GINGER Y FRED (Ginger e Fred, 1986)  
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Sumario
Por Sergio Vargas
Cartel de la película
Miradas de Cine © 2002-2004

Doble de pan y circo, por favor

Fiametta Profili, asistente personal de Fellini, asegura en el documental La magia de Fellini ( The Magic of Fellini, Carmen Piccini, 2001) que en los últimos años, el director italiano (siempre dispuesto a la improvisación, gustase esto o no a sus actores) sólo escribía historias de una página y que los productores tenían que elaborar la película a partir de ahí. No es difícil imaginar que fuese eso mismo lo que precisamente ocurrió con Ginger y Fred, una película construida en torno a una idea básica, el reencuentro de Amelia y Pippo, dos bailarines, que en su época de gloria formaban una inseparable pareja que imitaba al dúo de baile por excelencia, Fred Astaire y Ginger Rogers, pero que no se ven desde hace treinta años, tras truncarse su relación profesional. El motivo de la reunión: la participación de ambos en un programa especial de Navidad.

La pareja protagonista, y en la que reside la mayor parte del atractivo de la cinta es también la pareja de actores favorita de Fellini, que sin embargo no había compartido antes la pantalla: su esposa, Giuletta Masina, y uno de los rostros más carismáticos del cine italiano, Marcello Mastroianni. Remitiéndome de nuevo al documental de Carmen Piccini (consistente básicamente en un conjunto de entrevistas e imágenes de archivo de entrevistas al director y a la gente de su entorno cinematógrafico), era Claudia Cardinale la que decía que Mastroianni era el actor preferido de Fellini, además de su mejor amigo, para terminar concluyendo que ambos eran una misma persona. Desde este singular punto de vista también sería posible contemplar el reencuentro ficticio de Ginger y Fred como el reencuentro real de Masina y Fellini como director y actriz en una misma película, algo que no sucedía desde hacía veintiún años, con Giulietta de los espiritus (Giulietta degli spiriti, Federico Fellini, 1965). Quizá sea precisamente por eso, Masina desprende un aura especial con la que logra componer un personaje auténticamente conmovedor.

Amelia-Ginger llega a los estudios de televisión convencida de que su actuación será el punto álgido de un programa de variedades, y poco a poco se irá dando cuenta de que en realidad se trata de un show en el que compartirá escenario junto a un grupo de enanos, un travesti, imitadores de segunda, un mafioso, un decrépito héroe de guerra, un cirujano plástico que realiza cincuenta operaciones diarias, un fakir que embaraza a las mujeres con la mirada e incluso una vaca de dieciocho ubres, en definitiva, un circo que se alimenta de la carnaza con el fin de ocultar la cruda realidad en que vivimos (algo que no agradecemos lo suficiente) y que resulta tanto más estremecedor en cuanto que parece un vivo reflejo de la televisión actual (han pasado casi veinte años desde el rodaje del film), y que parece poco probable que jamás desaparezca de nuestras vidas, remarcando la faceta visionaria del director italiano. Así pues, en torno a esta simple idea del reencuentro en los estudios de televisión donde se desarrolla prácticamente toda la película, Fellini crea una curiosa sátira en torno al mundo de ésta, la publicidad y en general a todo lo que se convierte en un opio para el pueblo (incluyendo el fútbol), siendo el momento cumbre el desternillante testimonio de la mujer que ha estado un mes sin ver la televisión como parte de un experimento sociológico y que asegura entre sollozos que no repetiría la experiencia, encadenado con uno más de los absurdos anuncios que se van insertando a lo largo de la película.

La veterana bailarina se comenzará a preguntar quien demonios le mandaría a ella meterse en semejante jaleo. La respuesta se torna bastante evidente desde un principio para el espectador. Añora esos días felices en que era una estrella junto a su adorado compañero Pippo, y quiere recordar, revivir aquella época, volver a saborear las mieles de la fama y la gloria antes de que caiga por última vez el telón y por supuesto encontrarse de nuevo con Pippo, saber que ha sido de él. A Pippo la vida le ha tratado bastante peor que a su compañera (convertida ahora en empresaria) y durante esos años ha pasado por un manicomio (detalle que no hace que Mastroianni abuse de unos posibles excesos histriónicos) y por el abandono de su esposa, siendo su motivación principal el dinero que les pagan por la actuación. Ello no obstante, no impide que el orgullo le impulse a defender ante su pareja de baile, durante el ensayo previo a la actuación, que el dinero no es lo que el quiere, sino decirle a los sesenta millones de espectadores lo borregos que son.

A pesar de la citada sátira, Ginger y Fred no llega a convertirse en ningún momento en una comedia, sino que más bien se trata de una película bastante emotiva, en la que el adiós de los protagonistas realmente tiene el regusto de un adiós definitivo, pero con la satisfacción de que ambos han revivido los mejores momentos de su vida. Además, después de que ellos se vayan, tenemos el consuelo de que el tercer protagonista de la historia permanecerá inmutable, anunciando sus miles de nuevos canales, productos y programas, ya sea en la estación de tren, en el bar, o, mejor aún, en nuestros propios hogares, devorando nuestro cerebro por nosotros, si le queremos dejar…