| LAS NOCHES DE CABIRIA (Le notti di Cabiria, 1957) |
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Buscona sin vocación busca hombre bueno sin compromisoLos primeros y –siempre a mi entender– fabulosos films de Fellini tenían la inmensa capacidad de suscitar emociones. Resorte tan simple como infalible, aunque no crean que se considera ya una virtud o siquiera un don: se le ha acabado echando en cara hasta a Chaplin o Capra, como si el manipular al espectador, el jugar con sus sentimientos, no formase parte de esa gran ilusión que es el cine. Aquel fulgor de los primeros tiempos (reflejo dorado del ideario neorrealista, antesala de futuros movimientos... pero por encima de todo novedoso, personal y -el tiempo lo ha demostrado- intransferible) le reportó a Federico la fama internacional (premios en Cannes, nominaciones al Oscar) y le llevó, ya en los sesenta, a imprimir un giro colosalista a su cine, reformulación en la que el espectador se veía impelido a identificarse con los espacios antes que con las personas. A veces... funcionó. Ustedes mismos. Yo antes que con los techos altos y las paredes húmedas me quedo con las personas. Fellini se acabó enamorando del cinematógrafo (el medio) y dejó de lado a aquellos personajes primorosamente escritos y descritos, trufando sus películas de secundarios carismáticos de aparición episódica, desfile sin descanso de freaks que entraban por una puerta y salían por la otra. Gradisca! Las noches de Cabiria es... otra cosa. Giulietta Masina, sorprendente mujer de Fellini y antónimo de sus idealizadas valquirias (él, tan propenso a las señoras de vientres colgantes y caderas como acueductos, se pasó la vida junto a una chiquilla de cara reluciente, poquita cosa, algo tímida y -esto siempre lo supusimos- posiblemente encantadora), compone un personaje de esos que entran directamente y por la puerta grande en la galería imprescindible de la ficción, ocupando puesto de honor junto a la Gelsomina de La Strada (id., 1954). En el guión de la película intervino el mismísimo Pasolini (papel que el propio Fellini había jugado una década antes para Roberto Rosselini), otro especialista en individuos cándidos y algo asilvestrados (cuatro años después debutaría en la dirección con Accattone, el revés masculino de Cabiria). Y es que a Cabiria ya la conocíamos. Le habíamos echado el ojo en el tramo final de El jeque blanco (Lo Sceiro Bianco, 1951), cuando el desconsolado y presentido cornudo se tiraba a las calles en su desesperación marital. Y encontraba allí a unas rameras comprensivas, maternales, almas libres que ofrecían sus camas más como divanes que como obtusa geografía de coitos rápidos y mal pagados. Acuso a Fellini de convertir la miseria en poesía. ¡Bellaco! Lo logró también Ford en Las uvas de la ira (The Grapes of Wrath, 1940), De Sica en Milagro en Milán (Miracolo a Milano, 1951) o Berlanga en Plácido (1961). Una prostituta enamoradiza que se pasea por las calles de Roma teniendo múltiples encuentros pero pocos clientes. Ahorradora, católica, pobre pero inmensamente digna. Con su casa, sus amigas, su barrio... y su esquina. Casi le da a uno por creer que se puede ser feliz ejerciendo una profesión así, acudiendo de romería con su proxeneta y compañeras de trabajo, respetando los días de asueto de la clientela. Parafraseando a Pedraza y Gandía, "el camino de Cabiria parece consistir en dar vueltas a la noria de la vida sin salir del círculo de engaños al que le conduce su propia inocencia lunática".(1) De buena mañana, Cabiria abandona los arrabales y se dirige a la ciudad, espacio donde Fellini acostumbra a concentrar todos los vicios de esta su Italia carnavalesca y bufa. Lo de Cabiria es un coitus interruptus en toda regla: conoce a un tipo imponente, guapo, rico... y finalmente es arrojada de su cama ante la llegada de la desairada amante. Cobra, sí, aunque por motivos distintos a los de partida. Un tal Orlando se cruza en su vida. Uno de esos hombres que hacen promesas mientras le miran el bolso. De los que tienen planes inconfesables. Planes de los cuales nos percatamos todos, ¡pobre Cabiria! Menos ella, alma cándida. Prostituta e ingenua: mala combinación... Y al cabo, todo lo pierde Cabiria. ¿Todo? No, quizás sólo el dinero. Porque sigue viva, anclada en lo alto del precipicio y, por tanto, imperecedera en su esperanza. Lo último que sabemos de ella es que avanza sola por una carretera, derramando lágrimas y sonriendo a un tiempo cuando una improvisada barahúnda de noctámbulos se entremezcla con ella. Y la nave va. Un último apunte. ¿Por qué será que la Emily Watson de Rompiendo las olas (Breaking the Waves, 1996. Lars von Trier) me recuerda tanto a esta Giulietta felliniana? Una y otra película hablan de mujeres extraordinarias que pasan por estúpidas para su entorno más próximo, constituido por hipócritas e indolentes. De adolescentes incapaces de cometer maldades. De terribles pruebas que culminan con algo parecido a un milagro. Hablan las dos de lo cercano y, por lo tanto... ¿de lo eterno? (1) Federico Fellini, de Pilar Pedraza y Juan López Gandía. Ediciones Cátedra. Signo e imagen / Cineastas. |