| 1998 • LA VIDA ES BELLA (La vità e bella, Roberto Begnini) |
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Mentiras piadosasEl éxito de que gozó en su momento esta película de Roberto Benigni resulta bastante inexplicable, dejando a un lado una razón de tanto peso para la industria cinematográfica estadounidense, como lo era el hecho de que tratara el tema del holocausto. Sin embargo, el tratamiento paródico no creo que fuera del gusto de todos, aunque el distanciamiento lo hace permisible casi todo. Seguramente la cinta se libró de ser denigrada porque la parodia, por supuesto, alcanzaba de manera feroz al nazismo y por el humor bonachón, y malísimo, dicho sea de paso, a que daba rienda suelta el protagonista. La filmografía precedente de Roberto Benigni, no prometía precisamente los aplausos que cosechó La vida es bella, pero al parecer lo que llegó al corazón del público fue la vena tierna que permitía desarrollar el argumento como una sucesión de sketches tragicómicos, montados sobre la base de la negación de la realidad. La crudeza del ambiente antisemita en la Italia pro-Hitler se tiñe de un humor inesperado, y fue, quizá, esta relajación continua de la tensión lo que hizo que los espectadores se mostrasen tan benévolos con esta película donde la ternura se une extrañamente a la estolidez. La formación de la familia aparece un poco ligada al azar y a la hilazón de estampas cómicas unidas sólo por la personalidad de Roberto Benigni y por la continuidad de un humor trasnochado, que nos deja sin aliento, y sin palabras a sus compañeros de reparto. Quizá la mejor de todas las ocurrencias del personaje sea su suplantación de los detentores de la retórica vacía y autoritaria por un discurso irónico que no hacía sino subrayar lo escurridizo de las diferencias raciales. El resto de las secuencias reposan enteramente en el hacer de Benigni y en su inacabable verborrea. Su inventiva y su humor, no nos engañemos, es sólo para fans, y esta cinta, pese a su éxito, parece no resistir más de un visionado. La previsible peripecia de un judío en los días del holocausto se va tejiendo con mentiras crecientes al hijo pequeño, que le permitan vivir sus penalidades con cierta "normalidad"; el hecho de que, incluso en el ámbito degradado de un barracón, el padre sea capaz de mantener su refugio de mentiras, es, sin duda, la clave del éxito de la película. Sin embargo, la creciente desproporción entre la doble realidad en que se mueven los personajes, que podría haber resultado un ingrediente aceptable, tropieza con escollos que dan al traste con ella: los espectadores que fueron tan proclives a la sensiblería tramposa de La vida es bella olvidan dos pequeños detalles: el niño, confinado con su padre entre otros hombres, no pregunta por su madre en ningún momento (porque eso impediría sostener cualquier tipo de comicidad) y lo que es tanto o más grave, olvidará preguntar por su padre en el desenlace. El jurado de la Academia sin duda premió los valores humanos de la cinta, poniendo en el olvido todo criterio cinematográfico. Por desgracia, ignoro si el gracejo de Benigni, en su bondadosa simpleza, será duradero, o si resistirá el paso del tiempo como el humor que nos alegra cotidianamente desde otros medios. |