BROADWAY DANNY ROSE (Broadway Danny Rose, 1984)  
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Por María Villalva
Cartel de la película
Miradas de Cine © 2002-2003

El retablo de los perdedores

Pese a ser candidata a dos Óscar (a la mejor direc ción y el mejor guión original), no es este uno de los mejores films de Woody Allen. Sin embargo, la figura del perdedor, tan recurrente en sus películas y profusamente encarnada por él mismo, presenta un mayor desarrollo en Broadway Danny Rose, al extenderse a múltiples personajes. Además, aquí el protagonista adquiere un matiz diferente: si en la mayoría de sus films, el arquetipo del personaje neurótico se debatía en una jungla humana que frustraba sistemáticamente sus expectativas, cuando no era víctima de sus propios miedos, en Broadway Danny Rose, su soledad se ve en parte paliada debido a la presencia de una corte de “artistas protegidos”, a los cuales se desplaza el fracaso.

La generosidad le convierte en una especie de esclavo de los artistas a los que representa, y que completan todo el repertorio de frustraciones: xilofonistas ciegos, malabaristas mancos, y ventrílocuos tartamudos, además de pajaritos que tocan el piano con el pico, pingüinos patinadores vestidos de rabino, y otras lindezas. Esta película es sobre todo un homenaje a los personajes más rocambolescos de la farándula, a los que Danny Rose anima e infunde una mayor dignidad.

La comicidad arrecia al yuxtaponer, a este universo hilarante de por sí, el mundo de la mafia; el contraste no puede ser más extremo, y el personaje del representante artístico, que ya había dejado clara su incapacidad para entablar relaciones productivas (como suelen hacer sus congéneres) y triunfar en sociedad, revelará ahora su total indefensión ante un entorno siempre hostil. Este tema es una constante en todos los films de Allen, y subyace a todos ellos la constatación de la frágil e irrisoria condición humana precisamente a través de este tipo de personajes inadaptados, que arrastran sus deseos indefinidos o cambiantes por un mundo pragmático e indiferente.

Tina introduce esos valores opuestos, la hostilidad y el interés, además de ingredientes para el equívoco amoroso, en un choque cultural judío-siciliano que deja el camino abonado para chistes geniales y situaciones tragicómicas, que cuidan siempre de ilustrar la capacidad de los demás para dejar en la estacada a quien tanta generosidad había demostrado. La entrega de Danny Rose, en este contexto, sólo deja constancia, reiteradamente, de su esterilidad.

Sin embargo, la película deja un leve resquicio de esperanza respecto a la posibilidad de cambiar la actitud los demás a través del propio proceder. Pero se revela más bien como un deseo, que no nos quita el regusto amargo de haber contemplado, en clave humorística, una peripecia trágica típica de nuestro tiempo, salvando los detalles concretos del mundo de Danny Rose. Éste representa al hombre que no ceja en su intento de «introducir un concepto en esta coyuntura», y al que nunca se le permite.

Toda la película está marcada por la alternancia entre el relato, en boca de unos conocidos que contemplan su vida desde el distanciamiento que propicia la burla, subrayando con sus palabras los puntos más sangrantes y enlazando las diversas escenas interpretadas por el propio Danny Rose. Así, el círculo de amigotes que ejercen como narradores se van metamorfoseando a lo largo del film en malévolo coro de risas que se cierne sobre un antihéroe ya de por sí bastante herido, y con escasas posibilidades de salvación.