LUCES DE VARIEDADES (Luci del varietà, 1951)  
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Sumario
Por Jorge-Mauro de Pedro
Cartel de la película
Miradas de Cine © 2002-2004

Comienza el espectáculo

Hace medio siglo comenzaba a hacer cine el maestro de ceremonias de Rímini. Más de cinco décadas desde que le dio por erigir mástiles y levantar una carpa bajo la que dar cobijo a sus criaturas, circo de tres pistas donde sus bestezuelas rugirían, saltarían y se contonearían al escuchar el restallar de su látigo. El reino sin corona ni blasones de la imaginación veía ocupado su trono por un clown, un bufón reconocido que proyectaría sus caricaturas sobre la sábana blanca, para escarnio de bienpensantes y solteronas de escapulario.

Quede dicho: para mí el gran Fellini es el de los años cincuenta, decayendo mi interés por su filmografía a partir de Ocho y medio (Otto e Mezo, 1963) (con la excepción, quizás, de Amarcord (id., 1973) y Ginger y Fred (Ginger e Fred, 1985)). Y es que sus últimos tiempos fueron en efecto recargados y barrocos, enamorado de escenografías mayúsculas y decorados abrumadores. Grandes salas por las que se paseaba su ego de director dispuesto a firmar los títulos de sus películas con su propio apellido; más preocupado en sorprendernos con sus repartos de mujeres contundentes, perdido en la rememoración de una infancia repleta de referencias cruzadas y autohomenajes, obsesionado con sus propias obsesiones...

En cambio, en estos gloriosos años que van desde la presente hasta La dolce vita (id., 1960), Fellini logra pasar de un neorrealismo bastardo que apostaba por las voces corales -las bases de cuyo movimiento, no olvidemos, él mismo había ayudado a cimentar con sus guiones- a historias donde, por encima de abundantes dispersiones argumentales, se nos narra la crisis existencial de víctimas que se creen verdugos (el farsante enmascarado de El jeque blanco (Lo sceicco bianco, 1952), la pandilla basura de Los inútiles (I Vitelloni, 1953), el Zampanò de La Strada (id., 1954), el ladrón amoral de Almas sin conciencia (Il Bidone, 1955) o el Marcello de La dolce vita (id., 1960)).

En Luces de variedades seguimos la gira -provinciana y algo cateta- de unos jornaleros de la farándula enamorados de su oficio, aunque demasiado acostumbrados a escuchar el vacío de sus estómagos. «(...) La tensión entre el espectáculo de la gran ciudad moderna, el music-hall, frente a las ya crepusculares variedades, que tienen como escenario el teatrillo (...), donde las canciones pícaras se ven punteadas por las campanadas de la torre de la iglesia» (1).

Números añejos vistos mil veces, trucos de cajón con los que ya no embaucan a casi nadie, arrastrarse de un pueblo a otro propulsados por el halo falsamente romántico de su profesión.

Esta trouppe de ingenuos (pronto descubriremos que no hacen mas que engañarse a sí mismos soñando con gruesas recaudaciones dominicales y el respeto de un público mas bien inclinado al improperio) verá revolucionada su existencia con la llegada de una joven ambiciosilla, tan mona como patosa y desgarbada. A Liliana (una bellísima Carla Del Poggio) parece perdonarle todo un público masculino amante de la revista y el vodevil: unas piernas bonitas obran el milagro de convertir a una neófita en una... "estrella".

Pero la cosa no se para ahí. El promotor de esta jaula de grillos –Checco (Peppino De Filippo), un tipo que roza la senectud, felizmente arrimado a una trotamunda en declive– cae prendado por los encantos de la joven, utilizando sus supuestas influencias –que incluyen el alevoso y atufado tópico del «nena, yo a ti te hago actriz de cine»– para orquestar una burda maniobra de acoso y derribo.

Nuevamente se cumple el destino de los personajes fellinianos: el cazador cazado. Porque este seductor Mañara no se da cuenta de que su "inocente" vestal está dispuesta a utilizar su talón de Aquiles (el amor otoñal de un perdedor demasiado maduro) para encaramarse a donde haga falta.

La penitencia a pagar por su chaladura será el ostracismo al que le condenan durante una temporada sus fieles artistas de repertorio, capaces de perdonarle cualquier cosa menos traicionar a alguien del grupo, código trashumante que parece gobernar este pequeño mundo mucho menos amoral de lo que en un principio nos había parecido.

En última instancia –y engarzando nuevamente con el principio de la película– veremos a la comitiva tomando un nuevo tren hacia un destino que adivinamos marginal, reconciliados y con propósito de enmienda, aunque nuestro Pigmalión de pacotilla no tarde en fijarse en una nueva alma cándida que confunde las bambalinas con el Parnaso.

Aún siendo una película co-dirigida con Lattuada y realizada en régimen de cooperativa, todo Fellini está ya aquí apuntado, dibujado a grandes pero seguros rasgos. Su leve misoginia, la fiesta ritual tras la cuál sólo perdura la desazón y el cansancio de otra madrugada perdida, la fascinación por la gente nómada, el personaje que lo observa todo con discreción y acaba eligiendo otro camino, el retrato cruel de las oligarquías...

(1) Federico Fellini, de Pilar Pedraza y Juan López Gandía. Ediciones Cátedra. Signo e imagen / Cineastas.