Miradas de Cine 1969 • Z
(Z, Constantin Costa-Gavras)
  Miradas de Cine
Sumariovotaciones
Por Alejandro G. Calvo
Cartel de la Película
Francia-Argelia, 1969. Director: Costa-Gavras. Productores: Jacques Perrin, Ahmed Rachedi. Guión: Jorge Semprún, Costa-Gavras, a partir de la novela homónima de Vassilis Vassilikos. Fotografía: Raoul Cotard. Música: Mikis Theodoraskis. Diseño de producción: Jacques D'Ovidio. Montaje: François Bonnot. Duración: 105 min. Intérpretes: Yves Montand (El Diputado), Jean-Louis Trintignant (El Magistrado), Irene Papas (Helene), Jacques Perrin (El Fotógrafo), Charles Denner (Manuel), Pierre Dux (El General), Marcel Bozzuffi (Vago), Renato Salvatori (Yago).

PREMIOS Y CANDIDATURAS

Película extranjera

Montaje

Director (N)

Película (N)

Guión adaptado (N)

RIVALES A MEJOR PELICULA

Adalen 31 (SUE)

La batalla del río Neretval (YUG)

Los hermanos Karamazov (URSS)

Mi noche con Maud (FRA)

 

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Crónica de una muerte anunciada

La más bien peculiar, e incluso errónea, trayectoria de Constantin Costa-Gavras como realizador cinematográfico, ha acabado por dar la razón a aquellos que atacan al cine político (o social) acusándole de ser básicamente un panfleto maniqueísta, que sólo sirve a las órdenes didácticas del realizador o guionista de turno. Películas como El sendero de la traición (Betrayed, 1988), La caja de música (The Music Box, 1989) o Mad City (Ídem, 1997), por pocos aciertos que presenten, amén de la simpatía que produce en ellas el hecho de ser films combativos en una época de cierta complacencia política (más bien un nihilismo, fruto del desinterés y la desconfianza del pueblo en sus gobernantes -hemos sufrido demasiados cambias para que todo siga igual-), al fin y al cabo resultan productos fallidos, básicamente por expresar la constancia (o tozudez) de un cineasta que no consigue variar sus recursos estéticos acogiéndose a un formato televisivo prácticamente desganado. Costa-Gavras es un realizador, en este caso, como Ken Loach -la cara buena de la moneda sería gente como Robert Guédiguian, Erick Zonka, Laurent Cantet, y, por supuesto, Bertrand Tavernier-, al que su inmovilismo temático le han llevado a variar poco o nada las formas de su cine, haciendo que este dependa inexorablemente de la calidad de sus guiones, lo que acaba por convertirse en un cine ya no poco evolutivo, si no exento de una aportación más rica que la que sea presente en el entramado principal de la película. A este respecto, incluso un film fallido como Hanna K (Ídem, 1983), resulta interesante por su presunta ambigüedad narrativa, o Amen (Ídem, 2002) , por su capacidad de castigar a los suficientes culpables para que la obra se convierta en un tiro al blanco de sucinto interés.

Sin embargo el cine de Costa-Gavras no siempre había sido así. Prueba de ello, además de la sardónica e imprescindible Z, se puede hallar la desgarradora Missing (Ídem, 1982) –obra cumbre de un cineasta con pocos picos altos– o la enfermiza Estado de sitio (État de Siège, 1973), una obra primo hermana de Z, que encontraría su sitio en el tiempo en las sombras de la escalofriante obra de Marco Bechis Garaje Olimpo (Garage Olimpo, 1999), sobre las extorsiones y torturas durante la dictadura en Argentina del infame y aún hoy en libertad, General Videla. Todas estas obras son hoy lo más relevante del cine de Costa-Gavras, el devenir político de escala mundial durante todos estos años, ha hecho que un film como Z haya sido siempre imprescindible y un buen reflejo, en clave paródica, de lo que se acontece en los países primero, exentos de democracia, luego, con una democracia absolutista, una reconversión fáctica de lo más inteligente, que muchos aún están pagando.

