ANNIE HALL (Annie Hall, 1977)  
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Sumario
Por Susanna Farré

Cartel de la película




































Miradas de Cine © 2002-2003

Anhedonia

Aunque pudiera parecerle a algunos que lo que cautiva de las comedias de Woody Allen es sólo su capacidad para hacernos reír, lo realmente interesante es sin embargo su enorme aptitud para mostrarnos a nosotros mismos tal y como somos, con nuestro cúmulo de imperfecciones y contrariedades. Independientemente de sus chistes, que siempre consiguen con su ingenio arrancarnos carcajadas, sus diálogos nos provocan un estado de reflexión y autoanálisis, sirviéndonos de su figura, o de la de los alter ego que en algún caso utilice, para observar nuestro modo de pensar, nuestras reacciones ante la vida y ante los temas que a todos nos preocupan. Woody Allen reflexiona para sí, pero todos le acompañamos, preguntándonos junto a él sobre eternas cuestiones como el amor, el sexo, la muerte, la existencia de Dios o el sentido de la vida. A través de la ironía y del humor, las comedias más reflexivas del autor provocan en el espectador una especie de experiencia catártica de sus miedos y obsesiones.

Annie Hall es considerada por muchos la mejor obra de Woody Allen. Realizada en 1977, con este film el director dejó un poco de lado la comedia alocada propia de obras anteriores como Toma el dinero y corre (1969), Bananas (1971), Todo lo que siempre quiso saber sobre el sexo... (1972) o El Dormilón (1973), para adentrarse en otro tipo de films, en su mayoría también comedias, pero mucho más reflexivos y en los que los protagonistas discuten y debaten sobre temas importantes en la vida, como si de una filosofada disfrazada de tintes cómicos de tratase. No en vano la obra que sucedió a Annie Hall es una de las más serias y reflexivas de todas sus películas, en este caso muy alejada de la hilaridad y el ingenio del chiste, la bergmaniana Interiores (1978). Pero ésta incursión en el melodrama existencial fue un fracaso, y Allen volvió a precisar la colaboración del escritor Marshall Brickman, co-guionista junto a él de la anterior El Dormilón y de la misma Annie Hall para elaborar una suerte de revisitación de ésta última en su famosísima Manhattan (1979). Años más tarde ambos volverían a colaborar en otro de los filmes que de algún modo continuan con la línea de personajes y situaciones desarrollada en Annie Hall, Misterioso asesinato en Manhattan (1993), pudiendo considerarse ésta incluso como una especie de posible segunda parte en la vida de Annie y Alvy. De todos es conocido el método desarrollado por ambos escritores para elaborar sus guiones. Tal y como luego harían sus personajes, Brickman y Allen se paseaban por las calles de Nueva York ideando situaciones y diálogos para sus historias. Allen se encerraba entonces en su casa y escribía el guión, el cual era estructurado y corregido por Brickman hasta conseguir la forma definitiva. En el caso de Annie Hall, el guión fue premiado con uno de los cuatro óscars que el film recibiría, como el que obtendría el mismo Allen como director, estatuillas que el realizador se negó a recoger alegando su imposibilidad de asistir a la ceremonia de entrega (ese mismo día, lunes, tenía su ineludible sesión de clarinete en el Michael's Club de Nueva York).

Descrita por el mismo Allen como «una comedia romántica sobre los neuróticos en las ciudades» (1), Annie Hall narra la relación entre Alvy Singer (el mismo Allen) y Annie Hall (Diane Keaton), desde sus inicios hasta su separación definitiva. La película está elaborada con un estilo formal que transgrede constantemente las leyes fundamentales de la comedia clásica para convertirse en una especie de documental dramatizado en el que el mismo personaje ejerce las funciones de narrador, aboliendo continuamente las fronteras de la ficción para adentrarse en el espacio del espectador, dirigiéndose directamente a él en cualquier momento de la trama. En este sentido, la película comienza con un plano de Allen hablándole a la cámara, a modo de narrador que abandona su posición diegética para inmiscuirse en el espacio extradiegético en el que se encuentra el espectador. De esta manera, Allen consigue conversar magistralmente con su público, haciéndole partícipe de los pensamientos del personaje y provocando un juego de acción reacción que consigue la entera participación de la audiencia en la historia. A este respecto, y yendo todavía más lejos, el personaje de Alvy detiene en numerosas ocasiones la acción mostrada en la pantalla para dirigirse directamente al espectador. Así ocurre, por ejemplo, en la fantástica escena de la cola del cine, en la que Alvy no soporta la disertación cinéfila del hombre que se encuentra detrás suyo, y se dirige a los espectadores para comentar su impaciencia, llegando incluso a introducir en la discusión a otro personaje que no pertenece a la acción mostrada en ese espacio, pero que es aludido por el diálogo, e invitado por Alvy a tomar partido por él. En otros momentos, Alvy hace participar de sus pensamientos a transeúntes que pasean por las calles de Nueva York, en un juego maravilloso en el que todos los personajes de la diégesis participan de sus paranoias reflexivas.

