| ZELIG (Zelig, 1983) |
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La insoportable levedad de serEl documental falso es tan documental y tan falso como el llamado verdadero. La realidad asociada a lo verdadero es tan incompatible con el cine como los que presuntamente la buscan. Y está bien que exista el Guerin (José Luis, no Verónica) de turno que ruede con los ojos bien abiertos y la cámara bien preparada para atrapar hasta el mínimo detalle. Pero lo que no sé si está tan bien es que se nos intente vender por "real", por "retazo de vida", por apuntes al natural algo tan inconcebible e inviable como la vida, demostrando la misma ineficacia que ya demostraron en sus encomiables intentos, y siglo atrás, Estébanez Calderón o Mesoneros Romanos, entre otros incautos. Cuando hay un autor es cuando éste está presente simplemente en la obertura del ojo que mira o el color de los cristales de las gafas de las que se dispongan. Y ahí es donde reside la grandeza de Vertov, Flaherty o Guerin. En la selección, en el hecho de saber elegir lo conveniente o lo bello. O las dos cosas a la vez. Y ahí es donde malvive el fracaso de los que tienen la verdad absoluta simplemente por la capacidad de arrogársela, los que ganaron su credibilidad a fuerza de repetirse la misma mentira. Por lo tanto una manera inteligente de afrontar la imposibilidad de esa meta quimérica es la propia aceptación de las limitaciones endémicas y crónicas de dicho género, comprender sus características inherentes y saber utilizarlas de forma audaz y atractiva. Resumiendo, conocer cual es su andamiaje interno para no partirse la cara en el intento. Y una manera divertida de lograrlo tanto para el que crea como para el que recrea es recrearse en lo no creado por la realidad. No hay manera más creativa que crear de la nada. De donde no hay más que una historia que contar, un tipo que sabe contarla y un público ansioso de que le cuenten esa historia. La complicidad nace cuando hay un guiño y no hay ninguno mejor en una sala de cine (en un sofá casero) que el de haer partícipe al público en el proceso narrativo, en el hecho de inventar juntos. No existen unos datos que nos cohiba, no existen unos familiares que nos denuncien, no hay superviviente que nos corriga. Bienvenidos al cine interactivo, al cadáver exquisito de la vida. Y desde que Orson Welles le cambiara el nombre a Hearst hasta nuestros días el género ha ido en franco avance (1). Con algunas notas discordantes que aprovechaban esta estrategia con ánimo de lucro (lícito si no se trata del único ánimo) y para crear terror (si lo hacen los gobernantes no es censurable que lo hagan los cineastas.) A finales de los años setenta el temible Ruggero Deodato mezclaba antropología y antropofagia como el que mezcla la ginebra con la tónica en la espeluznante, cinematográficamente hablando sobre todo, Holocausto caníbal (Caníbal holocaust, 1979) un supuesto documental de unos jóvenes italoamericanos que eran devorados tras ser torturados, despedazados y condimentados por una tribu desconocedora de las ventajas del "fast food". Sus imágenes fueron tan impresionantes y los italianos tan impresionables que el propio Deodato tuvo que personarse ante la justicia transalpina para demostrar que no se trataba más que de una ficción. También se hicieron ricos aquellos dos desconocidos que a través de internet realizaron la campaña publicitaria más eficiente y lucrativa de la historia. Eduardo Sánchez y Daniel Myrick siguieron el mismo proceso con The Blair Witch Project (1999) una hábil incursión en el anquilosado terror de los últimos años mediante una inteligente manera de rentabilizar los escasos medios disponibles al efecto. Pero sin duda los mejores logros en este subgénero (llamado por muchos Mockumentary) se encuentran en el terreno de la comedia. Desde la mejor película de Rob Reiner, aquel recorrido por lo historia de un grupo heavy demencial que se apuntaba a cualquier tendencia y que incluso luego sacaron discos (This is a Spinal Tap, 1984), hasta los últimos experimentos sobre el tema del protagonista de aquélla, Christopher Guest, la muy interesante Very Important Perros (Best in Show, 2000) y las no estrenadas en nuestro país Waiting for Guffman (1996) y A mighty wind (2003), ambas de inmejorable pinta. Otro de los grandes logros lo ostenta el versátil e infalible Peter Jackson con aquella historia paralela del cine protagonizada por un tal Colin McKenzie que, según este documento, inventó el cine sonoro en 1908 y el cine en color en 1915 y que murió en la guerra civil española rodando su propio asesinato. Forgotten Silver (1996) era, a su manera, todo un homenaje al cine y a su propia capacidad para reinventarse. En estas que llegamos a Woody Allen. Poca gente tiene tanta credibilidad para mí como este señor bajito, judío y con gafas que vino al mundo con el nombre de Allen Stewart Konigsberg y que se hizo famoso como Woody Allen. Pocos están tan libres de sospecha como este cínico feo y sentimental, lenguaraz, mordaz y sumamente triste. Pocos me han hecho descubrir tan a menudo que me estaba equivocando o que tal vez en aquella ocasión acerté de pleno. Pocos tienen a sus espaldas y en su horizonte tantas obras maestras como él. Pocas personas en el mundo pueden ser catalogadas como genio absoluto. Su contribución a dicho género está conformado por 3 películas diferentes entre
sí pero totalmente complementarias. Su debut como director (obviando su
incursión, más bien desangelada, en lo que Jardiel Poncela llamaba "celuloide
rancio", doblaje humorístico de un drama foráneo) Toma el dinero y corre seguía
la estructura del documental de reconstrucción de la vida de Virgil Stackwell.
