| LA VOZ DE LA LUNA (La voce della Luna, 1989) |
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Un momento de silencioFederico Fellini nació en Rímini, en el nFellini consideraba que la relación entre cine y literatura, en el caso de que exista, ha de ser una relación libre y totalmente despojada de ataduras entre una obra y la otra. El hecho de adaptar de manera fiel un texto literario, suponía para el autor de La Dolce Vita borrar su esencia original, negársela. (1) Establecida esta premisa, no es de extrañar el hecho de que tanto Satyricon (1969), como Il Casanova (1976), dos de las escasas obras que Fellini adaptó a partir de un texto literario, difiriesen en mucho de los originales, llegando a jactarse en numerosas ocasiones el mismo Fellini de haber "reinventado" el texto primigenio. En el caso que nos ocupa, La voce della Luna, el último film realizado por Fellini, se trató de nuevo de una adaptación bastante libre de la novela Il poema dei Lunatici (Ermanno Cavazzoni, 1987). El poema trataba sobre la locura, representada en la influencia lunática sobre dos personajes bastante curiosos: Ivo Salvini (Roberto Benigni), un hombre que acaba de salir de un hospital psiquiátrico sin estar curado, aunque de hecho es inofensivo; y del prefecto Gonnella (Paolo Villaggio), un funcionario que también ha perdido la razón y que cree que todo lo que le rodea es falso. Ambos personajes se encuentran en un extraño pueblo, del que Fellini nunca dio el nombre en el que se inspiraba, aunque dijo que pretendía situarlo en la zona pantanosa del río Po. Ivo se va encontrando en su camino a otros seres marginales, como su amigo Nestore, a quien su nifómana mujer ha dejado por un carnicero del barrio, y que está obsesionado por los tejados, o su enamorada Aldina, una rubia de tez pálida a quien Ivo identifica por esto con la imagen misma de su amada luna. Fellini adaptó a rasgos generales el texto de Cavazzoni, trabajando para ello con el mismo autor del poema en la escritura del guión. Pero el director se sirvió del texto para insertar de nuevo en la obra sus propios fantasmas, algunos de los temas que a lo largo de su carrera le habían obsesionado. El tema de la locura fascinaba a Fellini, de hecho uno de sus proyectos malogrados había de ser el que trataba sobre un hospital psiquiátrico en la Toscana italiana, –por no hablar de la galería de extraños personajes y situaciones que pueblan gran parte de sus films–. La estructura narrativa de la película (el guión, según se cuenta, nunca llegó a materializarse realmente, tratándose más bien de un esqueleto argumental que el director iba alterando y modificando durante el mismo rodaje) no es en absoluto una estructura clásica, ni tan sólo una estructura narrativa coherente. Se trata más bien de una serie de episodios de corte surrealista vividos por ambos personajes y por la galería de secundarios que se cruzan en sus caminos. El poema de Cavazzoni estaba narrado en primera persona, hecho que dificultó sin duda la transposición al lenguaje cinematográfico por la imposibilidad de utilizar el recurso de una voz en off que hubiera destruído la credibilidad en la locura de Ivo Salvini. No obstante, la película se convierte en una amalgama de situaciones difícilmente comprensibles, aunque algunas de ellas se identifiquen por su remisión a temas previamente tratados por el realizador italiano, como la crítica al medio televisivo, representada en este caso por una extraña renión en la plaza del pueblo, en la que mediante un desplegue mediático de enormes pantallas se asiste a la retransmisión de la captura de la luna por parte de tres obreros, –sorprendente imagen la de una gran bola blanca luminosa rodeada de cuerdas y encerrada en una gran nave–, o la repulsa del director hacia la nueva cultura juvenil, escenificada en la intrusión de los dos personajes en una especie de discoteca en la que multitud de jóvenes bailan al son de la música de Michael Jackson. Durante esta escena, un enfadadísmo Gonella sube a la cabina del disc-jockey para acusar a gritos a los jóvenes de asesinos de la música, culpables sin saberlo de no haber escuchado en su vida el sonido de un violín. Acto seguido, Gonella se encuentra con su mujer y bailan un vals ante el corrillo de jóvenes que les rodean, quienes se abalanzan en un mar de aplausos hacia la madura pareja para acabar bailando de nuevo la misma música de antes. Metáfora bastante obvia y simplista ésta de la suplantación de la vieja cultura por otra totalmente nueva, a la que Fellini nunca entendió y a la que llegó a calificar durante la promoción del film como «una de las formas más repugnantes de nuestra época» (2). El film de Fellini fue presentado en Cannes en 1990, y entonces ya fue muy duramente tratado por la crítica francesa, la cual lamentó la repetición del director en los mismos temas de siempre, y la adscripción a un pasado del que poarecía no querer salir. La carrera del realizador se había acabado, y ni siquiera el Óscar honorifico que le entregó el mismo Mastroianni en 1993 consiguió que ningún productor se volviese a interesar por el realizador de Rímini. Su gloria se había eclipsado, aunque Fellini conservara de pleno su dignidad y el sentimiento de haber realizado un buen trabajo: «Me siento como si los años hubieran pasado súbitamente, como si me hubieran traicionado. No estoy muy seguro de lo que hacía cuando tenía cincuenta y un años, treinta y ocho o sesenta y tres, ni de cuántos años han pasado en realidad. Me siento bastante perplejo, atónito, y me veo obligado a admitir, con admiración, si no asombro, que cincuenta años de trabajo han transcurrido en el interior de un estudio cinematográfico, acercando un poco más a una persona, pidiendo luces, poniendo las frases correctas en boca de otros. Me siento como si sólo hubiera vivido un único y largo año» (3). Fellini se había quedado obsoleto, y el mundo lo había dejado atrás en su avance imparable hacia la cultura moderna. La televisión, la sociedad de la información y del espectáculo, habían llenado de un ruido furioso la vida, impidiendo la comprensión sobre nuestro entorno. Ante esta aparente atmósfera de incomunicación y ambiente ensordecedor, Fellini propone un momento de silencio, única solución posible para entender este incomprensible universo, pero el mundo ya le ha vuelto la espalda, ya ni siquiera le oye, y hasta la misma luna detiene su charla para pasar a publicidad... (1) Fellini en Hacer una película, Ed. Paidós Barcelona, 1999 (1a ed. Zürich, 1980) p. 143 |