Lo más sorprendente de Z, un film, que como dicen los autores, el realizador de origen griego y el escritor y guionista español Jorge Semprún, al principio de la cinta: "Cualquier parecido con acontecimientos reales, personas vivas o muertas, no es fruto del azar. Es voluntario", es que está precisamente basado en hechos reales -el asesinato del diputado izquierdista griego Grigoros Lambrakis a manos de un grupo ultraderechista guiado por el gobierno, la investigación del magistrado Khristos Sartzetakis, que acabaría convirtiéndose años más tarde (1985), aupado por la popularidad del film, en presidente de la república, así como el breve encarcelamiento de los culpable y el posterior golpe de estado que llevaría a Grecia a una dictadura férrea (1)-, por más que estos estén presentados de forma hiperrealista, con grandes dosis de comicidad.

Posiblemente este sea el punto más interesante de Z, film que acabaría obteniendo el premio del Jurado de Cannes y una triple nominación al Óscar como Mejor Película de Habla no Inglesa, Mejor Montaje y Mejor Película –siendo el primer film que conseguía dos nominaciones a mejor película–, una obra capaz de alejarse del realismo para hacer una sátira de los hechos acaecidos, por más que estos fueran execrablemente reales. La primera escena de la película es claramente reveladora y nos prepara para el devenir de la misma: En un aula, los generales reciben instrucciones de cómo controlar a las nuevas voces pro-democráticas, asemejándolas con la desparasitación de los campos de labrado o con las manchas que salen en el sol. A partir de esta punta Costa-Gavras juega con la hiperbolización de los hechos, especialmente los más dramáticos, alrededor del asesinato del diputado interpretado por Yves Montand. Los extremos de ambos partidos, los izquierdistas y los derechistas, son retratados como unos muñecos del Guiñol, sólo quedando como figura imparcial, y con la que consecuentemente se identifica el público, del joven magistrado que investiga los hechos (interpretado por Jean-Louis Trintignant) y que acaba por acusar formalmente a generales y directores de la policía de organizadores del atentado: Esta secuencia es especialmente brillante, rodado casi como un slapstick, en la que los caricaturizados mandatarios van apareciendo ante el tribunal ataviados cada uno con un número de condecoraciones más grandes, y acaban saliendo por una puerta falsa con la que siempre chocan... Costa-Gavras se permite ridiculizar a los mandatarios de las fuerzas armadas, así como a la presente figura en su cine de los Estados Unidos, como un maestro de marionetas que maneja el mundo a su antojo, y otorga a los vencidos la victoria, que como cantaría Joaquín Sabina en referencia a los caídos durante la dictadura franquista, "que la historia les robó", pero también, como sigue la canción y el film de Costa-Gavras, la alegría de los vencidos... "más que alegría la suya, era desesperación".

Es por ello que los que en su día –incluyendo los Cahiers du Cinema– atacaron al film tildándolo de maniqueo y "poco brechtiano", de hecho no estaban faltando a la verdad, pues las intenciones de realizador y guionista eran claras en este aspecto, Z es un ejercicio consciente rodado con la suficiente rabia como para evidenciar sus intereses. Además el film salió a la luz –después de numerosos problemas de producción que llevaron el rodaje a Argelia– justo después del Mayo del 68 francés, lo que sirvió a una nueva generación de espectadores a identificarse con un film cercano a sus principios. Aún ahora las metáforas del film, tales como el fuerte corazón del diputado que se niega a morir, o el palurdismo del que hacen constancia los asesinos del diputado, Yago y Vago, uno de ellos homosexual con tendencia a la pederastia, resultan chocantes, pero no han de serlo más que un film de Alex de la Iglesia o un buen chiste ideado por el Terrat. Costa-Gavras parece decir que si no hacemos uso del humor, este mundo se volverá insoportable para vivir. Y el chiste, que lo coja quien quiera.

(1) Todos los datos aportados han sido extraídos del libro De traidores y de héroes. Esteve Riambau, Semana Internacional de Cine de Valladolid, 2003