Miradas de Cine 2001 • EN TIERRA DE NADIE
(No Man's Land / Nicija zemlja, Danis Tanovic)
  Miradas de Cine
Sumariovotaciones
Por Jorge-Mauro de Pedro
Cartel de la Película
Bosnia-Herzegovina, 2001. Director: Danis Tanovic. Productores: Marc Baschet, Cédomir Kolar, Frédérique Dumas-Zajdela. Guión: Danis Tanovic. Fotografía: Walter van den Ende. Música: Danis Tanovic. Diseño de producción: Dusko Milavec. Montaje: Francesca Calvelli. Duración: 98 min. Intérpretes: Branco Djuric (Ciki), Rene Bitorajac (Nino), Filip Sovagovic (Cera), Georges Siatidis (Marchand), Serge-Henri Valcke (Dubois), Sacha Kremer (Michel).

PREMIOS Y CANDIDATURAS

Película extranjera

RIVALES A MEJOR PELICULA

El hijo de la novia (ARG)

Lagaan (IND)

Elling (NOR)

Amélie (FRA)

 

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La muerte en directo

Los oscars han demostrado tener simpatía por el diablo. Desde Alas (Wings, 1928. W. Wellman) a Salvad al soldado Ryan (Saving Private Ryan, 1998. Steven Spielberg), pasando por Sin novedad en el frente (All Quiet on the Western Front, 1930. L. Milestone), El sargento York (Sargeant York, 1941. Howard Hawks), La señora Miniver (Mrs. Miniver, 1942. W. Wyler), Casablanca (id., 1943. M. Curtiz), Los mejores años de nuestra vida (The Best Years of Our Lives, 1946. W. Wyler), De aquí a la eternidad (From Here to Eternity, 1953. F. Zinnemann), Traidor en el infierno (Stalag 17, 1953. Billy Wilder), El puente sobre el río Kwai (The Bridge on the River Kwai, 1957. David Lean), Patton (id., 1970. Franklin J. Schaffner), El cazador (The Deer Hunter, 1978. Michael Cimino), Platoon (id., 1986. Oliver Stone), Nacido el 4 de julio (Born on the Fourth of July, 1989. Oliver Stone)...

Y es que el amor, la venganza, el costumbrismo versión castrense o la hagiografía funcionan mucho mejor si se condimentan con un contexto histórico potente, inefable, arrebatador. Una buena guerra como catalizador del drama, un bombardeo inminente para "limpiar" unos cuantos secundarios, una misión prácticamente suicida –¡cómo no!–, cuna de héroes, malos de una pieza, rubios detestables, sin fisuras... ¿qué más se le puede pedir a un buen espectáculo?

Condiciones para ser premiado en esta rifa: tener una visión de la guerra libre de ambigüedades ("es 'mu' desagradable y hace a las personas malas, ¿ok?"), centrándose siempre en las nefastas consecuencias del militarismo... ajeno. La Primera Guerra Mundial implica trincheras, gases y alambradas. La Segunda Guerra Mundial debe de ser tratada como una causa justa plagada de superhombres con una visión historicista del momento que les ha tocado vivir: saben perfectamente por lo que luchan y lo que significará su victoria. Corea... bueno, Corea admite aproximaciones incluso cómicas (véase MASH (id., 1970. Robert Altman)). Vietnam fue un trauma muy gordo y debe de mostrársenos a jóvenes patriotas maleados por una guerra sin sentido orquestada por unos políticos sin corazón (Kennedy un tipo legal, Nixon malo como él solo). No se admiten discursos anti-americanos, eso sí. Los moradores del Kodack Theatre son tan liberales...

Los directores que no ruedan sus películas en la lengua de Keats o Shelley han sabido también ser fieles a estas consignas, sacando buen rédito a "sus" guerras: ahí quedan La vida es bella (1999, Roberto Benigni), Indochina (1993, Regis Wargnier), Mephisto (1982, Istan Szabó), El tambor de hojalata (1980, Volker Schöndorff) o El jardín de los Finzi-Contini (1972, Vittorio de Sica).