Woody Allen juega constantemente en este film con el tiempo y el espacio, saltando de un momento a otro del argumento según le conviene, e incluso introduciendo saltos temporales hacia el pasado dentro de otros flashbacks, y consiguiendo con ello un magistral enredo de recuerdos vitales que dibujan los momentos clave del pasado del personaje. Así, la historia entre Alvy y Annie es mostrada más o menos linealmente, pero en algunos momentos se retrocede o avanza en el tiempo para mostrar algunas situaciones relevantes en su relación. Asímismo, Alvy analiza su infancia y sus recuerdos, y se introduce físicamente incluso en algunos de ellos para dialogar con los personajes en los que piensa, como la escena en la que Alvy rememora su primera etapa escolar, en la que un Alvy adulto intenta defender al niño que fue, quien es regañado por su profesora, o aquella otra en la que Alvy, Annie y Rob (Tony Roberts) observan escenas familiares de la infancia del primero, analizando con ello los personajes claves que marcaron su etapa infantil. El espacio es igualmente manipulado a capricho del director, y los personajes se someten a la voluntad del mismo para establecer relaciones que en realidad no existieron pero que son imaginadas en la mente del personaje. A este respecto, destaca la magnífica escena en paralelo de las conversaciones de mesa de las famílias de Alvy y Annie, separadas en un mismo plano por una cortinilla, y en la que los diálogos llegan a entremezclarse, provocando el desconcierto de los mismos personajes. Otro ejemplo genial se da cuando, en un momento en el que Annie y Alvy intentan hacer el amor, el espíritu de ella se levanta de la cama y observa la acción desde una silla, simulando la poca implicación de la mente de Annie en la experiencia vivida, y llegando incluso este espectro a dirigirse a la Annie física y a Alvy, protestando por su aburrimiento. Podríamos seguir enumerando momentos destacados en los que el director juega a su antojo con la forma para mostrar sus paranoicos pensamientos y los de sus personajes, pero la lista sería interminable. Destacar, sin embargo, el excelente recurso de los subtítulos para emular la voz interior de los personajes, en la conversación en la terraza entre Annie y Alvy.

Allen no cesa de experimentar formalmente en este film, como haría más adelante en muchos otros, quizás de manera especial en la posterior Desmontando a Harry (1996), película infravalorada e injustamente tratada por la crítica. Como en ésta, Annie Hall se configura como un collage analítico sobre el personaje principal, en este caso Alvy, uno de los considerados alter ego del mismo director, aunque Allen haya afirmado siempre que la semejanza entre su psicología y la de sus personajes es mucho más limitada de lo que la crítica y el público quieren considerar. No obstante, el director ha confirmado en alguna ocasión que su visión de la vida se corresponde con muchas de las reflexiones de su personaje Alvy, de manera especial con el concepto que expone éste sobre los seres humanos, divididos tan sólo en dos categorías: los horribles y los miserables. Para Alvy/Allen, los primeros son los enfermos terminales y los discapacitados y todos los demás somos pues miserables, por lo que tenemos que estar muy agradecidos.

