno de los fragmentos eclipsa completamente al anterior, así pues, sin ser tampoco nada del otro mundo, The Wrong Man, el corte dirigido por Alexandre Rockwell, se ve con algo más de interés. Éste comienza con la irrupción del botones en una habitación donde se encuentra a una mujer amordazada y atada a una silla, y junto a ella, a su esposo con un revólver que le apunta directamente a él según entra, pero va perdiendo fuelle a medida que avanza, en gran parte debido a unos diálogos bastante pobres que no hacen sino alargar demasiado una situación que no daba mucho de sí. La tercera de las cuatro habitaciones de este peculiar hotel, The Misbehaviours, es la causante de estas líneas, y en ella Robert Rodríguez cuenta una vez más con la presencia de su actor favorito, un Antonio Banderas algo sobreactuado, encarnando a un duro mafioso, padre de una “parejita” de traviesos, que quedarán a cargo del botones a cambio de una suculenta propina mientras sus padres salen a celebrar la entrada del año. El broche final lo pone The Man From Hollywood, un divertidísimo episodio a cargo de Quentin Tarantino, en el que un grupo de borrachos encabezados por el propio director recrean la apuesta que realizaran Peter Lorre y Steve McQueen en el capítulo El hombre de Río de la serie de televisión "Alfred Hitchcock presenta…" (y que a su vez estaba basado en el relato de Roald Dahl "El hombre del sur") con un final algo diferente.

El corto de Rodríguez, como ya dije antes, eleva bastante el nivel de lo expuesto hasta entonces. La mayor parte de las virtudes que encierra se deben sin duda a la simpatía que generan los niños protagonistas, que son el centro de atención durante casi todo el metraje, y cumplen sobradamente su labor, en parte, también hay que deciro, por el trabajo del director. Bien sabido es lo difícil que resulta trabajar con niños, y Rodríguez no sólo salva ese obstáculo con creces, sino que posteriormente repetiría en Spy Kids y sus secuelas. Sin ninguna pretensión más que la de resultar divertido y entretenido, que ya es bastante más de lo que puede decirse de los anteriores, este episodio comienza cuando el matrimonio formado por Banderas (bombardeado continuamente a primeros planos que acentúan su faceta amenazadora) y Tamlyn Tomita decide marcharse a celebrar la Nochevieja dejando a sus hijos Sarah y Juancho en la habitación del hotel. Como son pequeños (pero sobre todo traviesos) para quedarse solos, sus padres deciden dejarlos a cargo del botones, que deberá echarles un vistazo cada media hora, tras comprobar que la sola presencia de la televisión no es canguro suficiente. En cuanto el botones se larga, tenemos a dos niños pequeños (ocho él y once ella, aproximadamente) en una habitación de un hotel de lujo con una jeringuilla encima de la biblia del cajón, valiosos cuadros sobre los que pintar una diana con carmín, una botella de champagne bien fresca, cigarrillos, Salma Hayek bailando semidesnuda en la televisión , una botella de vermouth y…un cadáver dentro del somier. ¿Podrían pedir más estos dos angelitos para que su diversión fuese completa? Pues sí, un teléfono con el que llamar al botones para cualquier cosa que deseen. El episodio de Rodríguez es exactamente eso, y tampoco necesita más.

El responsable de The Faculty es el único de los cuatro directores en encargarse del montaje de su propio fragmento, un montaje del que cabe destacar el empleo de los insertos, particularmente el del teléfono, cuando cuelgan Banderas y más tarde su hija, remarcando de un modo tajante el hecho de que ella es el vivo reflejo de su progenitor, tan autoritaria como él, tanto con el botones como con su propio hermano, a los que mangonea a su antojo. Durante la debacle final, los planos se aceleran mientras los protagonistas, sin quererlo, están componiendo un cuadro de los que difícilmente se olvidan, montado en paralelo con el regreso del padre (con su mujer en brazos durmiendo la mona), y aumentando así la tensión, que se desvanecerá en un instante en el momento en que Banderas abra la puerta y, con cara de pocos amigos, contemple junto a nosotros el antológico cuadro.

En el fondo, como ocurre en la mayoría de películas de episodios realizadas por varios directores, el resultado obtenido es desigual y si la sensación obtenida tras finalizar es satisfactoria, se debe principalmente al hecho de que los dos últimos fragmentos han sido los mejores, de hecho los únicos decentes, pero revisando fríamente el conjunto resulta francamente decepcionante.