Un divertido ejercicio sin ningún tipo de complejos y que servía de declaración
de intenciones por parte de Allen. Tomando como referente el cine mudo, sobre
todo el de Keaton y Lloyd, nuestro autor mostraba cual iba a ser las constantes
de la primera etapa de su obra. El tercero de sus flirteos con el documental
fue Acordes y desacuerdos, un filme estéticamente muy logrado pero redundante y Pero el que nos ocupa en este artículo es el segundo de esos filmes, sin duda el de mayor calidad, el más conseguido y el más "trascendente". Zelig es la historia de un hombre camaleón, una persona que se caracteriza por un poder que le hace transformarse en la persona que tiene al lado. Si está junto a judíos ortodoxos le crece la barba, si está entre músicos de jazz se convierte en negro, si está entre chinos toma rasgos orientales, cuando los psicólogos intentan estudiar su caso no pueden porque él se transforma en uno de ellos. Está en los momentos más importantes de la historia antes de que llegara
Forrest Gump, saluda a grandes estadistas, escucha un discurso de Hitler
mezclado entre sus colaboradores, combate contra Jack Dempsey, toca junto a
Duke Ellintong, conversa de teatro con Eugene O´Neill... Se repasan los acontecimientos que van desde los 20 hasta casi los años 50
haciendo partícipe de todos a este personaje que se convierte (y perdón por el
chiste fácil) en la metáfora del ciudadano del montón que sigue la corriente
que da al mar que es el morir (como dijo Jorge Manrique cuando se le murió el La falta de personalidad, la timidez o la comodidad hacen que Leonard Zelig sepa adaptarse a cualquier situación. No hay que pasar el mal trago de sentirse diferente, te integras y punto. Dejarse llevar es acompañar a un delincuente común a un callejón sin salida. Allen lo sabe y trata de encontrar la solución mediante el psicoanálisis (eso me suena de algo) La película cobra otra dimensión aunque sigue siendo igual de divertida. Quizá más densa, quizá más amarga, quizá más alleniana. El salto del personaje público al personaje privado nos remite tanto a la propia naturaleza del documental en sí, como al propio empeño de Allen de desnudar, para dejarlo con muy poco, al personaje y quedarnos con la persona. Un personaje y una persona que en ningún caso existe. La pirueta formal se hace más complicada aún si cabe. Pero no todo es ficción porque hay personajes reales que se involucran dentro
de la charada para intervenir y aportar datos interesantes. En este caso dos
escritores del prestigio de Saul Bellow y Susan Sontag intervienen
interpretándose a sí mismos (¿eso es interpretar?¿por qué no se lo dice alguien
a Gurruchaga?). Tanto el autor de Henderson, el rey de la lluvia y la premio
Príncipe de Asturias de las letras de este año son dos ilustres personajes que Allen, ese funambulista, ese virtuoso revolucionario no sólo del fondo, como
sus críticos le achacan, sino también de la forma, ese verdadero inventor,
alquimista, sabio, lograba en 1983 escribir otra página de la historia del
cine. (1) No sería esta la única incursión del maestro Welles en el género del falso documental. Recordemos su explosivo debut radiofónico con la adaptación de La guerra de los mundos de H.G. Wells y su gloriosa despedida con la magnífica Fraude (F for Fake, 1973) |