En este film sobresalen muchas otras obsesiones que apareceran en repetidas ocasiones en sus comedias, como el antisemitismo (Alvy llega al ridículo extremo de sentirse aludido cuando alguien en un restaurante pide judías para comer); el psicoanálisis (Annie es animada por Alvy a seguir una terapia, consiguiendo lo que él jamás ha logrado en quince años, conocerse a sí mismo y aprender a disfrutar la vida); el eterno y profundo amor hacia la ciudad de Nueva York y el rechazo hacia la opuesta Los Ángeles (Alvy siente náuseas cada vez que pisa tierra californiana); la hipocondría (para Alvy es malo todo lo que en su momento defendieron sus padres como saludable: el sol, la leche, la universidad...); la muerte (todos los libros que Alvy regala a Annie tienen la palabra muerte en su título); el cine (siempre su predilección por el europeo, ejemplificado aquí en la alusión a Bergman y Fellini, sus eternos modelos, y en el reiterativo visionado de Le Chagrin et la pitié, documental francés de Marcel Ophüls sobre la ocupación durante la Guerra).

Pero Annie Hall es, por encima de todo, un profundo análisis sobre las relaciones humanas, y más concretamente sobre las de pareja. Alvy está enamorado de Annie, pero su pugna constante entre su deseo de compartir su vida con ella y su miedo a sentirse privado de libertad, le empuja a perder para siempre a la única persona con la que realmente se siente a gusto. El título original pensado para la película, "Anhedonia", viene a significar precisamente la incapacidad por sentir alegría, la misma ineptitud que Annie le reprocha a Alvy cuando rompe definitivamente con él. Tras dos fracasos matrimoniales, Alvy había tratado por todos los medios de moldear a Annie a su gusto, intentando convertirla en el egoísta ideal de perfección como compañera. Así, Alvy trataba de "culturizar" en un principio a la sencilla Annie, animándola a apuntarse en cursos universitarios para adultos, tratando de elevar su supuesto inferior intelecto a su nivel. Pero cuando esto sucede, el cambio operado en Annie no le satisface, pues ésta va encontrando en su vida una seguridad y autoestima que acaban por alejarla del lado de Alvy. Annie tiene éxito y sus sesiones con la psicoanalista le ayudan a descubrir su propio yo y a valorar su vida y capacidades en su justa medida.

El personaje de Annie fue pensado para Diane Keaton (2), hasta el extremo de que el estilo de vestuario de la actriz fue el que Annie llevaba para la ficción, y que, anecdóticamente, fue imitado por muchas jóvenes de la época, llegando a crearse incluso una firma de ropa con el nombre del personaje. Ganadora de un óscar por su interpretación, Keaton interpretó a Annie a la perfección, ayudada por el hecho de que aquella había sido creada tomando como modelo muchos de los rasgos de su propia personalidad, muy conocida por Allen debido a la relación sentimental que ambos sostuvieron. Keaton es en la obra de Allen una de sus musas preferidas. Como lo sería Mia Farrow después, o en menor medida Diane Wiest o Judy Davis, entre otras, el director admiraba su manera de interpretar y por eso fue protagonista en muchas de sus películas, sobretodo las pertenecientes a la etapa que comprende la segunda mitad de los años setenta y la década de los ochenta.

Annie Hall es una obra cumbre en la filmografía de Woody Allen. Con un montaje inicial de casi cuatro horas, en los que Allen introducía escenas que luego serían aliminadas del montaje final, – como un partido de bàsquet entre los New York Nicks y un grupo de intelectuales que incluían entre sus jugadores a Kafka o Nietzsche, o una parodia sobre "La invasión de los ultracuerpos"– , la película finalmente se centró en la historia de amor entre Alvy y Annie, un precioso relato de comedia romántica con tintes algo amargos que arrancaba una sonrisa triste al espectador con su final. En éste, quedaba resumido todo el mensaje del film mediante el gracioso chiste de la gallina y los huevos. Para Alvy/Allen toda la complejidad de las relaciones de pareja se resume en esta anécdota. Todos necesitamos del amor en nuestras vidas pese a que las relaciones que mantenemos sean alocadas, irracionales y absurdas. No podemos prescindir de ellas, y nos rendimos constantemente al influjo que el amor provoca en nuestro interior. Como Alvy y Annie, incapaces de disfrutar al máximo su amor, pero a la vez necesitados el uno del otro. Así somos todos, unos miserables según el propio Allen, más preocupados de mirarnos el ombligo que de de ser felices y de disfrutar de la vida.

(1) Declaraciones pertenecientes a los materiales originales de prensa, citadas en el DVD de la película.
(2) El verdadero apellido de Keaton es Hall, pero lo tuvo que cambiar porque en el sindicato de actores ya existía una actriz con el mismo nombre.