Miradas de Cine 1952 • JUEGOS PROHIBIDOS
(Juex interdits, René Clement)
  Miradas de Cine
Sumariovotaciones
Por Joaquín Vallet Rodrigo
Cartel de la Película

Francia, 1952. Director: René Clement. Productores: Robert Dorfmann. Guión: René Clement, Jean Aurenche, Pierre Bost, basado en la novela "Les Jeux Inconnus" de François Boyer. Fotografía: Robert Juillard, en b/n. Música: Narciso Yepes. Dirección artístiva: Paul Bertrand. Montaje: Roger Dwyre. Intérpretes: Georges Poujouly (Michel Dolle), Brigitte Fosey (Paulette), Amédée (Francis Gouard), Laurence Badie (Berthe Dolle), Suzanne Courtal (Madame Dolle).

PREMIOS Y CANDIDATURAS

Película extranjera

Dirección artística (N)

RIVALES A MEJOR PELICULA

Premio directo

 

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La inocencia destruida

Nos encontramos en 1952, es decir, en la plenitud del cine clásico y el sistema de estudios, tanto en Estados Unidos como aquí en Europa. Y, de la misma forma, nos encontramos en uno de los más brillantes momentos que ha vivido el cine francés: un año antes, Jean Renoir había estrenado El Río (Le fleuve), para quien esto suscribe, su obra maestra absoluta; Marcel carné se encontraba en pleno rodaje de Thérèse Raquin; Max Ophüls estrenaba El placer (Le plaisir) y, un año después, Madame de…; Jacques Becker daba muestras de su incuestionable talento con la impresionante París, bajos fondos (Casque d´or); Henri-Georgés Clouzot ultimaba una pieza magistral: El salario del miedo (Le salaire de la peur)… y René Clément conmocionaba a medio mundo con Juegos prohibidos. Pocas cinematografías pueden presumir de haber proporcionado, en tan sorprendenetemente corto margen de tiempo, tal cantidad de films memorables y tan alto número de cineastas en activo dispuestos a situar el cine galo entre los más importantes del momento -1-.

El "Oscar" y el premio en Venecia concedido a René Clément por esta película aparte de confirmar lo ya dicho, son buena muestra del impacto que produjo este film. La Segunda Guerra Mundial había terminado hacía siete años, pero las heridas de todo un continente que se había situado no sólo al borde del caos, sino en las mismas fronteras de la autodestrucción continuaban abiertas. El Neorrealismo Italiano seguía mostrando las secuelas de la brutalidad sin tener de base ninguna referencia al conflicto y el cine francés optaba por el "olvido" a los años de ocupación y centraba todo su potencial en un cine teñido de negro pesimismo, aunque siempre sin incidir de lleno en los penosos años pretéritos.

Empero, René Clément no quiso plegarse ante estas premisas y centró la temática de Juegos prohibidos en la verdadera víctima de toda atrocidad bélica: el mundo de la infancia. Mediante las soberbias interpretaciones de los niños protagonistas (Georges Poujouly y Brigitte Fossey) y los acordes de la guitarra de Narciso Yepes, René Clément se adentra en el desconcierto de unos seres que no entienden qué es lo que sucede a su alrededor, que ven que su mundo se desmorona, que se encuentran solos ante una situación que no tiene fin, que dejan de ser niños a una edad demasiado temprana para acceder a los traumas de un mundo adulto que se destruye de manera inmisericorde.

El protagonismo de la muerte como la puerta de acceso a ese mundo que los niños observarán con la curiosidad propia de su edad y el temor motivado por todo cuanto sucede a su alrededor, se va apoderando paulatinamente de sus actitudes hasta convertirse en una opción vital, en un "juego" de imitación de variantes iniciáticas. La muerte deja de poseer su significación de "excepcionalidad" para convertirse en algo cotidiano, en un turbador compañero de juegos que marca las reglas a seguir.

Ante estas intenciones, la mirada de Clément se vuelve despiadada, extremadamente dura. La exposición, insoportablemente diáfana, de los macabros "juegos prohibidos" no sólo es una voz de alarma ante la imperdonable destrucción de la inocencia infantil, sino un grito de inmisericorde desprecio a cualquier conflicto armado. De hecho, pocas obras han mostrado los horrores de la guerra con la contundencia y la severidad de ésta. Apoyado en una puesta en escena de rotundos encuadres (potenciados por la excepcional fotografía de Robert Juillard), el ambiente luctuoso, casi espectral, se concibe como la preclara metonimia de un universo hostil que Clément desarrolla con un talento que supera los límites del virtuosismo.

Incuestionable obra maestra del primer al último plano, Juegos prohibidos se erige en uno de los más escalofriantes alegatos antibélicos que se hayan visto jamás.

(1) Y pocas cinematografías han situado un antes y un después tan radical en este aleccionador panorama, gracias a la desgraciada aparición de la Nouvelle Vague, que no sólo hizo desaparecer (definitivamente) este tipo de cine, sino que significó el detonante de una gravísima crisis artística de la que el cine francés aún no se ha recuperado… muy a pesar de lo que digan los defensores de este movimiento. Y, como prueba, una pregunta: desde 1959, ¿cuándo ha vivido el cine galo una situación tan brillante como la aquí expuesta?…