| 1973 • LA NOCHE AMERICANA (La nuit americaine, François Truffaut) |
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Qué grande es el cine!!!Las películas que hablan sobre películas, sobre el cine, sobre el mundo del cine y la gente del mundo del cine han sido desde su creación un curioso género pequeño al principio que ha ido afianzándose año tras año y década tras década, hasta llegar a convertirse en un género propio y reconocido como tal. De este modo llegando hasta la penúltima película estrenada en nuestro país de Woody Allen, Un final made in Hollywood (Hollywood ending, 2002), la cartelera mundial ha sido el espejo que ha mostrado los trapos sucios del negocio del espectáculo, aquello que se esconde tras las bambalinas y que maquilla el glamour mostrando unas realidades demasiado atroces unas veces, muy exageradas otras pero que siempre han atraído al gran público porque en esas ocasiones la ficción siempre supera a la realidad y lo que se cuenta en esas películas se acerca más a un programa sensacionalista que a una diserción sobre el séptimo arte. Como en todo género el del cine dentro del cine tiene sus taras. Pocos son los países que se han atrevido a mirar dentro de su propia cinematografía y bucear dentro de su sistema de producción para mostrar al público como se hace una película en su país. Por desgracia, en numerosas ocasiones se debía a una censura o una falta de libertad antes que a un ejercicio crítico. Por eso la gran mayoría de películas que se acercan al tema siempre se han referido y han versado sobre el cine de Hollywood, ese cine que todo el mundo ve, que todo el mundo odia y que todo el mundo se empeña en menospreciar, serpenteando siempre hacia la carga más dura posible hacia ese cine que conocemos todos, a veces (muchas) justificadamente, otras por continuar la moda. De entre todas ellas tan solo Minnelli con su díptico Cautivos del mal y Dos semanas en otra ciudad, ambas protagonizadas por Kirk Douglas, y Tom Dicillo con Vivir rodando han sido capaces de ofrecer un retrato más o menos acertado y acorde con sus interpretaciones e ideas a expresar. Con ello me refiero en que no hace falta ser duro con el oficio que realizas si quieres expresar según que situaciones o aproximarte desde un punto de vista no tan dramático o incluso autobiográfico recordando con cariño los años en que empezabas. Alejado de toda crítica social o empeño en mostrar una causa, Truffaut se acerca al cine con La noche americana desde el amor cinéfilo que ha vivido desde niño. Con una filmografía extensamente rica que abarca la mayoría de géneros posibles y en una situación cómoda dentro de la industria, afianzado y gozando del prestigio tanto crítico como social después de haber cambiado el cine con la nouvelle vague y sus Cuatrocientos golpes (Les quatre-cents coups, 1959), a principios de la década de los 70 decide aproximar su mirada al mundo del cine y lo hace desde una perspectiva totalmente nueva. A diferencia de las demás películas que tratan el tema, Truffaut se adentra con la mirada de un niño, la inocente mirada embriagada del amor que profesa hacia el cine. Por eso se olvida de fronteras, nacionalidades, efectismos baratos para ofrecer un retrato mágico sobre el cine. En vez de enmarcar una película en el contexto del mundo que rodea al cine, Truffaut va más allá haciendo una película sobre una película. De este modo el nimio argumento del devenir diario de un rodaje se convierte en un desfile de situaciones y personajes que ofrecen al espectador una idea mágica de lo que es hacer cine. A Truffaut no le interesa mostrar los aspectos negativos que ocurran diariamente ni los aspectos burocráticos y aburridos, sino que abre las puertas para mostrar un microcosmos que conforman aquellos que viven dentro de este ecosistema. El espectador es compañero del equipo técnico que realiza el largometraje dejándose atrapar en las redes de una ambiente hasta ahora desconocido. Pero Truffaut es muy cauto y como director se preocupa mucho en no ser objetivo al retratar el entorno y sus pobladores. Filtra todos los aspectos reales bajo un prisma de ternura provocando en el público una complicidad cada vez mayor. Es inevitable no reírse con las aventuras sexuales de la script, las borracheras de la actriz madura o la inestabilidad psicológica del actor encarnado por Jean-Pierre Leaud. Estos detalles que en la realidad son mucho más duros y mucho más crueles Truufaut los convierte en pequeñas salidas de tono de unos personajes que viven en otro mundo, el mundo del cine. Quizás ahí devenga la grandeza de la capacidad del cineasta francés para engañarnos desde un principio, puesto que cuando antes se había conseguido que detalles como personas alcohólicas, los conocidos desvaríos de los actores, la promulgada promiscuidad del mundo del cine y demás devinieran en tiernas sonrisas a manos de gente que seguramente antes los criticaba porque no los conocía. Truffaut se guarda en este aspecto una pequeña broma. De todo el equipo, no se salva de la quema ni el director (encarnado por el propio cineasta) el cual es sordo, tan solo la persona más serena y con más sentido común será la estrella norteamericana que viene a rodar (una bellísima Jacqueline Bissett), todo y eso a pesar de su berrinche en el camerino, acercándose muchas veces a un tono cuasi Felliniano debido a la explícita comicidad que destilan algunos pasajes. Una comicidad para nada absurda ni grotesca, sino sincera y hecha con mucho cariño, cuya unión es un fresco entrañable sobre lo que significa pertenecer a esa raza aparte que es la gente que hace películas. La noche americana, no es otra cosa que una película realizada por un cinéfilo. Cada uno de los fotogramas emana una pasión que la empareja a aquellos directores que siempre se han considerado antes cinéfilos que cineastas, y para Truffaut éste es su tributo. Todo el amor que siente por el cine lo plasma en el largometraje, pero así mismo tal y como la pretendida subjetividad le otorga ese halo lírico al relato, también juega en su contra. Como ejemplos de ambas vertientes, señalar el magnífico inicio con los ejemplares títulos de crédito que van apareciendo sobre la banda de sonido de la propia banda sonora que suena, un apunte cinematográfico excelente, o pequeños detalles como la calle principal del decorado llamada calle de Jean Vigo. Pero opuestamente en ese ímpetu de mostrar todo, Truffaut cae en gestos innecesarios y totalmente gratuitos como aquel plano detalle en el que el director recibe un encargo de libros, todos ellos de cine, Hitchcock, Dreyer, Rossellini...y el cineasta aguanta el plano hasta que hemos podido observar todos y cada uno de los libros. Dejando de lado lo comentado arriba y si nos olvidamos del look extremo de la época en que fue realizada, cuyo vestuario y peluquería es el reflejo de la década de los 70, y ciertos dejes técnicos de la moda cinematográfica imperante como los continuos zooms, el visionado de La noche americana es un disfrute continuo y obligado para todo cinéfilo y/o cineasta. Fácilmente podría afirmar para concluir que pocas veces la academia de Hollywood había acertado tan de lleno en premiar este película pero estaría muy equivocado, igual de equivocado que lo estoy escribiendo estas líneas sobre las películas conocidas vulgarmente como "extranjeras", porque La noche americana es una película sin fronteras se mire por donde se mire, sin nacionalidad ni patria, es un tesoro de toda la cinefilia. |