LA CIUDAD DE LAS MUJERES (La cittá della donna, 1980)  
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Sumario
Por Manuel Yáñez
Cartel de la película
Miradas de Cine © 2002-2004

Como me comentaba hace poco tiempo un compañero, miembro de la redacción de esta revista, La ciudad de las mujeres (La citta delle donne, 1980) parece la película de una persona que no termina de comprender lo que está sucediendo en el mundo. Fellini no entiende cómo su visión del mundo femenino conlleva una consideración de la mujer como objeto. Desde esa imposibilidad para objetivar y comprender su propia perspectiva de la realidad, el director italiano hace una película que presenta en sus entrañas una contradicción absoluta. La ciudad de las mujeres parece la película de un director que pide disculpas. Su alter ego fílmico, un cada vez más desubicado Mastroianni, solicita el perdón del mundo femenino por su recién descubierto machismo recalcitrante. Y sin embargo, La ciudad de las mujeres es una de las películas más machistas que este redactor haya visto jamás. Fellini pide perdón e insulta a la vez, no entiende la imagen que proyecta su imaginario y convierte su película en una ofensa a la dignidad de las mujeres y al buen gusto.

La ciudad de las mujeres es una película machista. Todo el fragmento que se desarrolla en la mansión en la que se lleva a cabo una convención de feministas provoca vergüenza ajena. Los ecos de la auténtica ideología feminista y las obsesiones fellinianas se entremezclan resultando en un híbrido sin sentido. Fellini reduce el feminismo a un reclamo de conquistas en el terreno de la sexualidad. En un acto de simplificación y vulgarización, vemos al conjunto de feministas como un grupo de histéricas que reproducen comportamientos infantiles y que asumen como único objetivo la inversión de términos en la estructura de poder del hombre sobre la mujer. Fellini no entiende los reclamos del feminismo y en su intento de reproducción ridiculiza y se reafirma en su visión machista de la mujer.

Fellini perdió el sentido de la elegancia. Había en el Fellini más inspirado, por ejemplo en Ocho y medio (8 ½, 1963), un enorme sentido de la belleza que se plasmaba en su gusto por la elegancia. Una elegancia que podía convivir con ciertos toques de vulgaridad que en su elogio de la exhuberancia se convertían en nuevos síntomas de buen gusto. Hasta el omnipresente regreso a los territorios de la añorada infancia se teñían, en su estética rural y pueblerina, de una belleza que no desentonaba con el look chic de sus películas. Pero ese equilibrio se perdió, las pequeñas pinceladas de vulgaridad se convirtieron en grandes brochazos que los abarcan todo. Los términos del acuerdo se invierten y es ahora la elegancia la que rodeada por la vulgaridad deja de ser una señal de buen gusto para convertirse en una muestra de estética kitch . Descubrimos a un Fellini del mal gusto, con sus grandes escenografías que son vulgares cuando él piensa que son elegantes. Es justamente esa asincronía entre la percepción y el resultado lo que refuerza la fealdad de su estética. Claro ejemplo lo encontramos en el encadenado de números musicales de cabaret que son toda una muestra de mal gusto. Sin embargo, podríamos remitirnos a otra película que prácticamente calca la citada secuencia consiguiendo resultados totalmente opuestos. Hablo de All That Jazz y el encadenado de secuencias musicales producto de las alucinaciones de un Joe Gideon moribundo y condenado por el sentimiento de culpa. Allí una estética deliberadamente pop , rallando lo kitch , se convierte en una muestra de estilo y buen gusto. Pero esa autoconciencia no está en La ciudad de las mujeres, una película que perfectamente podría haber formado parte del ciclo de películas que acompañó a la exposición Cultura Porquería que ocupó el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona el pasado verano (2003).

Es curioso analizar el progresivo aumento de la teatralidad en la actuación de Mastroianni con respecto a anteriores películas. Aquí, encontramos a un actor absolutamente poseído por el histrionismo. Enjaulado en un sinfín de tics, desde el smick-smack de su excéntrico caminar hasta la exteriorización de una lívido incontrolable, el personaje de Snaporaz termina siendo el payaso de circo que tanto adora Fellini.

Para acabar, me parece interesante observar el progresivo distanciamiento de la realidad que puede verse en la obra de Fellini. En mi artículo sobre Ocho y Medio de la primera parte de nuestro estudio analizaba cómo dentro de la misma obra se producía un aumento de la autonomía de los fragmentos imaginarios. En La Ciudad de las mujeres , lo imaginario, la ensoñación ya no es el fragmento, es la obra completa. Todo es un sueño, un sueño que viene introducido en la secuencia inicial de la película por otros elementos propios del imaginario felliniano. Tren-túnel-penetración-mujer-reflejo-niños-sueño. Así podríamos describir esa primera secuencia, que enlaza con la que cierra la película, en la que se explicita que todo fue un sueño.

La ciudad de las mujeres es una de las peores películas del director italiano. Sus antiguas virtudes se transforman en vergonzosos defectos y la necesidad de defender la entereza de su espíritu e inspiración creativa lo llevan a la perversión de su cine, un final triste.