EL JEQUE BLANCO (Lo sceicco bianco, 1953)  
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Sumario
Por Manuel Ortega
Cartel de la película
Miradas de Cine © 2002-2004

¿Géneros o especies? Un hombre y una mujer

Ni Fellini ni Antonioni están en mi desván de los mitos. Es más, sí están dentro de mi listado de los directores sobrevalorados de la historia. Mi escasa sensibilidad, mi escueta cultura, mi condición autodidacta no me han permitido apreciar a ninguno de los dos en su grandeza. De Italia me quedo con Rossellini, el primer De Sica, un poco de Mario Bava, otro poco de Zurlini y alguna cosa de Moretti. Cada uno puede quedarse con quien quiera y yo a esos dos señores tan cultos, tan artistas y tan diferentes entre sí no los quiero mucho. En todo caso me quedo con este Fellini primerizo, neorrealista, un poco torpe, mimético, único, desvergonzado, amoral para con los inmorales, excesivo dentro de los límites genéricos. Luego cuando sus excesos sobrepasaron las fronteras y la oronda sombra de su compleja personalidad ensombreció sus otros valores empezó a interesarme menos. Aunque cuando me interesó (Amarcord o Roma, por poner dos ejemplos) me interesó para siempre. Así que lo mío con este hombre, al que en un principio decía no querer, es una relación amor-odio como la que se puede establecer con esa hijita de la vecina coetanea a tus años con la que te peleaste mil veces y yaciste apenás tres. ¡pero que tres! Luego se maquilla, le dicen que es muy guapa y se va con los guapos a vivir La dolce vita. Fellini es Anita Ekberg con sobrepeso y testículos bien puestos. Yo soy tan feo como Antonioni.

Vamos al grano, a este debut en solitario del genio de Rimini, a este filme pequeño y agradable del que ya casi nadie se acuerda y que hoy venimos a rescatar de su (¿justo/injusto?) olvido. El jeque blanco cuenta la historia de un matrimonio joven, nuevo, que empieza una aventura en común dentro de la sociedad italiana de los años cincuenta. Una pareja como otra cualquiera hace muchos años lejos de aquí. Una pareja como otra cualquiera ayer en la calle de al lado. Dr Fellini and Mr Fellini hizo de la dualidad en su cine, en su vida, en su obra, en sus películas la razón de ser y de estar. El jeque blanco comienza al unir dos cosas diferentes en una misma cosa, en una misma casa. En una misma cama.

Pues eso, que él se llama Ivan Cavalli y ella Wanda Giardino. Seguramente se conocieron en uno de esos cines caóticos en los que Alvaro Vitali hacía de las suyas en Roma (íd., 1972). O quién sabe si a él lo sacó a ella de un negro fúturo de Los inútiles (I Vitelloni , 1953) o a ella la rescató él de un díscolo devenir de Las noches de Cabiria (Le notti di Cabiria, 1957). El resultante es que se enfrentan a algo nuevo que es más viejo que la propia existencia de la pareja. Y de la confrontación. Y de Robert Louis Stevenson. Ivan es un hombre y Wanda es una mujer, como sus propios nombres indican. Ivan es hijo del neorrealismo, Wanda es madre de la fantasía. Ivan es nieto de Adán, Wanda hermana de Eva.

Fellini bascula entre el hombre y la mujer, entre la realidad y la fantasía, entre el neorrealismo y el espectaculo felliniano. Ivan tiene miedo a su jefe, Wanda se la tiene jurada a la realidad. Ivan aspira a se secretario del ayuntamiento de su pueblo, Wanda quiere vivir una loca historia de amor apasionada con un héroe de fotonovela. Por sus deseos les conocerás. Cuando llegan a Roma en viajes de novios Ivan mira a los monumentos, Wanda se extasia viendo caminar a los romanos. Ella no tarda en escapar a la mirada fría y excrutadora de él. Es imposible la armonía entre dos animales de especies diferentes al no ser que rigan leyes de sumisión o dosis de miedo. Y eso no es ni amor ni armonía ni leches (bueno, eso sí, en muchas ocasiones acaban en leches o en cosas peores) O como ya titulé en mi artículo sobre Eyes wide shut (Id, Sanley Kubrick, 1999): La verdad sobre perros y gatos.

Entonces aparece Alberto Sordi para enlazar la fantasía del espectáculo y su imaginario colectivo con la fantasía univoca y personal de la inocente Wanda. La “bambola appasionata” (la muñeca apasionada como le gusta autodefinise a ella) conoce a Lo Sceicco bianco (a la sazón, el jeque blanco) Él es un héroe de la zona media de la 2ºB de los héroes italianos que atrae a la bella damisela decepcionada con la rutina y la previsibilidad de su apocado marido. Ella se escapa en sueños y en la realidad con un hombre falso, con un aprendiz de nada, con el pálido reflejo de una historia mal contada. Como Mía Farrow en La rosa púrpura del Caíro (The purple rose of Cairo, 1985, Woody Allen) elegía al Jeff Daniels de la pantalla antes que al de las butacas, Wanda se queda con el oropel y el reducido “glamour” de un personaje de opereta antes que con el hombre medocre, machista y rudo que se esconden tras el oropel y el reducido “glamour” de un personaje de opereta. O como decía Groucho Marx en inglés y con otras palabras «Es preferible permanecer callado (léase en pantalla) y parecer un idiota que abrir la boca (salir a la calle) y demostrarlo» (cfr. Ethan Hawke le puso los cuernos a Uma Thurman)

El aprendiz supera al maestro. Woody Allen construye una historia sobre nuestra vida, sobre lo que esperamos y lo que al final nos viene, sobre lo que somos y sobre lo que los demás quieren que seamos. Fellini hace una especie de nimio cuento moral con la moraleja (valga la redundancia) al principio y que recuerda más a las obras más facilonas de Rohmer que al judío de Manhattan. Recordemos que al fina la moraleja se convirtió en una rica urbanización de Madrid. La sencillez (demasiada, diezmada) en la exposición de esta casi opera prima de Fellini la echaríamos de menos después cuando nos enfrentamos ante complejas y enmarañadas cajas chinas, muñecas rusas, que tras su inaccesible entramado no guardan nada. O nada interesante, al menos. Luego el neorrealismo se apaga y Fellini le da rienda suelta a una imaginación desbordada pero caduca y vacía.

Decía Christophe Donner en su interesante libelo Contra la imaginación (Espasa Calpe, 2000) que «a veces la imaginación con su pretensión constructivista, con principio y fin, perceptible y narrable, se ha ido apoderando de muchas obras» a lo que modestamente me gustaría añadir que la imaginación es necesaria y enriquecedora cuando se toma como un destino (la magnífica Big Fish –íd, 2003, Tim Burton– da prueba de ello) y dañina y superflua cuando sirve sólamente como atajo. Fellini comenzaba así con su santa dualidad. Con el hombre y la mujer que llevaba dentro, con el neoorealista y el vanguardista, con el artista y el bufón.

Por lo tanto El jeque blanco representa la carta de presentación del Doctor Fellini y Mr Fellini dentro de esa dualidad, de esa ambivalencia y de esa división que fue marcando su obra hasta que se fue decantando claramente hacia una de ellas. Aquí estaba posicionado al lado contrario. El final de El jeque blanco es meridiano a este respecto, La voz de la luna (La vode della luna, 1989) es tajante respecto al otro.