Antes de la Segunda Guerra del Golfo (la primera parte también tuvo su película: Tres reyes (Three Kings, 1999. David O. Russell), curiosa aventura que bordearía lo políticamente incorrecto en el Hollywood actual) la más publicitada de las matanzas presented by CNN fue la de Bosnia (ya saben: serbios malos, bosnios agredidos, etc, etc).

El film que osó derrotar a la encantadora Amélie guarda similitudes con Infierno en el Pacífico (Hell in the Pacific, 1968), una interesantísima película de John Boorman donde dos enemigos amados (Toshiro Mifune y Lee Marvin) sostenían una disputa tan pueril como simbólica (¿el Duelo a garrotazos de Goya?) en el limitado marco de una isla desierta. Del mismo modo, los personajes de esta película (de nacionalidad Bosnia-Herzegobina, tampoco lo olvidemos... para la versión serbia del asunto ya tenemos a Emir Kusturica) aparecen en una situación muy particular: perdidos en esa tierra sin dueño a la que hace referencia el título.

El gran acierto de la cinta consiste en que bien pronto deje de importarnos a qué bando pertenece cada cuál, subrayado en la antológica disputa sobre quién comenzó la guerra (y la razón, claro está, la acaba teniendo el que va armado). Extrapolable, pues, a todos los conflictos que han sido y serán, En tierra de nadie plantea un dilema moral en mitad de una contienda, floritura que como bien dijo el tarado de Willard, equivale a "poner multas por exceso de velocidad en las 500 millas de Indianápolis".

Partiendo de que guerra y ética son antónimos, no debería de sorprendernos el peso de la imagen (monopolizada por unos medios tergiversadores a la caza de la noticia de alcance que sirva tanto para la sobremesa como para inflar los contenidos de Gente). Esta potente maquinaria (ante la cuál los mismos soldados se encuentran indefensos; estamos hablando –nada más y nada menos– que de la capacidad para reinventar la realidad y amoldarla al prime time), siempre en aras de un falso humanitarismo, servirá de altavoz a un lance de guerra condenado, en principio, al anonimato de las estadísticas.

Y es que la situación se las trae: un soldado ha quedado postrado sobre una mina equipada con los últimos y mortíferos avances "tecnológicos": cualquier movimiento del susodicho se traduciría en la detonación del artefacto y el paso a mejor vida del allí yaciente. A este suceso –uno más, a buen seguro, en el transcurso de cualquier conflicto bélico "moderno"– asisten dos tipos alistados en ejércitos opuestos. Sus rencores ancestrales, sus carencias, sus razones parciales perfectamente moldeadas por las consignas de los respectivos Estados Mayores; todo eso, digo, determinará su comportamiento durante las siguientes horas.

En la línea de lo que hizo Wilder en El gran carnaval (Ace in the Hole, 1951), Tanovic reflexiona sobre la perversión y la instrumentalización de las desgracias ajenas para fines torticeros e inconfesables. En un principio parece que la aguerrida reportera será capaz de movilizar a la "comunidad internacional" para salvar el pellejo del desgraciado, utilizando la cámara como vergonzoso testigo de la iniquidad humana.

Pero no nos engañemos. Los descolocados cascos azules –perdidos en una torre de Babel donde es tan difícil vencer al miedo como hacerse entender en un cruce de caminos– demostrarán su absoluta ineficacia, a la deriva en un océano de jerarquías, órdenes y responsabilidades diluidas a lo largo de una kilométrica cadena de mando.

El terrorífico plano final de En tierra de nadie –con la víctima condenada a morir en soledad tras lograr "espantar" a micrófonos, televisiones por cable y trepas acreditados– queda como una de las denuncias más eficaces del conflicto balcánico: un pueblo abandonado a su suerte por una vergonzante Europa que miró hacia otro lado hasta que la sangre salpicó los postres en telediarios de media tarde.