LA ROSA PÚRPURA DE EL CAIRO (The Purple Rose of Cairo, 1985)  
Ficha
Top
Sumario
Por J.A. Souto Pacheco
Cartel de la película
Miradas de Cine © 2002-2003

La seducción de la fantasía

«CECILIA: –Verás... Aquí la gente envejece y muere y... y nunca encuentran el verdadero amor.
TOM BAXTER: –De donde yo vengo las personas nunca te desilusionan. Son consecuentes, siempre puedes contar con ellos.
CECILIA: –Así no encontrarás a nadie en la vida real.
»

Nos encontramos en los años de la Depresión americana, el crack bursátil del 29 no queda demasiado lejos. Durante aquellos primeros años de la década de los 30, millones de estadounidenses iban cada semana al cine en busca de evasión, huyendo (de algún modo) de sus patéticas vidas y de su día a día. Cecilia, encarnada por una estupenda Mia Farrow, es una persona más de esos millones que buscan refugio en la oscuridad de una sala de cine. Su vida es un auténtico desastre, no es descabellado ver el personaje interpretado por Mia Farrow como el precursor del que años más tarde encarnaría en Alice. A la paupérrima situación socioeconómica debe sumar un matrimonio infeliz, con un marido que resulta ser más bien un ogro, y un trabajo de camarera en una cafetería que no forma parte, precisamente, de lo que llamamos el sueño americano.

Hasta aquí la triste vida, la miseria de la realidad. Las primeras escenas de la película no hacen presagiar la eclosión de fantasía que está a punto de sorprendernos. Después de ver, en casi un treintena de ocasiones, un film titulado curiosamente como “La rosa púrpura del Cairo” y que narra las aventuras de unos personajes pertenecientes a la alta sociedad de Manhattan, uno de los personajes del mismo (el explorador Tom Baxter, interpretado por Jeff Daniels) abandona la pantalla para conocer a Cecilia.

Llega el caos. En la sala, la proyección continúa y los personajes de la película aparecen y desaparecen de forma anárquica sin saber qué hacer. No importa que les toque salir a pantalla en un rollo posterior; la confusión es total. No menos pasmados están los espectadores, incrédulos y expectantes al principios, y desengañados y ofendidos más tarde al no ver en la pantalla aquello por lo que habían pagado. En la calle tampoco funcionan mucho mejor las cosas. Los productores de la película y el actor que encarnó al galán fugitivo salen en su busca; mientras que Cecilia, vive la historia de amor con la que siempre había soñado.

Minuto a minuto, Woody Allen nos va atrapando en su fantasía. La imaginación y sensibilidad que desprenden el film se adhieren a nosotros, de la misma manera que le sucede a Cecilia cuando va al cine. Allen sabe equilibrar los dos mundos, el de la realidad y la fantasía, sin que uno de ellos adquiera más poder que el otro. El humor de la película, cimentado en la confrontación de la candidez del personaje huido de la pantalla y la crueldad de la vida, mantiene un pulso sin ganador con el romanticismo de Cecilia, personaje real que vive al fin la vida de las películas de sus sueños.

El desarrollo de la historia, su evolución dramática, es perfecta. Todo transcurre sin contratiempos, constante, sorprendiéndonos en cada escena con el giro que va tomando la trama. Los gags son sutiles y precisos, mostrándonos un humor bañado de sabia amargura. Realidad, ficción y poesía van cogidos de la mano en todo momento. Con unos materiales tan frágiles, resulta fácil pensar en que la película pueda caer en fáciles sentimentalismos. Pero no ocurre así porque a la sensibilidad que Allen insufla al film hay que añadirle una dosis alta de talento e inteligencia.

La puesta en escena es sencilla, sin alambiques. Pero no es dejadez, se trata de una sencillez que raya en la maestría. En los decorados y en los personajes que deambulan por el film, está la reconstrucción fiel a la época que describe.

La película puede verse como una historia de amor al uso, pero también como una reflexión en torno al papel del artista-creador (como en muchas de las películas de Allen, Dios también vuela por ahí) dentro del feed-back existente entre realidad y ficción.

A pesar de que Woody Allen no interpreta a ningún personaje en la película, viendo La rosa púrpura del Cairo, puedo imaginarlo sin problemas disfrazado de Charles Chaplin, con su inconfundible bastón y bigote, y también de Búster Keaton. Eso sí, sus gafas de pasta negra han de estar ahí; por favor, que nadie me las quite. En The dreamers la muy recomendable reciente película de Bernardo Bertolucci, dos de los protagonistas discuten acerca de la importancia de Chaplin y Keaton. Si hubieran tenido la oportunidad de ver algo de Woody Allen, podrían haber reconciliado sus posturas. Lo mejor de ambos se puede encontrar en Allen, la inteligencia de Keaton o la amargura de Chaplin por ejemplo, y si buscáramos una película en particular sería, sin dudar, La rosa púrpura del Cairo. Woody Allen puede conmovernos, divertirnos, ilusionarnos, entristecernos... y todo ello lo hace dentro de un perfecto equilibrio, desde la armonía de la que sólo son capaces los genios. Y Allen es un gran genio, muy grande.

No quisiera dejar de hablar del último plano del film. Al final, mientras Cecilia ve Sombrero de copa (Top hat, Mark Sandrich, 1935) la pantalla del cine nos devuelve nuestra propia mirada. Si han visto ese plano sabrán de qué les hablo.