| BANANAS (Bananas, 1971) |
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Before the fameDentro de la década de los 70, seguramente la más prolífica y cinematográficamente más rica dentro de la carrera de Woody Allen (con consabida excepción de obras maestras enmarcadas en la década siguiente como Zelig –Zelig, 1983– o Hannah y sus hermanas –Hannah and her Sisters, 1986–), Allen comenzó su carrera cinematográfica totalmente alejado de la corriente, pensamientos e inquietudes artísticas que luego cultivaría a partir del último lustro de los años 70. Cuando empezó en el cine, Allen no era más que un cómico que trasladaba una sucesión de gags y secuencias humorísticas a la pantalla. De este modo, mientras Coppola reinaba con la saga de los Corleone, Scorsese ya había dirigido Malas Calles (Mean Streets, 1973) y Alicia ya no vive aquí (Alice Doesn´t live here anymore, 1975), Peckinpah nos había brindado su Pat Garrett y en Europa, Truffau continuaba incansable del mismo modo que Fellini o Kurosawa nos dejaban puntualmente sus películas, el que luego sería uno de los más grandes cineastas, se limitaba a hacer el payaso sin más intención que hacer reír. Años más tarde, con la llegada de Annie Hall (Annie Hall, 1977) vendría esa explosión de talento en la que dejó de lado la comedia más burda para intentar crear un estilo propio de comedia sofisticada melodramática unida a sus particulares demonios neuróticos que se han convertido en su inconfundible sello particular. Bananas fue su segunda película tras las cámaras tras Toma el dinero y corre (Take the money and run, 1969) si no contamos su episodio japonés doblado. La película fluye en el mismo canal que Toma el dinero y corre, se trata de una comedia loca donde Allen intenta conseguir un estilo lo más parecido a las screwballs comedies con un argumento imposible y unos diálogos que son los que hacen avanzar la acción, rápidos, directos y cuanto más punzantes mejor. En esta ocasión, Allen lleva un poco más allá su particular visión de las relaciones humanas y éstas en el fondo se asemejan en mayor o menor medida a una dictadura. Fielding Mellish (Woody Allen) es un torpe y tímido probador de productos que tras mantener una relación con la joven y sensual Nancy (Louise Lasser) y tras ser abandonado por ella decide tomarse unas vacaciones en la república de San Marcos. Allí se verá envuelto en mil y un líos burocráticos donde como telón de fondo está la guerrilla subversiva. Allí los guerrilleros tomarán el poder y su líder se vuelve loco. Sus compañeros pondrán a Mellish en su lugar pensando que cambiará las cosas, pero será secuestrado por el F.B.I que le acusará de subversivo y lo someterá a juicio. Esta sátira política le sirve a Allen para dar rienda suelta a la comedia loca donde el ritmo parece ser lo más importante y que predomina por encima de todo. Con un humor mucho más cercano al de los hermanos Marx de Sopa de ganso (Duck soup, Leo McCarey, 1936) donde Allen se esfuerza mediante el poder de la palabra en descargar toda su ironía y sorna en la figura de la dictadura militar y en el dictador, en este caso basado sin ningún tapujo en la figura del líder cubano Fidel Castro. Plagada de un humor puramente llano y casi grotesco, ridiculiza la dictadura y todo lo que eso conlleva unido a la gente que vive de ella extrapolándola a un fenómeno mediático como el magnífico inicio donde el presidente de San Marcos es asesinado delante de toda la multitud que lo espera y los periodistas se acercan a entrevistarlo en el suelo malherido ante la aclamación popular. Allen da la vuelta a la tortilla y cínicamente hace que el público se lo pase bien y se ría con una dictadura, ridiculizándola hasta el paroxismo. En ese sentido sus intenciones se cumplen, aunque por otra parte hay que reconocer que en esos momentos, su creador no es más que un cómico que empieza en esto del cine con lo que su guión del mismo modo que en su ópera prima, es más una sucesión de situaciones cómicas a veces demasiado separadas que no alcanzan un buen clímax dramático debido a que tampoco le importa demasiado ya que se preocupa más en mantener un ritmo como he señalado anteriormente, que se acerque a las screwballs comedies y que sin embargo no alcanza. Es igual de cierto que la dirección se muestra muy plana y vacía, casi televisiva sin ningún elemento destacable a este nivel que la ensalce entre las demás películas realizadas en esta primera época de Allen. En este sentido, se cubre utilizando los típicos recursos de la época como los enormes zooms y teleobjetivos donde los elementos cinematográficos están supeditados a otras causas no encontrando ningún símbolo del que luego dirigiera piezas realmente claves dentro de la cinematografía actual. A pesar de ello y sabiendo que clase de película es y la seriedad que engloba dentro de su cinematografía (es decir, ninguna) siendo una segunda película, ya empezamos a observar apuntes que luego despuntarán y se convertirán en las marcas de la casa del cineasta de Brooklyn como por ejemplo en la caracterización de personajes, Mellish es un neurótico fracasado con las mujeres, y Nancy es una mujer hecha y derecha, intelectual, luchadora, estimulante y mentalmente superior al hombre con lo que ya empiezan a surgir los conflictos típicos de anulación y comunicación-anticomunicación entre parejas que explotará en su vertiente más seria, pero que en este caso es un puro trasunto cómico. Además de verla como una comedia sin pretensiones conociendo la posterior obra de Woody Allen, el visionado de Bananas es muy curioso y recomendable hoy en día en estos tiempos que corren ya que no deja de ser paradójico que una comedia de hace casi treinta años sea tan actual y su mensaje siga tan vigente como entonces, incluso hoy un poco más. |